Daniel Crisci salió a navegar por placer una tarde de verano desde Solanas, Punta del Este. Lo que debía ser un paseo breve sobre una moto de agua prestada terminó convirtiéndose en una experiencia límite: 12 horas a la deriva en altamar, enfrentando el frío, el oleaje y una oscuridad que todavía hoy define como “la peor de mi vida”.
Tenía 59 años, era abogado y no contaba con conocimientos mecánicos. Cuando el motor se apagó, todavía podía ver la costa. Intentó hacerlo arrancar, hizo señas, esperó. Pero el mar no espera. La marea empezó a arrastrarlo mar adentro y, en menos de media hora, el sol se escondió. Con la noche llegaron el viento, el frío intenso y una sensación de aislamiento absoluto. “No sabés dónde estás, para dónde vas, ni qué te va a pasar. Cada segundo es infinito”, recordaría después.

Sentado sobre la moto averiada, Crisci entendió que su principal desafío no era el mar, sino no entrar en pánico. Lloró primero, como una descarga inevitable, y luego se obligó a pensar con claridad. Pensó en sus hijos, en su familia, en sus amigos. “Los afectos son lo que te mantiene aferrado”, dijo. Sabía que nadie podría encontrarlo hasta que amaneciera: las motos de agua no pueden circular de noche y, aunque la Armada uruguaya ya lo buscaba con lanchas, helicópteros, aviones y drones, él no veía ni oía nada.
La oscuridad era total. Sin luna, sin referencias, con olas de casi dos metros que lo subían y bajaban como en un lavarropas. Para combatir el frío, arrancó parte del tapizado de la moto y se improvisó un abrigo. Para combatir el miedo, recurrió a la respiración consciente y al movimiento constante. “Si no hacía eso, me moría de hipotermia”, aseguró. Su obsesión era una sola: que la moto no diera vuelta de campana. Sabía que sin ella no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir tantas horas en el agua.
Los sonidos del mar se volvían amenazas imaginarias. El viento, el golpe del agua contra el casco, la negrura absoluta. “La sensación es que no sos nada. No importa el dinero, no importa quién sos. Todo se reordena en un segundo”, reflexionó. La noche avanzó lentamente y con ella el cansancio, la desesperación y la tentación de rendirse. Pero resistió.

Cuando finalmente empezó a clarear, hizo un último intento. Levantó el asiento de la moto y tocó algunos cables casi al azar. El motor arrancó. Navegó apenas unos minutos sin saber bien hacia dónde, hasta que se encontró con una lancha de la Armada uruguaya. Había pasado toda la noche a la deriva y estaba 12 kilómetros al sur de Piriápolis, muy lejos del punto desde donde había salido.
Fue atendido por médicos: solo presentaba deshidratación. Físicamente estaba bien, pero algo había cambiado para siempre. “Las prioridades se te dan vuelta. Trabajar 14 horas por día deja de tener sentido. Quiero más tiempo para los afectos. El trabajo es un medio, no un fin”, dijo, todavía atravesado por la experiencia.
El mar lo soltó al amanecer. Pero la noche —esa noche— quedó con él.






