Quiso ser el “Disney argentino” y hoy es un parque fantasma: la historia de Waterland, el gigante abandonado de Mar del Plata

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Durante los años 80 fue uno de los proyectos turísticos más ambiciosos de la Costa Atlántica. Tenía toboganes gigantes, piletas de olas, discoteca, bungalows y hasta recitales de grandes figuras del rock nacional. Muchos lo recuerdan como una especie de “Disney argentino” y otros como la “Miami marplatense”. Pero ese sueño terminó de la peor manera: hoy, Waterland es un parque fantasma en ruinas, devorado por la vegetación, el abandono y un error de origen que marcó su destino.

A pocos kilómetros de Mar del Plata, sobre la ruta 11, todavía sobreviven los restos de este enorme parque acuático que supo ser símbolo del entretenimiento familiar y del lujo veraniego. Lo que alguna vez fue una postal de diversión, hoy parece un escenario detenido en el tiempo: piletas vacías, estructuras quebradas, toboganes agrietados y edificios oxidados que convirtieron al predio en una especie de “cementerio acuático”.

El parque acuático que prometía traer un pedazo de Miami a Mar del Plata

Waterland abrió sus puertas en 1982, en el kilómetro 5,5 de la ruta 11, con una propuesta que para la época parecía descomunal. El proyecto, impulsado por el empresario Luis Venturino, buscaba crear un complejo recreativo de gran escala inspirado en los parques acuáticos de Estados Unidos.

La apuesta era tan ambiciosa como inédita para la Argentina: más de 5.800 metros cuadrados de piscinas, una pileta de olas, sectores para esquí acuático, canchas deportivas, áreas de recreación para toda la familia, restaurantes, bares, bungalows para hospedarse y una vida nocturna que también supo hacer ruido en las temporadas marplatenses.

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En sus mejores años, el lugar era presentado como una experiencia premium. Para muchos visitantes de la época, entrar a Waterland era vivir una jornada distinta, casi de película. De hecho, quienes lo conocieron en su esplendor todavía lo describen como un sitio adelantado a su tiempo.

No era un paseo barato, y justamente por eso también tenía cierto halo exclusivo. La entrada incluía el uso de prácticamente todas las instalaciones, algo que en ese momento se percibía como un lujo absoluto. Para muchas familias, ir a Waterland era “la salida del verano”.

De símbolo del entretenimiento a ruina total: el error que lo condenó desde el primer día

Sin embargo, detrás de esa imagen de paraíso acuático había un problema enorme que no tardó en pasar factura.

Waterland fue construido sobre un antiguo basural, una decisión que con el tiempo se convertiría en el gran detonante de su caída. Para poder levantar el parque, el terreno fue cubierto con capas de tierra y nivelado, pero debajo seguían enterrados residuos orgánicos y materiales en descomposición que nunca dejaron de moverse.

Con el paso de los años, esa base inestable comenzó a afectar seriamente las instalaciones. Aparecieron grietas en las piscinas, deformaciones en estructuras y hundimientos del suelo. Incluso, en algunos sectores se registraron escapes de gases acumulados bajo la superficie, que generaban pequeños levantamientos y episodios tan insólitos como peligrosos.

Lo que en un principio parecía una solución práctica para aprovechar el terreno, terminó convirtiéndose en una bomba de tiempo.

Los años dorados: famosos, recitales y una discoteca que hizo historia

A pesar de los problemas estructurales, Waterland tuvo su momento de gloria. Durante varias temporadas, el parque se convirtió en uno de los puntos más llamativos del verano marplatense y también en un lugar frecuentado por figuras del espectáculo, empresarios y celebridades.

Por allí pasaron nombres como Susana Giménez, Ricardo Darín y Alberto Olmedo, en una época en la que Mar del Plata explotaba de actividad teatral y farándula.

Pero además del parque acuático, el complejo tenía una fuerte vida nocturna. Dentro del predio funcionaba Frisco Bay, una discoteca que rápidamente ganó notoriedad en la ciudad y que incluso fue escenario de recitales y eventos musicales.

En ese espacio tocaron artistas que hoy son leyenda, como Soda Stereo, Charly García y Los Abuelos de la Nada, en plena efervescencia del rock argentino de los 80.

Entre las curiosidades más llamativas de la historia del lugar aparece también un nombre inesperado: Amado Boudou, quien años después llegaría a ser vicepresidente de la Argentina, trabajó allí como DJ junto a su hermano en la cabina de Frisco Bay.

El derrumbe: deudas, juicios y cierre definitivo

El sueño duró mucho menos de lo que prometía.

Hacia fines de los años 80, los problemas estructurales ya eran imposibles de disimular. A eso se sumaron complicaciones económicas, desmanejos administrativos y una situación financiera cada vez más delicada.

Finalmente, Waterland cerró en 1988, apenas seis años después de haber sido inaugurado. El golpe llegó de la mano de la crisis de Venturino S.A., la empresa vinculada a la recolección de residuos que sostenía el emprendimiento.

Con el tiempo, el caso escaló en conflictos judiciales, auditorías municipales y denuncias por irregularidades financieras. Hubo deudas millonarias, quiebra, proveedores sin cobrar, empleados con salarios impagos, aportes previsionales sin registrar e indemnizaciones pendientes.

Uno de los frentes más complicados fue la deuda con el Sindicato de Choferes de Camiones, que reclamaba aportes sociales y previsionales. Como parte de ese entramado, el predio de Waterland terminó siendo cedido al gremio liderado por Hugo Moyano.

Décadas después, el lugar sigue sin un destino claro.

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Así está hoy Waterland: toboganes rotos, piletas secas y un paisaje que parece sacado de una película

A más de cuatro décadas de su construcción, Waterland sobrevive como una postal de decadencia. El parque, que alguna vez vendió una fantasía tropical bajo el lema “El placer está en el agua”, hoy está cubierto por vegetación, tierra, escombros y estructuras corroídas por el tiempo.

Los toboganes siguen en pie, pero agrietados y vacíos. Las piletas ya no tienen agua, sino pasto, basura y restos de materiales abandonados. En algunos sectores, la naturaleza empezó a abrirse paso entre el cemento, creando una imagen tan fascinante como inquietante.

Por eso, en los últimos años, el predio se convirtió en un imán para exploradores urbanos, fotógrafos y creadores de contenido fascinados con los espacios abandonados.

Waterland ya no es el parque acuático que soñó con competir con los grandes complejos internacionales. Hoy es otra cosa: una ruina gigante, cargada de nostalgia, mitos y preguntas, que sigue impactando a quienes se animan a mirar de cerca uno de los fracasos más insólitos del turismo argentino.

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