A pocas horas de vuelo desde la Argentina existe un paisaje que desafía toda lógica. No es un efecto especial ni una postal retocada: es real, cambia de forma cada año y deja a cualquiera con la sensación de estar caminando sobre otro planeta. Se trata de Lençóis Maranhenses, uno de los escenarios naturales más impactantes de Brasil y del mundo.
Ubicado en la costa del estado de Maranhão, al noreste del país, este parque nacional se extiende sobre 1.500 kilómetros cuadrados de dunas blancas que crecen como montañas imposibles. El viento moldea la arena sin descanso y crea crestas gigantes, curvas suaves y valles profundos que parecen no tener principio ni final. Caminar allí es sentirse pequeño frente a un paisaje que abruma y fascina al mismo tiempo.
Pero lo verdaderamente extraordinario sucede unos meses al año. Entre mayo y octubre, luego de la temporada de lluvias, el “desierto” deja de estar vacío: en los huecos naturales entre las dunas aparecen miles de lagunas de agua dulce, con tonos que van del celeste al turquesa intenso. El secreto está bajo la arena: una capa de sedimento impermeable impide que el agua se filtre, formando piscinas naturales perfectas, limpias y temporales, como si hubieran sido pintadas a mano.
El contraste es total. De un lado, la vegetación tropical; del otro, el océano Atlántico. En el medio, este paisaje imposible donde las dunas pueden alcanzar hasta 30 metros de altura y las lagunas invitan a nadar, flotar o simplemente contemplar el silencio. Por momentos, Lençóis deja de parecer un desierto y se transforma en un oasis múltiple, vivo y cambiante.
La experiencia, aseguran quienes lo recorrieron, se disfruta mejor a pie y descalzo, dejando que la arena y el agua marquen el ritmo. Muchos viajeros comienzan en Lagoa Bonita, cerca de Barreirinhas, y atraviesan kilómetros de dunas durante varios días, durmiendo en pequeñas comunidades locales, hasta llegar a Atins, un pueblo costero que hoy es base de excursionistas y amantes del kitesurf.
La singularidad del lugar fue reconocida oficialmente en 2024, cuando Lençóis Maranhenses fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco. Desde entonces, el interés global no dejó de crecer: solo en 2024 recibió más de 552.000 visitantes, y en 2025 esa cifra ya fue superada. Aun así, el parque conserva una sensación de inmensidad y aislamiento difícil de encontrar en otros destinos populares.

Para quienes viajan desde la Argentina, la ruta más habitual es volar a São Luís, con escala en San Pablo o Río de Janeiro, y desde allí continuar por tierra hasta Barreirinhas, la principal puerta de entrada al parque. La clave está en elegir bien la fecha: la mejor época para visitarlo es entre mayo y agosto, cuando las lagunas están en su máximo esplendor. Lo ideal es quedarse al menos tres o cuatro días para recorrer los circuitos clásicos y explorar zonas menos transitadas.
Lençóis Maranhenses no es solo un destino: es una experiencia sensorial completa. Arena, agua, viento y silencio se combinan en un escenario tan irreal que cuesta creer que esté tan cerca. Un lugar donde la naturaleza parece haber decidido romper todas sus propias reglas.




