Durante siglos, las termas romanas fueron imaginadas como espacios de mármol impecable, aguas cristalinas y encuentros sociales refinados. Sin embargo, un nuevo estudio científico acaba de desmontar esa visión idealizada al revelar que, al menos en Pompeya, los baños públicos más antiguos eran auténticos caldos de cultivo para bacterias y enfermedades.
La investigación fue realizada por un equipo interdisciplinar de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia (JGU), liderado por la geocientífica Gül Sürmelihindi y el geoarqueólogo Cees Passchier, y publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). A partir del análisis de depósitos minerales acumulados en pozos, canales y piscinas, los científicos lograron reconstruir la historia del abastecimiento de agua en la ciudad y el estado real de sus condiciones higiénicas.

Antes de convertirse en colonia romana en el 80 a.C., Pompeya estuvo bajo dominio samnita. Ya en esa etapa contaba con importantes complejos termales, como las Termas Estabianas y las Termas Republicanas, construidas en un contexto donde el agua provenía exclusivamente de pozos profundos. El sistema dependía de mecanismos manuales de elevación, accionados por esclavos, que permitían bombear entre 900 y 5.000 litros por hora, un volumen claramente insuficiente para una limpieza frecuente de las piscinas.
El problema no era solo la cantidad de agua, sino su escasa renovación. Los análisis geoquímicos revelaron niveles elevados de carbono orgánico en los depósitos de carbonato cálcico, una señal inequívoca de contaminación por restos biológicos. En términos simples: las piscinas contenían sudor, sebo de la piel y orina, acumulados a lo largo del día por el uso constante de los bañistas.
A esto se sumaba otro factor preocupante. Los investigadores detectaron concentraciones anómalas de metales pesados como plomo, zinc y cobre, provenientes de las tuberías y calderas metálicas utilizadas para calentar el agua. Cada reparación del sistema incrementaba aún más la contaminación, empeorando un panorama sanitario ya de por sí precario.

El gran punto de inflexión llegó con la romanización de Pompeya y la construcción de un acueducto imperial en el siglo I d.C. Esta obra conectó la ciudad con manantiales ubicados a más de 35 kilómetros, multiplicando el caudal disponible hasta unos 167.000 litros por hora. Gracias a este aporte, las termas pudieron limpiarse y rellenarse varias veces al día, y los niveles de materia orgánica en el agua descendieron de forma drástica.
Los depósitos minerales de las termas posteriores muestran claramente esta mejora: las piscinas dejaron de ser un foco de infecciones y pasaron a cumplir, al menos en parte, con estándares higiénicos mucho más altos. Aun así, no todo fue perfecto. Los romanos utilizaron tuberías de plomo, un material resistente pero tóxico, que podía provocar picos de contaminación cada vez que el sistema era intervenido.
El estudio no solo aporta una mirada más cruda sobre la vida cotidiana en la antigüedad, sino que también recuerda que incluso los grandes avances de Roma convivieron con riesgos invisibles, en un delicado equilibrio entre ingeniería, salud y conocimiento limitado.






