Brasil es sinónimo de playas impactantes y paisajes que parecen sacados de una postal, pero entre sus destinos más sorprendentes se esconde un pueblo que logró destacarse por su belleza natural y su atmósfera relajada. Jericoacoara, ubicado en el estado de Ceará, es considerado uno de los lugares más paradisíacos del país gracias a sus dunas interminables, lagunas cristalinas y playas de aguas turquesas.
A unos 300 kilómetros de Fortaleza, este pequeño pueblo rodeado de arena se transformó en uno de los favoritos del turismo de naturaleza. Lejos del ritmo acelerado de las grandes ciudades, Jericoacoara invita a bajar un cambio y conectar con un entorno donde el paisaje es el gran protagonista.

Durante el día, el plan puede ser tan simple como caminar por la playa, descansar frente al mar o contemplar las lagunas naturales que se forman entre las dunas. Para quienes buscan una experiencia más activa, el destino ofrece travesías por médanos, descensos por dunas y exploración de espejos de agua escondidos en medio del desierto de arena.
Cuando cae el sol, el pueblo cambia de energía. El atardecer es un ritual imperdible, con turistas y locales reuniéndose para ver cómo el cielo se tiñe de colores intensos. Luego, la música y los bares le dan vida a las calles, creando un clima festivo pero relajado, fiel al espíritu del lugar.

Jericoacoara se encuentra en el nordeste brasileño, una región conocida por su clima cálido durante todo el año y sus escenarios naturales únicos. Llegar es más sencillo de lo que parece: la opción más común es volar hasta Fortaleza y desde allí tomar un vuelo corto o un traslado terrestre hasta el pueblo. También es posible viajar por ruta, combinando tramos asfaltados con caminos de arena.
Con su combinación perfecta de tranquilidad, naturaleza y paisajes únicos, Jericoacoara se consolidó como uno de los destinos más encantadores de Brasil y una elección ideal para quienes buscan unas vacaciones diferentes, lejos del turismo masivo.






