Mientras miles de personas sueñan con alcanzar la cumbre del Aconcagua, la montaña más alta de América, hay protagonistas silenciosas sin las que esa experiencia sería prácticamente imposible: las mulas. Durante décadas, su presencia fue parte natural del paisaje y de la logística de alta montaña. Cargaron alimentos, equipos e insumos por senderos exigentes, soportaron el frío, la altura y el desgaste físico, pero casi nunca estuvieron en el centro de la escena. Hoy, eso empezó a cambiar.
En el Parque Provincial Aconcagua, en Mendoza, un programa pionero está transformando la forma en que se entiende el trabajo de estos animales fundamentales para la actividad en la cordillera. La lógica ya no gira únicamente alrededor de la eficiencia logística: ahora el foco está puesto en el bienestar animal, con controles rigurosos, seguimiento permanente y reglas claras que buscan evitar la sobreexigencia.
Cada temporada, más de mil mulas ingresan al parque para colaborar en el funcionamiento de los campamentos de altura y acompañar las expediciones. Sin ellas, sostener la actividad en la montaña sería extremadamente difícil. Pero antes de dar un solo paso, cada animal debe atravesar una exhaustiva revisión.

Todavía de madrugada, cuando el frío golpea fuerte y la montaña apenas empieza a despertar, veterinarios y guardaparques reciben a las primeras mulas. Una por una, son sometidas a controles que incluyen la identificación mediante microchip, un sistema que permite saber exactamente quién es cada animal, de dónde viene, qué recorridos realizó y quién es el responsable de la expedición a la que está asignada.
Además, cada una cuenta con su propio “ticket mula”, una especie de documento individual en el que queda asentado su historial, su destino y toda la trazabilidad del trabajo que realizará. Nada queda librado al azar.
Los controles abarcan desde el peso de la carga y su correcta distribución hasta el estado corporal, el herrado, posibles lesiones y un aspecto clave: si el animal cumplió con los períodos obligatorios de descanso. Solo las mulas que superan todos los requisitos están habilitadas para continuar el ascenso.
El objetivo es claro: evitar la sobrecarga y garantizar que trabajen en condiciones adecuadas, con tiempos reales de recuperación. Y el seguimiento no termina en la base. A lo largo del recorrido, en campamentos intermedios y puntos estratégicos del parque, los equipos continúan monitoreando su estado, conscientes de que la montaña exige tanto a los animales como a las personas.
Sin embargo, una de las claves más importantes del programa ocurre cuando las mulas salen del parque. Porque ahí empieza una etapa tan importante como el trabajo mismo: el descanso obligatorio.
Dependiendo del recorrido realizado y de la exigencia de la travesía, cada animal debe cumplir un período de recuperación antes de poder volver a ingresar. Si no lo hace, queda inhabilitado. Y si una empresa incumple esa norma, puede enfrentar sanciones severas.
Este sistema de trazabilidad permite algo fundamental: evitar el uso excesivo, garantizar la rotación y poner límites concretos a una actividad que durante mucho tiempo se sostuvo sin estándares tan estrictos.
El trabajo de cuidado también continúa fuera de la montaña. Por las tardes, mientras el sol cae sobre la cordillera, el equipo veterinario visita las instalaciones de las empresas de arriería para inspeccionar corrales, disponibilidad de agua, alimentación y el estado general de los animales. Porque el bienestar no empieza ni termina en el sendero: se construye antes, durante y después de cada expedición.

Detrás de este sistema hay un equipo técnico altamente especializado, integrado por veterinarios expertos en equinos, algunos con experiencia en ámbitos deportivos e incluso en instituciones como el Hipódromo de Buenos Aires, junto a profesionales que además son andinistas. Esa combinación entre conocimiento científico y experiencia real en la montaña permite diseñar controles mucho más ajustados a las exigencias del entorno.
En este entramado, los arrieros siguen ocupando un lugar central. Son ellos quienes conocen desde hace generaciones los ritmos de la cordillera, saben cómo distribuir una carga, cómo guiar a los animales por terrenos complejos y cómo leer el clima cuando cada detalle puede hacer la diferencia. Hoy, ese saber tradicional convive con nuevas exigencias técnicas en un intento por combinar cultura de montaña con estándares modernos de protección animal.
Aunque en algún momento se planteó la posibilidad de reemplazar a las mulas por drones o helicópteros, la realidad muestra que ninguna alternativa logra igualar su eficiencia ni su bajo impacto ambiental. De hecho, en muchos sentidos, las mulas siguen siendo la opción más sustentable para este tipo de ascensos en alta montaña.
La gran diferencia es que ahora existen reglas claras.
En noviembre pasado, el Ministerio de Energía y Ambiente de Mendoza actualizó la normativa del programa e incorporó mayores controles, exigencias técnicas más estrictas y un sistema de sanciones reforzado. Entre otras medidas, se establecieron requisitos mínimos para los corrales, la alimentación y el acceso al agua, que puede variar entre 20 y 70 litros diarios por animal, además de la obligatoriedad de contar con registros sanitarios digitales y bases de datos compartidas.
Todo queda documentado. Y al final de cada temporada, un informe técnico reúne estadísticas, evaluaciones y resultados para seguir perfeccionando el sistema año tras año.
En un lugar donde cada paso cuesta, donde el aire escasea y donde alcanzar la cima suele ser la gran historia que todos cuentan, empieza a abrirse espacio otra narrativa: la de quienes sostienen esa experiencia desde las sombras.
Porque detrás de cada expedición al Aconcagua, además de montañistas, hay una red de personas que cuida, controla y acompaña. Y también hay animales que durante demasiado tiempo fueron invisibles, pero que hoy, por fin, empiezan a ser reconocidos como lo que siempre fueron: protagonistas indispensables de la montaña.









