La postal idílica de Capri convive desde hace años con otra imagen menos romántica: multitudes que desembarcan desde cruceros y ferris y avanzan por sus calles estrechas como “rebaños de ovejas”, en palabras del alcalde Paolo Falco. Cansadas del impacto del turismo masivo, las autoridades locales aprobaron por unanimidad un paquete de medidas que entrará en vigor el próximo verano.
Prohibidos los paraguas de colores

Uno de los símbolos del fenómeno quedará atrás: los paraguas que los guías levantan para que sus grupos los sigan entre la multitud. El Ayuntamiento los considera antiestéticos y parte del problema visual que satura el casco histórico. Desde ahora, los guías deberán vestir indumentaria fácilmente identificable para que los visitantes puedan ubicarlos sin recurrir a ese recurso.
También se prohibirá el uso de altavoces. La intención es reducir la contaminación acústica que, según denuncian vecinos, llega a oírse incluso al otro lado de la bahía de Nápoles. En su lugar, los grupos de más de 20 personas deberán utilizar auriculares inalámbricos.
Límites a los grupos y reglas de circulación
La nueva normativa fija un máximo de 40 personas por grupo y responsabiliza a los guías de mantenerlos cohesionados para evitar que se dispersen y bloqueen el paso. Además, el Consistorio recordó pautas básicas de circulación: mantenerse a la derecha al subir, a la izquierda al bajar y no detenerse en la plaza central, donde —según el alcalde— a veces se impide completamente el tránsito de los residentes.
Un paraíso bajo presión
Capri, que alberga a unas 13.000 personas, recibió en temporada alta alrededor de 50.000 visitantes diarios, de los cuales más del 90% eran excursionistas que no pernoctan y cuya contribución económica es limitada. La situación se agravó tras la pandemia, cuando el turismo regresó con fuerza a destinos icónicos.
Los puntos más afectados son los Jardines de Augusto, el funicular hacia Anacapri y las calles que conectan el puerto de Marina Grande con la plaza principal. En horas pico, las colas pueden extenderse durante largos tramos, alterando la vida cotidiana.

Italia endurece el control
La isla no es un caso aislado. En Venecia ya rige una tasa de acceso al centro histórico; en Roma se implementaron entradas reguladas para visitar la Fontana di Trevi; y en la localidad alpina de Funes, en Tirol del Sur, se instalaron barreras para ordenar el flujo de visitantes.
En Capri, las autoridades sostienen que no se trata de cerrar las puertas al turismo, sino de preservar la belleza y la calidad de vida. “Necesitamos salvar la belleza, no tenemos otra opción”, expresó el alcalde.
El desafío será aplicar las normas con firmeza y equilibrio. La isla que alguna vez fue refugio de artistas y celebridades busca ahora reencontrar su armonía sin renunciar a quienes la visitan, pero poniendo límites claros a un modelo que amenaza con desbordarla.






