Por qué el Everest podría dejar de ser “la montaña más alta del mundo” según la ciencia

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Durante más de un siglo, el Monte Everest ocupó un lugar indiscutido en el imaginario global como el punto más alto del planeta. Con sus 8.849 metros sobre el nivel del mar, fue símbolo de límite humano, hazaña extrema y supremacía natural. Sin embargo, un nuevo análisis difundido por National Geographic vuelve a poner en discusión esa certeza y plantea una pregunta tan simple como disruptiva: ¿qué significa realmente que una montaña sea la más alta?

El origen del “techo del mundo”

La consagración del Everest comenzó en 1856, cuando topógrafos británicos, en el marco del Gran Levantamiento Trigonométrico de la India, determinaron que el entonces llamado Pico XV superaba a cualquier otra cumbre conocida. El cálculo, atribuido al matemático indio Radhanath Sikdar, se basó en un criterio que desde entonces domina la geografía moderna: la altura medida desde el nivel del mar. Esa cifra se volvió incuestionable y fue reforzada simbólicamente en 1953, con la histórica ascensión de Edmund Hillary y Tenzing Norgay.

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Un criterio útil, pero no único

La altitud sobre el nivel del mar sigue siendo válida, pero no está exenta de limitaciones. El nivel del mar funciona como referencia estándar global, aunque no siempre refleja la verdadera relación de una montaña con su entorno. Muchas cumbres se elevan desde mesetas ya altas o zonas alejadas de las costas, lo que reduce el contraste real entre su base y su cima.

Cuando la Tierra cambia el ranking

Un ejemplo clave es el Chimborazo, en Ecuador. Aunque es mucho más bajo que el Everest en términos tradicionales, su cima es el punto más alejado del centro de la Tierra. Esto ocurre por el abombamiento ecuatorial del planeta, que hace que la superficie terrestre sea más “alta” en el ecuador que en los polos. Bajo este enfoque, el Chimborazo sería la montaña más cercana al espacio.

Prominencia, base y contexto

Otros criterios científicos también buscan redefinir la grandeza de una montaña. La prominencia mide cuánto se eleva una cumbre respecto al terreno que la rodea, destacando a montañas aisladas y abruptas. En este punto, el Aconcagua se vuelve protagonista: la cima más cercana de altura comparable se encuentra a unos 16.000 kilómetros, lo que refuerza su impacto topográfico en los Andes.

El “jut”, una nueva forma de mirar las montañas

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La novedad más reciente es el concepto de jut, desarrollado por el matemático Kai Xu. Este sistema no solo considera la altura, sino también la pendiente y el punto de observación desde el cual una montaña resulta más imponente. El método combina elevación vertical y ángulo de visión, utilizando datos satelitales para identificar desde dónde una cumbre impacta más visualmente.

Resultados que sorprenden

Según este criterio, el Everest cae hasta el puesto 46 entre las montañas más impresionantes del mundo, con un jut de 2.223 metros. Su ubicación sobre la elevada meseta tibetana reduce el contraste con el paisaje circundante. En cambio, el Annapurna Fang, una cumbre secundaria del macizo del Annapurna en Nepal, lidera el ranking con un jut de 3.412 metros. Aunque es más baja que el Everest, su pendiente extrema y su elevación directa desde el valle generan un impacto visual mucho mayor.

Una discusión sin final cerrado

Lejos de destronar al Everest en términos de altitud, estos nuevos enfoques amplían la forma de entender el relieve terrestre. Tal como señala National Geographic, el jut no reemplaza las mediciones clásicas, sino que suma una mirada complementaria centrada en la experiencia visual y topográfica. Así, la montaña más alta del mundo sigue siéndolo… pero ya no es necesariamente la más imponente.

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