Compró una isla desierta, plantó 16.000 árboles y la transformó en un santuario natural contra el lujo extremo

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La idea de dejarlo todo e irse a vivir a una isla suele quedar en una fantasía. Pero Brendon Grimshaw lo hizo realidad… y de una forma completamente inesperada. En 1962, este periodista británico compró por 8.000 libras una pequeña isla desierta de apenas nueve hectáreas en las Seychelles. En lugar de convertirla en una mansión privada o venderla al mejor postor, decidió dedicar su vida a restaurar la naturaleza y protegerla del turismo masivo.

La isla se llama Moyenne y llevaba décadas abandonada, invadida por maleza, especies exóticas y sin casi fauna. Grimshaw, que hasta entonces trabajaba en medios africanos, encontró allí algo más que un destino de vacaciones: un propósito. A partir de 1973 abandonó definitivamente el periodismo y se mudó a la isla con una misión clara: crear un paraíso natural que sobreviviera al avance inmobiliario.

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No estuvo solo. Junto al joven pescador local René Antoine Lafortune, inició un plan de restauración que le llevaría toda la vida. Plantaron más de 16.000 árboles autóctonos, como palmeras y caobas, devolviendo a la isla una flora que había desaparecido. Con el regreso de los árboles, volvió también la vida: hoy Moyenne alberga más de 200 especies de aves.

Grimshaw también introdujo tortugas gigantes de Aldabra, hoy uno de los símbolos de la isla, que superan los 120 ejemplares. Además, construyó casi cinco kilómetros de senderos, todo de forma artesanal, para facilitar el acceso sin alterar el ecosistema.

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Durante los años 80, cuando las Seychelles comenzaron a convertirse en un imán para el turismo de lujo, las ofertas millonarias no tardaron en llegar. Incluso un príncipe saudí habría ofrecido 50 millones de dólares. La respuesta siempre fue la misma: “la isla no está en venta”.

Sin herederos y ya mayor, Grimshaw logró en 2009 que el gobierno declarara a Moyenne Parque Nacional, garantizando su protección legal. Murió en 2012, pero dejó un legado único: una isla sin hoteles, sin resorts y sin tiendas, convertida en un refugio natural en medio de un archipiélago dominado por el turismo de élite.

Hoy, Moyenne es un símbolo de conservación y un raro ejemplo de alguien que usó una isla privada no para enriquecerse, sino para devolverle vida al planeta.

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