Durante años fue una postal perfecta en redes sociales, pero hoy se convirtió en un problema. Santa Maddalena, una pequeña iglesia enclavada entre los picos de los Dolomitas, en el norte de Italia, dejó de ser solo un símbolo de tranquilidad alpina para transformarse en víctima del turismo masivo impulsado por Instagram y TikTok. Ante la avalancha de visitantes, las autoridades locales decidieron restringir el acceso para proteger la vida cotidiana del pueblo.
El punto de quiebre llegó el verano pasado, cuando el flujo constante de turistas se volvió incontrolable. Lo que antes eran fotógrafos y viajeros interesados en el paisaje pasó a ser una marea diaria de visitantes que llegaban solo para tomarse una foto y marcharse. En temporada alta, la iglesia llega a recibir hasta 600 personas por día, una cifra desproporcionada para una comunidad pequeña y con infraestructura limitada.

A partir de mayo, el municipio implementará un sistema de acceso controlado. Una barrera permitirá ingresar únicamente a residentes y turistas que pernocten al menos una noche en la zona. Los autos y micros que transporten excursionistas de un solo día serán rechazados. Quienes quieran visitar la iglesia sin quedarse deberán caminar más de 30 minutos desde estacionamientos alejados, una medida pensada para desalentar el turismo exprés.
Además, el estacionamiento aumentará su costo, actualmente fijado en 4 euros por día, como forma de disuadir a quienes llegan únicamente para obtener la “foto perfecta”. Una vez que los espacios se completen, los conductores deberán aparcar aún más lejos.
Desde el gobierno local aseguran que no se trata de expulsar turistas, sino de ordenar el flujo. “No hablamos de sobreturismo, sino de gestión”, explican las autoridades, que buscan preservar la tranquilidad de los habitantes y, al mismo tiempo, ofrecer una experiencia más auténtica a quienes visitan el lugar.
El auge de Santa Maddalena como fenómeno digital no fue casual. Hace más de una década comenzó a circular entre turistas asiáticos tras aparecer en productos promocionales, y luego explotó cuando una montaña cercana fue utilizada como fondo de pantalla en una actualización de iOS. Desde entonces, el pueblo quedó atrapado en el circuito del turismo viral.

Los residentes denuncian que los visitantes saturan las rutas angostas, invaden prados privados y generan un desgaste constante del entorno. “Vienen, arrasan con todo para conseguir la foto y se van”, señalan desde el municipio, donde advierten que la situación se volvió insostenible.
Las restricciones también se explican por lo que viene. Con los Juegos Olímpicos de Invierno en Cortina a punto de comenzar y millones de visitantes esperados en los próximos años, el temor es que la presión turística se multiplique en toda la región alpina.
Para comunidades como esta, la decisión es clara: menos selfies, más tiempo. El objetivo es promover un turismo lento, consciente y respetuoso, antes de que uno de los paisajes más fotografiados de Italia pierda justamente aquello que lo hizo único.







