Después de casi cuatro décadas flotando por el Atlántico Sur, el iceberg A23a, considerado uno de los más antiguos y durante mucho tiempo el más grande del planeta, está viviendo sus últimos días. Lo que alguna vez fue una gigantesca masa de hielo desprendida de la Antártida hoy se encuentra reducido a fragmentos, erosionado por aguas cada vez más cálidas y al borde de desaparecer por completo.
Su historia comenzó en 1986, cuando se desprendió de la plataforma de hielo Filchner, en la Antártida, formando un coloso de aproximadamente 4.000 kilómetros cuadrados. Durante años quedó atrapado en el mar de Weddell, anclado en el fondo marino, donde permaneció inmóvil por más de 30 años. Recién en 2020, los científicos detectaron que el enorme bloque volvía a moverse y desde entonces siguieron de cerca una travesía tan fascinante como impredecible.
A principios de 2025, incluso después de casi 39 años, el A23a todavía conservaba dimensiones descomunales. Su superficie rondaba los 3.600 km², un tamaño que lo mantenía entre los gigantes del océano. Pero en apenas un año, ese escenario cambió de forma drástica: el iceberg comenzó a derretirse, fracturarse y perder enormes bloques de hielo a una velocidad que sorprendió incluso a los especialistas.
Durante la primera mitad de 2025, el A23a perdió cerca de una cuarta parte de su tamaño. El desgaste provocado por las aguas oceánicas y el desprendimiento constante de fragmentos marcaron el inicio de un proceso irreversible. Con el correr de los meses, dejó de ser el iceberg más grande del mundo y pasó a convertirse en un inmenso rompecabezas flotante.
Uno de los momentos clave de su colapso ocurrió entre agosto y septiembre de 2025, cuando el iceberg quedó sobre una elevación submarina conocida como Northwest Georgia Rise, a unos 1.500 kilómetros al este de las Islas Malvinas/Falkland. Allí, según creen los científicos, el bloque comenzó a girar sobre una columna de agua durante varias semanas, sometido a tensiones mecánicas que podrían haber acelerado su debilitamiento y posterior fragmentación.

Fue entonces cuando empezaron a desprenderse grandes pedazos del iceberg original, algunos tan grandes que recibieron nombres propios: A23g, A23h y A23i. La desintegración ya no era una posibilidad futura, sino una escena en desarrollo.
A fines de diciembre de 2025, en pleno verano austral, apareció otra señal clara de que el final estaba cerca: en la superficie del iceberg comenzaron a formarse pozas de agua de deshielo de un azul intenso, atrapadas entre sus bordes elevados. Esa imagen, tan impactante como hermosa, era también una advertencia científica. El hielo no solo se estaba derritiendo por abajo, en contacto con el mar, sino también desde arriba por efecto del aire más cálido.
Ese fenómeno desencadenó un proceso conocido como hidrofractura, cuando el agua se filtra por las grietas, las ensancha y termina partiendo el hielo desde adentro. En otras palabras, el iceberg comenzó a quebrarse por su propio deshielo.
Durante las semanas siguientes, el coloso siguió avanzando hacia el noreste y entrando en zonas cada vez más hostiles para su supervivencia. En solo 11 días previos al 22 de febrero, recorrió más de 700 kilómetros a través del Atlántico Sur, exponiéndose a aguas superficiales cercanas a los 10 °C, temperaturas devastadoras para una estructura nacida en los mares helados de la Antártida.
La comparación que hacen los científicos es tan simple como contundente: “Es como el hielo en tu bebida. No tarda mucho en desaparecer”.
En las últimas semanas, imágenes satelitales mostraron que el A23a siguió girando arrastrado por las corrientes oceánicas mientras aumentaban los signos de fractura interna. Para el 5 de marzo de 2026, su superficie ya se había reducido a apenas 180 km², una cifra impactante si se compara con sus 4.000 km² originales. Y cuando llegue a unos 70 km², dejará incluso de ser rastreado oficialmente por los científicos.
Aunque el desprendimiento y derretimiento de grandes icebergs forma parte de los procesos naturales del planeta, el caso de A23a se volvió especialmente valioso para la ciencia porque funciona como una especie de laboratorio natural flotante. Su desintegración permite observar cómo responden grandes masas de hielo cuando se exponen a aguas y temperaturas más cálidas, algo clave para anticipar qué podría ocurrir con las plataformas de hielo antárticas en un contexto de cambio climático.

Estas plataformas cumplen un rol fundamental en la estabilidad del hielo continental de la Antártida, y entender cómo podrían debilitarse o colapsar es una de las grandes preguntas científicas vinculadas al aumento del nivel del mar.
Por eso, aunque el final de este iceberg es un fenómeno natural, su lenta agonía está siendo observada con enorme atención. Porque detrás de la muerte de un gigante de hielo también se esconden pistas sobre el futuro del planeta.
Todo indica que el A23a está viviendo sus últimos días. Y después de casi 40 años de viaje, el iceberg más famoso del mundo podría desaparecer por completo en cuestión de semanas.









