La isla deshabitada de Escocia que se vende por 400.000 euros y solo tiene acceso por mar

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Una isla privada, un muelle propio, una cabaña tradicional y cientos de aves marinas. En las remotas islas Shetland, al norte de Escocia, Hildasay salió a la venta por un precio orientativo de 350.000 libras esterlinas, unos 400.000 euros. La propiedad ofrece más de 100 hectáreas de paisajes naturales, pero tiene una particularidad que la diferencia de cualquier vivienda convencional: solo se puede llegar en barco.

Ubicada frente a la costa occidental de las Shetland, la isla tiene una superficie de 108 hectáreas y cuenta con playas de arena, dos lagos naturales de agua dulce y un relieve suavemente ondulado. Su punto más elevado alcanza los 32 metros sobre el nivel del mar.

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Aunque se encuentra a unos 16 kilómetros de Lerwick, la principal localidad del archipiélago, llegar hasta allí depende de las condiciones del mar y de la disponibilidad de una embarcación. El trayecto habitual parte de Hamnavoe.

La propiedad es comercializada por la inmobiliaria Kelvin Anderson, que destaca su combinación de aislamiento, naturaleza e historia. Sin embargo, esa tranquilidad también implica importantes limitaciones para la vida cotidiana: cualquier compra de alimentos, visita al médico o necesidad de abastecimiento exige organizar un viaje por mar.

Una cabaña tradicional en medio del Atlántico Norte

Entre las construcciones de Hildasay se encuentra una bothy, un refugio tradicional escocés pensado para ofrecer protección frente a las condiciones meteorológicas adversas. El edificio tiene vistas abiertas al mar, pero carece de las comodidades modernas que se esperan de una vivienda convencional.

Por eso, la oferta está lejos de representar una casa lista para mudarse. Quien adquiera la isla deberá considerar cómo organizar el suministro de alimentos, combustible y otros elementos esenciales, además de resolver las necesidades de transporte.

El entorno natural es otro de sus principales atractivos. Las costas y los espacios interiores sirven de hábitat para aves marinas y mamíferos marinos, en un paisaje marcado por la presencia del océano y la escasa intervención humana.

La isla que vivió de la pesca y la extracción de granito

Aunque hoy se encuentra deshabitada, Hildasay tuvo una población permanente durante el siglo XIX. En 1891 vivían allí alrededor de 30 personas, cuyas actividades estaban vinculadas principalmente al procesamiento del arenque y a la extracción de granito.

La piedra, caracterizada por sus tonalidades rojas y verdes, se obtenía a cielo abierto y se trasladaba mediante un ferrocarril de vía estrecha hasta un punto de carga en la costa. Desde allí, los bloques se embarcaban rumbo a distintos destinos.

Los registros históricos citados en la información sobre la isla señalan que hubo envíos de granito hasta Australia. Todavía quedan restos deteriorados de las antiguas vías y grandes bloques de piedra que recuerdan aquella etapa industrial.

Esos vestigios forman parte del pasado de un territorio que pasó de albergar trabajadores y actividades productivas a convertirse en un lugar de aislamiento y naturaleza.

El aventurero que quedó aislado durante la pandemia

Hildasay volvió a captar la atención en 2020, durante la pandemia de coronavirus, cuando el aventurero británico Chris Lewis terminó alojándose allí junto a su perro Jet.

Lewis recorría a pie la costa de Gran Bretaña cuando quedó varado en las Shetland. Tras la imposición de las restricciones de confinamiento, las autoridades le concedieron un permiso excepcional para permanecer en la isla.

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Durante esa etapa, ambos se instalaron en el único edificio que continuaba intacto y compartieron el aislamiento con un rebaño de 15 ovejas. Los suministros, incluidos alimentos básicos y carbón, llegaban periódicamente mediante embarcaciones que les prestaban ayuda.

La experiencia quedó plasmada en el libro Finding Hildasay, en el que el aventurero relató su estancia en aquel territorio remoto.

Su historia también refleja las condiciones que deberá tener en cuenta cualquier futuro propietario. Más allá de los paisajes y la posibilidad de vivir lejos de las ciudades, Hildasay exige una planificación constante para resolver las necesidades básicas y depende por completo del transporte marítimo.

Con su muelle propio, sus lagos, sus playas y los restos de su pasado industrial, la isla ofrece una propiedad poco habitual en el mercado inmobiliario. Su valor, sin embargo, no reside únicamente en la extensión del terreno, sino también en la capacidad de adaptarse a una vida marcada por el aislamiento y la naturaleza.

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