En uno de los lugares más extremos e inhóspitos del mundo, donde las temperaturas pueden descender por debajo de los –50 °C, existe un espacio que desafía toda lógica: una capilla tallada en hielo en la que se celebra misa en pleno corazón de la Antártida. No hay vitrales ni muros de piedra, sino paredes de nieve y cristales helados que reflejan la luz polar y envuelven el recinto en un silencio absoluto.
La capilla se encuentra sobre el Nunatak Bertrab, en la bahía de Vahsel, dentro del territorio donde opera la Base Belgrano II, administrada por el Estado argentino. Está ubicada a unos 1.300 kilómetros del Polo Sur, en una región que vive cuatro meses de noche polar y otros cuatro de luz continua, un fenómeno que permite incluso contemplar auroras polares durante las largas noches antárticas.
Este singular templo está dedicado a la Santísima Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de las Nieves Antárticas, y forma parte de un grupo muy reducido de iglesias ubicadas en el continente blanco. Según relatan crónicas del padre Pablo Daniel Caballero Karanik, ex capellán castrense de la Armada Argentina, se trata del templo católico más austral del mundo, un título tan impactante como simbólico.

Llegar hasta allí no es sencillo. El acceso requiere viajar en un rompehielos que avanza lentamente entre los bloques congelados del mar de Weddell, abriendo un canal hasta quedar a unos 27 kilómetros de la base. Cada verano, personal militar se encarga de asistir y reabastecer este pequeño santuario escondido entre el hielo.
La historia de la fe en la Antártida no es nueva. Décadas antes de la construcción de esta capilla, el padre Emilio Rezzonico fue el primero en celebrar misa en la región. En 1956, ofició la Eucaristía a la intemperie, sobre hielo y nieve, con una temperatura de –12 °C. Aún antes, en 1946, el jesuita Felipe Lérida había celebrado misa en las Orcadas del Sur, marcando el inicio de la adoración eucarística en el continente.

En 2019, el padre Caballero volvió a celebrar misa en este templo excavado en una gruta polar. Describió la experiencia como profundamente conmovedora: la luz del sol estival se filtra entre el hielo, generando reflejos azules que iluminan la capilla de forma natural y crean un ambiente de recogimiento y devoción difícil de igualar en cualquier otro lugar del mundo.
Una de las particularidades más llamativas del sitio es que cuenta con un Sagrario, donde se reservan hostias consagradas. El sacerdote aseguró haber dejado allí el que considera el Sagrario más austral del planeta, un símbolo potente de la presencia continua de la Iglesia incluso en los confines de la Tierra.
Desde 1995, el Obispado Castrense de Argentina desarrolla un programa específico de Pastoral Antártica, destinado a acompañar espiritualmente al personal de las bases y de los barcos que operan en la región. Esto incluye el envío de sacerdotes y la designación de ministros extraordinarios de la Eucaristía, encargados de llevar la Comunión durante las campañas antárticas.

El interior de la capilla está coronado por un crucifijo, representaciones del Vía Crucis y una imagen de la Virgen de Luján, patrona de Argentina. En medio del frío extremo, el lugar cobra vida al calor de la oración. Como lo describen quienes han estado allí, es un sitio donde “arde la fe en el hielo”.
A pocos metros de este templo único, la Base Belgrano II cumple además un rol clave en la investigación científica. Alberga el Laboratorio Belgrano, una estación meteorológica y equipos dedicados al estudio de la capa de ozono, la radiación ultravioleta, las auroras polares, el campo magnético y la ionosfera, en cooperación con otros países como Italia.
Así, en el rincón más austral del planeta, ciencia y fe conviven en un escenario extremo, demostrando que incluso en el hielo eterno, la espiritualidad encuentra la forma de abrirse camino.




