En las áridas colinas de la Patagonia argentina se está desarrollando un conflicto tan silencioso como letal. Desde la década de 1990, cuando muchos ganaderos abandonaron estas tierras, los pumas comenzaron a recuperar lentamente un territorio que históricamente les pertenecía. Pero durante esa ausencia humana, otro habitante aprovechó el vacío: el pingüino de Magallanes.
Durante años, estas aves migraron desde la protección natural de las islas marinas hacia la costa continental, un espacio donde no existían depredadores terrestres. Allí formaron colonias estables, convencidas —sin saberlo— de que estaban a salvo. Esa sensación de seguridad hoy ya no existe.

Un nuevo estudio científico expone la magnitud del problema en el Parque Nacional Monte León, en el sur de Argentina. En apenas cuatro años, los investigadores estiman que los pumas mataron a más de 7.000 pingüinos adultos. Sin embargo, el dato más perturbador no es solo el número, sino el comportamiento: la mayoría de los cuerpos no fueron consumidos.
Los ecologistas describen este fenómeno como “asesinato excedente”, un comportamiento instintivo que también se observa en animales domésticos, como los gatos que cazan sin necesidad de alimentarse. Con apenas 61 centímetros de altura, los pingüinos no cuentan con defensas evolutivas frente a un depredador como el puma. Son presas fáciles, y justamente por eso están siendo cazadas en masa.
El impacto es devastador: esta matanza ya eliminó casi el 8 % de la población adulta de pingüinos del parque en solo unas pocas temporadas. Si bien los modelos indican que la colonia no desaparecería por completo, la presión se suma a amenazas ya existentes como el cambio climático y la escasez de alimento en el mar.

El escenario plantea un dilema complejo para la conservación. Tanto el puma como el pingüino de Magallanes son especies protegidas. La recuperación del puma, celebrada durante años como un éxito ecológico, se convirtió ahora en una amenaza directa para otra especie vulnerable. No hay soluciones simples cuando dos especies protegidas entran en conflicto.
Este caso funciona como un recordatorio incómodo: el rewilding —la restauración de ecosistemas mediante la retirada humana— no siempre es armónico. Cuando las personas se alejan, la naturaleza no regresa a un equilibrio idealizado. Los depredadores del pasado se encuentran con presas modernas, y las consecuencias pueden ser brutales.
En la costa patagónica, las reglas están cambiando. Y cada cuerpo abandonado en la arena es una señal de que la naturaleza, cuando recupera el control, no pide permiso ni ofrece garantías.







