Al observar un mapa de vuelos, muchos pasajeros notan algo curioso: los trayectos entre América y Asia rara vez cruzan el océano Pacífico de manera recta. En cambio, las rutas dibujan grandes curvas, bordean continentes o incluso se acercan a zonas polares. Aunque a simple vista parezca un desvío innecesario, la explicación es mucho más lógica de lo que parece.
La primera clave está en la forma de la Tierra. Nuestro planeta es una esfera, y la distancia más corta entre dos puntos no es una línea recta en un mapa plano, sino una curva llamada círculo máximo. Estas trayectorias, que suelen verse arqueadas en los mapas tradicionales, en realidad reducen kilómetros recorridos, ahorran tiempo de vuelo y disminuyen el consumo de combustible.

A esto se suma un factor central: la seguridad aérea. El océano Pacífico es el más grande del planeta y cuenta con muy pocos aeropuertos alternativos. En caso de una emergencia técnica o médica, estar demasiado lejos de tierra firme puede representar un riesgo. Por eso, las aerolíneas planifican rutas que mantengan al avión relativamente cerca de aeródromos disponibles, incluso si eso implica volar más al norte o más al sur.
Este criterio está respaldado por normativas internacionales como las ETOPS, que regulan cuánto tiempo puede volar un avión bimotor lejos de un aeropuerto. Aunque los aviones modernos tienen certificaciones avanzadas, las rutas siguen priorizando opciones seguras para eventuales desvíos.

Por último, el clima y las corrientes de aire también influyen. Las rutas se ajustan para aprovechar las corrientes en chorro, reducir turbulencias y evitar zonas meteorológicas adversas frecuentes sobre el océano abierto. Todo esto permite vuelos más eficientes y previsibles.
En síntesis, aunque parezca que los aviones “evitan” el Pacífico, en realidad siguen el camino más inteligente: uno que combina menor distancia real, mayor seguridad y mejor eficiencia operativa, incluso si en el mapa no parece el más directo.






