Bangladesh lo tiene todo para convertirse en un destino soñado: bosques de manglares, plantaciones de té entre colinas, tigres de Bengala, ciudades vibrantes y 120 kilómetros de playa ininterrumpida en Cox’s Bazar. Sin embargo, para la mayoría de los viajeros internacionales, sigue siendo un gran desconocido. En 2024, el país recibió apenas 650.000 turistas, una cifra mínima si se la compara con la de vecinos como India o Sri Lanka.
El problema no es la falta de atractivos, sino la imagen. Para muchos, Bangladesh aparece asociado casi exclusivamente a inundaciones, pobreza, crisis políticas o desastres naturales. “Solo se oye hablar del país por las razones equivocadas”, resume Jim O’Brien, director de una agencia que opera allí desde hace años. Esa percepción negativa tapa una realidad mucho más diversa y compleja.

Los operadores turísticos locales coinciden en que Bangladesh ofrece exactamente lo que muchos viajeros modernos buscan: experiencias auténticas. Desde el caos hipnótico de Daca, una de las ciudades más densamente pobladas del planeta, hasta la tranquilidad rural del delta del Ganges, donde los mercados flotantes y los viajes en barco forman parte de la vida cotidiana.
Quienes se animan a ir suelen volver sorprendidos. Turistas que recorrieron el país describen mercados locales lejos del show turístico, trayectos fluviales entre granjas y bosques, y una hospitalidad que no esperaban encontrar. “Es una ciudad que nunca duerme, los sentidos se saturan, pero es una introducción increíble”, cuenta un viajero sobre su llegada a Daca.
Aun así, el país carga con un estigma difícil de sacudir. Bangladesh suele aparecer en Occidente como un gigante textil o como escenario de tragedias. Videos virales en redes refuerzan esa imagen mostrando trenes abarrotados o barrios marginales, mientras ignoran sus parques nacionales, su biodiversidad y su riqueza cultural.
Más allá de la capital, el país despliega algunos de sus mayores tesoros. Los Sundarbans, Patrimonio de la Humanidad, albergan al escurridizo tigre de Bengala entre canales y manglares. En Sreemangal, al norte, las colinas cubiertas de té ofrecen senderos, alojamientos comunitarios y una de las postales más verdes del sur de Asia. Todo esto se desarrolla lejos del turismo masivo.
La inestabilidad política, los disturbios ocasionales y las advertencias de viaje de algunos gobiernos también influyen. Aunque muchos operadores aseguran que los problemas suelen estar lejos de las rutas turísticas, el miedo persiste y desalienta a viajeros menos experimentados.

Paradójicamente, eso mismo es lo que atrae a un perfil muy particular: viajeros intrépidos, cansados de destinos saturados, dispuestos a aceptar infraestructura básica a cambio de autenticidad. Y eso, para algunos locales, no es algo negativo.
“No queremos turismo de masas”, admiten desde el sector. “Si llegaran millones como a Sri Lanka, perderíamos nuestra esencia”. Bangladesh, dicen, no busca ser un destino fácil, sino uno real.
Tal vez por eso sigue siendo un espacio en blanco en el mapa turístico. Pero para quienes se animan a mirar más allá de los prejuicios, Bangladesh ofrece algo cada vez más raro: un país todavía intacto, intenso y profundamente humano.






