Mientras el cielo alemán se iluminaba con más de 40.000 toneladas de fuegos artificiales, miles de personas vivían la llegada del Año Nuevo como una auténtica pesadilla. No solo por el estruendo incesante y el humo espeso que cubrió las ciudades, sino también por el impacto devastador que la pirotecnia provoca en los animales, especialmente en los perros. Ante ese escenario, muchos dueños optaron por una solución tan extrema como inesperada: refugiarse en aeropuertos y hoteles cercanos, donde la pirotecnia está prohibida.
Uno de esos casos fue el de Anja Gerauer, una cineasta de 56 años que vive cerca de Fráncfort. Para proteger a su perra Joy, una mestiza adoptada de un refugio en Rumania, decidió pasar la noche del 31 de diciembre en un hotel junto al aeropuerto, lejos del caos urbano. “Ladró toda la noche y se quedó temblando debajo de la cama la primera vez que pasamos Año Nuevo juntas. No voy a volver a someterme a eso ni a ella ni a mí”, explicó.

Como Gerauer, cientos de dueños de mascotas repitieron la misma estrategia. Algunos reservaron habitaciones en hoteles aeroportuarios, mientras que otros directamente acamparon en las terminales, sentados en bancos, con sus perros recostados a sus pies, buscando un entorno más silencioso y seguro.
El fenómeno no es nuevo, pero este año alcanzó cifras récord. Según datos oficiales, las importaciones de pirotecnia aumentaron un 62% respecto al año anterior, llegando a 42.400 toneladas hasta septiembre, sin contar los fuegos artificiales ilegales, considerados los más peligrosos. Cada Año Nuevo, Alemania registra cientos de personas heridas, muchas de ellas por artefactos caseros o no regulados, con consecuencias que van desde quemaduras y daños auditivos hasta amputaciones y pérdida de visión.
Los colectivos médicos y sindicatos policiales vienen reclamando desde hace años una prohibición total de la pirotecnia. A ellos se sumaron organizaciones ecologistas, que alertan sobre la contaminación del aire por partículas finas, y grupos de protección animal, que advierten sobre el estrés extremo que sufren las mascotas y la fauna silvestre.
“El ruido, el olor a quemado y las luces intermitentes son una pesadilla para los animales”, señaló la Federación Alemana de Protección Animal. En la misma línea, el director de los zoológicos de Berlín, Andreas Knieriem, pidió vetar los fuegos artificiales en el centro de la ciudad: “Las explosiones y los destellos estresan a los animales en los recintos, en los hogares y en la naturaleza. No entiendo por qué alguien querría crear voluntariamente una atmósfera bélica en su propio barrio”.
A pesar de la presión social, los políticos alemanes se resisten a prohibir la pirotecnia. El gobierno liderado por Friedrich Merz mantiene su postura, argumentando que una prohibición sería impopular. El alcalde de Berlín, Kai Wegner, aseguró que “el 99% de los berlineses utiliza los fuegos artificiales de forma responsable” y que no tiene intención de “castigar a esas familias”.

Sin embargo, para muchos extranjeros y turistas, la noche del 31 de diciembre en Alemania resulta impactante. Las detonaciones retumban entre los edificios, los cohetes rebotan en ventanas y balcones, el aire se vuelve irrespirable y las sirenas de ambulancias y patrulleros acompañan el espectáculo. El escritor británico Adam Fletcher lo resumió con ironía: “Es la noche en la que todas las personas normales son reemplazadas por pirómanos que alardean de pólvora y buscan la muerte”.
Mientras el debate se repite año tras año, los perros siguen temblando y sus dueños buscando refugio. En el hotel Moxy del aeropuerto de Fráncfort, una recepcionista confirmó que unas 100 habitaciones fueron reservadas exclusivamente para clientes con mascotas. En otros aeropuertos, como el de Düsseldorf, reconocieron que no es raro ver a familias enteras pasar la noche allí para evitar el estruendo.
Así, mientras Alemania celebra el Año Nuevo a puro estruendo, los aeropuertos se convierten, por una noche, en inesperados refugios antiruido para los amigos de cuatro patas. Una postal que vuelve a poner en discusión si la tradición justifica el costo humano, ambiental y animal que se repite cada fin de año.





