En 2007, una cacería de subsistencia realizada por balleneros inuit en Alaska derivó en un descubrimiento tan inesperado como revelador. Mientras procesaban el cuerpo de una ballena boreal (Balaena mysticetus), apareció incrustado en su carne un arpón antiguo. No era un resto moderno: tras analizarlo, los expertos confirmaron que el arma databa de fines del siglo XIX.
El hallazgo activó una investigación científica e histórica. El fragmento correspondía a una lanza explosiva, un tipo de arpón muy utilizado en New Bedford, cuando esa ciudad estadounidense era la capital mundial de la caza de ballenas. El modelo había sido patentado y empleado entre 1885 y 1895, lo que permitió a los investigadores estimar que la ballena tenía alrededor de 115 años al momento de su muerte, o incluso más.

El descubrimiento fue clave para reforzar una idea que la ciencia venía confirmando: la ballena boreal es el mamífero más longevo del planeta, con una expectativa de vida que puede superar los 200 años. Algunas presentan incluso cataratas en los ojos, un signo claro de envejecimiento extremo.
Esta especie fue una de las más castigadas por la caza comercial intensiva, que redujo su población a menos de 3.000 ejemplares a comienzos del siglo XX. La práctica fue prohibida en 1921, lo que permitió una lenta recuperación: hoy se estima que existen entre 10.000 y 23.000 ballenas boreales. La excepción a la prohibición son las cazas de subsistencia realizadas por pueblos indígenas del Ártico, fundamentales para su cultura y alimentación desde hace miles de años.

Pero ¿cómo se determina la edad de una ballena cuando no aparece un arpón centenario en su cuerpo? La respuesta está en los ojos. En el cristalino se acumula un aminoácido llamado aspartato, que cambia su estructura con el paso del tiempo. Al analizar la proporción entre sus dos variantes moleculares —un proceso comparable a la datación por carbono— los científicos pueden calcular con precisión la edad del animal.
Esa longevidad extraordinaria tiene un costo biológico. Estudios genéticos muestran que las ballenas boreales poseen adaptaciones celulares que ralentizan la reproducción celular y reducen el riesgo de cáncer, pero también se asocian a baja fertilidad, un equilibrio delicado entre vivir más y reproducirse menos.
El arpón hallado en 2007 no solo contó la historia de un animal que sobrevivió a la era dorada de la caza ballenera. También se convirtió en una prueba tangible de resistencia biológica, un testimonio silencioso de cómo algunos seres vivos pueden atravesar siglos… incluso con una herida del pasado aún incrustada en el cuerpo.







