En lo profundo de los Andes ecuatorianos, un bosque envuelto en neblina resiste al avance de la actividad humana y se ha transformado en una última esperanza para una de las aves más amenazadas del planeta. Se trata de la Reserva Yanacocha, ubicada en Nono, a pocos kilómetros de Quito, donde sobrevive el zamarrito pechinegro, un diminuto colibrí que hoy lucha contra la extinción.
Con apenas nueve centímetros de tamaño, esta especie —también conocida como colibrí oreja violeta— es un símbolo de la biodiversidad andina. Sin embargo, su situación es crítica: según estimaciones de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), en todo el mundo quedarían apenas entre 150 y 200 ejemplares. La deforestación y el avance de la agricultura de altura han reducido drásticamente su hábitat natural.

La Reserva Yanacocha fue creada hace 25 años por la Fundación Jocotoco y hoy cumple un rol clave en la protección de los ecosistemas de montaña. Lo que comenzó como un esfuerzo por salvar a una especie puntual terminó revelando algo mayor. “Nos dimos cuenta de que estábamos conservando un ecosistema entero, no solo un ave”, explica la conservacionista Paola Villalba.
El zamarrito pechinegro es fácilmente reconocible por un rasgo tan delicado como llamativo: unos ‘pantalones’ blancos de plumas alrededor de sus patas que contrastan con el negro metálico de su pecho y las alas de tonos verde bronce. Pero esa belleza no lo protege del peligro. Su supervivencia depende de los bosques nublados de gran altitud, cada vez más amenazados por la ganadería y la expansión agrícola.

Según Shirley Farinango, de la Fundación Aves y Conservación, el problema se agrava porque el colibrí habita un nicho ecológico extremadamente estrecho, entre los 3.000 y 3.500 metros sobre el nivel del mar. Esa franja altitudinal, explica, es considerada “terreno preferente” para ser transformada en tierras productivas, lo que deja a la especie sin margen para desplazarse.
En las laderas del volcán Pichincha, a unos 45 kilómetros al noroeste de Quito, conservacionistas trabajan contrarreloj para restaurar el bosque milenario, replantar especies nativas y frenar la fragmentación del paisaje. Para estas pequeñas aves —a las que algunos llaman las “hadas más diminutas” de los Andes—, los árboles cubiertos de musgo no son solo un hogar: son su último bastión frente a la desaparición.
La historia del zamarrito pechinegro es también un recordatorio urgente: proteger una especie implica defender todo el entramado natural que la sostiene, antes de que el silencio reemplace definitivamente al zumbido de sus alas.






