La trágica historia de Ciudad de Santander: Una breve ficción basada en hechos reales

Naufragios como este, fenómenos violentos de la naturaleza entre muchas otras cosas pueden estar conteniendo desde hace tanto su grito de auxilio4 min


La unión del Río de la Plata con el Océano Atlántico se vuelve una zona peligrosa de entrecruzamiento de corrientes. De las subidas y bajadas de cuerpos de agua aparecen y desaparecen islotes de roca algo así como imantados, que influyen sobre las corrientes y las brújulas y desvían el rumbo de los barcos, más cuando éstos son enormes titanes de hierro como Ciudad de Santander. En ocasiones, hasta hacerlos desaparecer…

1895. La brújula se hundió en una sacudida; fue el primero de los malos presagios. Rodó por la cubierta principal y saltó al agua. ¡Antonio, la brújula! Oí. Me asome por la barandilla y vi como una bestia enorme emergió de las oscuras y densas aguas del Atlántico para comérsela, se la devoró de un bocado tras soltar un gruñido. 

Me distraje con el animal y el talón de mi barco comenzó a rozar con fuerza contra algo y así, toda su parte inferior. Cuando la niebla nos lo permitía intentábamos ver de qué se trataba: Era un suelo de duras rocas.

El agua volvió enseguida cubriéndolo otra vez, el barco se inclinó hacia un lado. ¡No es momento para bailar, amigo! Los pasajeros se veían muy asustados pero mis tripulantes estaban algo más tranquilos. Confiaban en su capitán y en Santander.  Corrí hacia el timón y lo giré con fuerza, tal vez demasiada: Lo rompí. Ese era el segundo presagio. Al menos alcanzó para volver el barco al agua, aunque su quilla estaba enterradísima entre las rocas y las espesas aguas del océano.

Encallamos. La popa del Santander había sido cortada en dos y el agua comenzaba a colarse por la bodega y la sala de máquinas. El barco se estaba inundando. Maldije en voz alta. Algunos de mis camaradas se reunieron para tranquilizar a los pasajeros, mientras que para otros la mejor idea era rezarle con fervor a la Virgen del Carmen, protectora de los navegantes. Revisé los daños, por lo visto el Santander se mantendría a flote por unos días. Vaya desesperación.

Otro grupo de rocas se dejó ver a lo lejos, el agua había vuelto a bajar pero no por mucho tiempo. Desde allí, centenas de miradas penetrantes de color negro se clavaron en nosotros. Yo, se las devolví valeroso. Por alguna razón me estaban haciendo sentir culpable. ¿Sería el tercero de los malos presagios? Tonterías mías, pero de todas formas aparté la vista. Por otro lado sentía que estaba a punto de descubrir algo muy interesante en ese lugar. El optimismo brotaba de a ratos en mí; Ciudad de Santander se salvaría.

Habían pasado unos cuantos días y parecía que el Santander estaba cada vez más inmovilizado entre las rocas. El agua volvía a subir. Di un recorrido por el barco; mis botas empezaban a inundarse. Quise hacer correr un poco el agua y comencé a abrir las estancas de todos los camarotes con la ayuda de mi tripulación; giraba con tanta desesperación las manijas que las puertas parecían tardar una eternidad en abrirse. Cuando finalmente una a una se fueron abriendo, nos empapamos. Y el Santander comenzaba a hundirse cada vez más rápido.

No, no, no, no. Me lamenté. Volví a subir a cubierta y ordene que todo el mundo fuera allí. Era el punto más alto. Ante las demandantes miradas de todos contuve las lágrimas con fuerza; tenía el rostro cubierto por el agua de antes que gracias a Dios disimulaba mi patético estado. No quería que mi barco se llevara esa última imagen mía. No llores, le susurré, abrazándome al bauprés; yo tampoco quería llevarme esa última de él. Quizás solo restaba quedarse allí sujetándome con fuerza, clamando por ayuda hasta desgarrar mi garganta o hasta que el agua acabe atorándome las palabras.

Mantuve hasta los últimos minutos la esperanza de salvarnos a todos y con nosotros al Santander, pero los daños que tenía eran muy importantes y ya medio barco había desaparecido bajo el agua. Todavía no habíamos perdido a nadie a bordo, milagrosamente.

A lo lejos, nuestros tres salvadores se hicieron presentes a través de la niebla: El grandioso Temerario, el apasionado Huracán y la belleza Estefanía, tres buques uruguayos que zarparon desde el puerto de Maldonado. Cerré los ojos; sonreía mientras lloraba. Todos sobreviviríamos, todos, excepto mi queridísima nave.

El lujoso barco a vapor terminó sus días demasiado pronto, tan lejos de su amada tierra española y ante los ojos de un montón de testigos: Pasajeros, tripulantes, su amado capitán y ese centenar de miradas azabache tan curiosas como asustadas, que parecían saber lo que estaba a punto de sucederles en ese lugar al igual que pasó con varios de sus hermanos a quienes perdieron entre sangre y aullidos. El humano siempre era la prolepsis del horror.

Nada pudo evitar que Ciudad de Santander quedara sepultado bajo las aguas del Atlántico, pero dejando una parte de él fuera de la superficie para devolverle la mirada a aquellos animales que no le quitaron la vista de encima durante  su catastrófica partida.

El legado español; voces de descubrimiento y conquista de las que se hizo portadora la tripulación del Santander como tantos visitantes anteriores más, quienes sí alcanzaron a desembarcar en la isla para abastecerse de agua dulce y, viéndose en la necesidad de conseguir algo de alimento para durante el viaje de regreso, aniquilaron casi cien de estos animales llevándose sus pieles para venderlas en el mercado de Sevilla. Lo que había allí donde el Santander descansa en paz interesó muchísimo a aquellos quienes escucharon la historia: Un mercado nuevo había abierto hace poco sus puertas a costa de esas criaturas de ojos negros que estaban viviendo el principio del final de sus días.

Ciudad de Santander fue uno de los tantos naufragios de Isla de Lobos; un negocio de explotación indiscriminada de la población de lobos marinos que casi lleva a la especie a su total desaparición no hasta 1990, año en el que se prohibió la faena de estos animales y la isla se declaró reserva natural.

Naufragios como este, fenómenos violentos de la naturaleza entre muchas otras cosas pueden estar conteniendo desde hace tanto su grito de auxilio: Dejemos de ser brutos apropiadores del mundo, y simplemente formemos agradecidos parte de él.


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Milene Breito

Abriéndome paso 🛣

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