El mundo lo conoció por un número imposible: 2,72 metros. Pero detrás del récord estaba la historia de un joven que solo quería vivir como cualquier otro. Robert Wadlow, conocido como el “gigante amable”, vivió apenas 22 años. Su estatura asombró al planeta; su carácter, en cambio, dejó una huella mucho más profunda.
Nació el 22 de febrero de 1918 en Alton, Illinois, como un bebé de peso normal. Nada hacía prever que crecería sin detenerse. A los seis meses ya medía 89 centímetros; a los cuatro años alcanzaba 1,63 metros, la altura promedio de un adulto. Los médicos detectaron una alteración en la glándula pituitaria —probablemente un tumor benigno— que provocaba una producción excesiva de hormona del crecimiento.

Un niño diferente en un cuerpo que no dejaba de crecer
Fue el mayor de cinco hermanos y, pese a su tamaño, tuvo una infancia protegida por su familia. En la escuela debieron adaptar pupitres y reforzar estructuras. Necesitó aparatos ortopédicos para sostener sus piernas, ya que el peso sobre su cuerpo era desproporcionado.
A los 13 años medía 2,18 metros. Su crecimiento nunca se detuvo. Sin embargo, quienes lo conocieron destacaban su serenidad, paciencia y amabilidad. Nunca reaccionaba con enojo ante las miradas o preguntas incómodas. Participó en los Boy Scouts y en su iglesia local, convirtiéndose en el scout más alto del que se tenga registro.
Tenía sentido del humor. Cuando le preguntaron a quién admiraba, respondió que soñaba con ser como Charles Lindbergh, el aviador que cruzó el Atlántico. “Claro, si lograra entrar en el avión”, bromeó.
La fama y el peso de ser un récord

Con el tiempo fue reconocido por Guinness World Records como el hombre más alto registrado en la historia médica. Su fama se volvió internacional. Empresas como International Shoe Company financiaron sus zapatos especiales —de un tamaño equivalente al 75 argentino— y organizaron giras promocionales.
En cada ciudad lo esperaban multitudes. Muchos acudían por curiosidad; otros, por admiración genuina. Él siempre respondía con cortesía. Solía decir que quería ser recordado “como un trabajador de la publicidad, no como una rareza”.
Pero la vida cotidiana era un desafío constante: camas especiales, puertas adaptadas, ropa hecha a medida. Las infecciones por el roce de los aparatos ortopédicos eran frecuentes. El dolor lo acompañaba, aunque rara vez se quejaba.
Un final prematuro

En julio de 1940, durante una gira en Michigan, una ampolla causada por su aparato ortopédico se infectó gravemente. Su cuerpo, ya exigido al límite, no resistió. Murió el 15 de julio de 1940, a los 22 años.
Más de 40.000 personas asistieron a su funeral en Alton. El ataúd, de 3,28 metros, necesitó doce hombres para ser trasladado. La ciudad decretó duelo. En su lápida, sencilla, figura su nombre y el apodo con el que quedó en la memoria colectiva: “el gigante amable”.
Su historia sigue conmoviendo porque, más allá del récord, fue la de un joven que enfrentó la diferencia con dignidad. Su estatura rompió marcas; su humanidad, en cambio, rompió prejuicios.








