La Costa Atlántica argentina volvió a enfrentarse a una de sus fuerzas más impredecibles. El meteotsunami del lunes 12 de enero de 2026, que golpeó Mar Chiquita, Santa Clara del Mar y Mar del Plata, quedó registrado como el episodio más devastador de este tipo en la región. No solo por la violencia inusual del fenómeno, con olas de hasta cinco metros, sino por su desenlace trágico: un joven de 29 años murió y al menos 35 personas resultaron heridas.
A diferencia de otros eventos similares ocurridos en 1954 y 2022, esta vez se combinaron todos los factores de riesgo: ocurrió de día, en plena temporada alta, con altas temperaturas y miles de turistas dentro y fuera del mar. Lo que en otros momentos había sido un susto o un episodio casi mítico, se transformó en tragedia.

Testigos describieron una escena tan repentina como aterradora. El mar, que minutos antes parecía calmo, se retiró de golpe y regresó como una pared oscura, arrastrando sombrillas, bolsos y personas. Guardavidas hicieron sonar sus silbatos mientras intentaban evacuar a contrarreloj playas colmadas. En Santa Clara del Mar, el agua avanzó decenas de metros sobre la arena y sorprendió a familias que caminaban cerca de la orilla.
El fenómeno fue descripto por especialistas como una “ola vagabunda” o un meteotsunami, un tipo de tsunami generado por condiciones atmosféricas extremas y no por terremotos. La provincia de Buenos Aires ordenó la evacuación preventiva de todas las playas afectadas, mientras se analizaban datos oceánicos y meteorológicos para entender qué había ocurrido.
Este episodio reavivó el recuerdo de otros dos antecedentes clave. El 8 de diciembre de 2022, un meteotsunami impactó en Punta Mogotes durante la madrugada. Tres olas consecutivas arrasaron con mobiliario de playa y estructuras livianas, pero no hubo heridos ni víctimas fatales. La razón fue decisiva: las playas estaban vacías.
Mucho antes, el 21 de enero de 1954, Mar del Plata vivió un evento similar en pleno día. Tres grandes olas elevaron el nivel del mar en cuestión de minutos, cubrieron el muelle de pescadores y provocaron más de 100 heridos leves, escenas de caos y pánico, pero sin muertes. Durante décadas, aquel episodio quedó en la memoria colectiva como una historia exagerada, casi legendaria, en una ciudad alejada de zonas sísmicas.
Según historiadores y especialistas, los tres eventos comparten un mismo patrón: son extremadamente raros, repentinos e imprevisibles, sin alertas claras que permitan anticiparlos. La gran diferencia estuvo siempre en el contexto humano. En 2022, la madrugada actuó como un escudo. En 1954, pese a la multitud, las consecuencias no fueron fatales. En 2026, la combinación fue letal.

La muerte de Yair Amir Manno Núñez, marplatense que había regresado al país para visitar a su familia, marca un antes y un después. Es la primera víctima fatal asociada a un meteotsunami en la Costa Atlántica argentina. Un dato que transforma estos fenómenos, antes vistos como anomalías curiosas, en una amenaza real.
Las autoridades reconocen que la ciencia aún no puede prever con precisión estos eventos. Por ahora, la respuesta rápida de los guardavidas, la evacuación inmediata y la conciencia del riesgo siguen siendo la única defensa posible.
Como ocurrió en 1954 y en 2022, el mar volvió a demostrar que incluso en las playas más familiares puede esconder una fuerza descomunal. Esta vez, la diferencia fue irreversible: una vida perdida y una herida abierta en pleno verano argentino.





