El sargazo del Caribe ahora se transforma en ladrillos más resistentes que los tradicionales

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Redactora
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En 2018, el Caribe mexicano vivió una de sus peores crisis ambientales: casi 20 millones de toneladas de sargazo invadieron las playas, arruinaron el turismo, afectaron la pesca y obligaron a retirar toneladas de algas en descomposición con olor a azufre. Lo que durante años fue considerado basura marina, hoy se convirtió en una innovación clave para la construcción sostenible, capaz de levantar hasta 400 mil viviendas.

Mientras los gobiernos invertían millones en retirar el sargazo y enterrarlo en vertederos, un grupo de ingenieros y emprendedores de Quintana Roo decidió cambiar la mirada: tratar el problema como una materia prima. Así nació un ladrillo elaborado a partir de algas, más resistente que los convencionales y con una huella de carbono significativamente menor.

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El sargazo, aunque indeseado en las playas, es rico en celulosa, lignina y polisacáridos, compuestos que refuerzan naturalmente los materiales de construcción. Tras múltiples pruebas, los especialistas lograron una fórmula con 20 % de sargazo, 40 % de arcilla y 40 % de arena, que dio un resultado inesperado: un ladrillo con una resistencia a la compresión de 60 kg por centímetro cuadrado, muy por encima del mínimo exigido por los códigos de construcción en México.

Pero la ventaja no es solo estructural. En regiones donde las temperaturas superan los 35 °C, estas viviendas ofrecen un mejor aislamiento térmico. Los ladrillos de sargazo presentan una conductividad térmica de 0,45 W/mK, frente a los 1,7 W/mK del hormigón tradicional, lo que permite mantener los interiores más frescos durante el día y liberar el calor lentamente por la noche. Esto puede reducir hasta un 30 % el consumo energético en refrigeración, un alivio clave para familias de bajos ingresos.

Otro punto decisivo es el impacto ambiental. A diferencia de los ladrillos tradicionales, que requieren hornos a 1.000 °C, los ladrillos de sargazo se secan al sol durante 28 días, aprovechando la energía natural de la región. El resultado es una reducción de hasta el 85 % en las emisiones de CO₂ durante su fabricación.

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El proceso no está exento de desafíos. El sargazo puede contener sal y metales pesados, por lo que cada lote es sometido a lavados especiales y controles químicos antes de ser utilizado. Solo así se garantiza que el material sea seguro y cumpla con los estándares de la construcción sustentable.

Hasta el momento, ya se produjeron más de dos millones de ladrillos, utilizados en escuelas, centros comunitarios y viviendas sociales en Quintana Roo, con expansión hacia Yucatán y Campeche. Las proyecciones indican que, si el modelo se escala, podría procesarse suficiente sargazo cada año como para construir cientos de miles de casas de bajas emisiones.

Lo que antes asfixiaba playas y economías locales hoy se perfila como infraestructura del futuro. El sargazo dejó de ser solo un residuo para convertirse en una oportunidad concreta frente a la crisis climática, demostrando que, a veces, las soluciones más innovadoras nacen del corazón mismo del problema.

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