20 imágenes para enamorarse de Cuenca

1 min


Esta noche la melancolía volvió a ganarme, como tantas otras. Son las 3 de la mañana y, entre tanto cemento que me asfixia, ansío oler la tierra de las huertas recién removida. Esas que adornan tantos patios. En medio de la noche aguzo mi oído para escuchar como baja el caudal del poderoso Tomebamba donde las cholas todavía lavan su ropa, pero apenas si distingo las bocinas y el paso rápido de los vehículos.

Encerrado en la jungla de cemento que habito necesito el verde intenso, respirar el aire libre, sentirme igual de libre entre los edificios que destilan historia a través de cada uno de sus adobes.

Definitivamente, la melancolía volvió a ganarme, como tantas otras noches. Pero esta noche hay una diferencia, estoy decidido a contártelo. Para que mi melancolía también sea tuya y podamos extrañar juntos a mi querida Santa Ana de los Ríos. “Cuenca” a secas.

De extrañarla mucho, con fuerza, con esas ganas de volver a encontrarnos más pronto que tarde. Ya mismo, de ser posible. Porque su espíritu es fuerte y una vez que entra en tu cuerpo, ningún otro lugar en el mundo es igual.

Acompáñame a este viaje por la tercera urbe de Ecuador que a pesar de sus más de 330 mil habitantes todavía conserva su estructura de pueblo, donde la magia y la historia son una sola cosa.

Recorramos sus angostas calles de adoquín que siempre terminan en alguna iglesia colonial repleta de impresionantes esculturas y fastuosos altares, por las plazas del centro histórico donde jamás falta un festival para levantarte el ánimo ni sus restaurantes típicos donde hasta un vegano acérrimo, como el que te habla, puede comer hasta saciarse disfrutando de una enorme variedad de platos y una excelente cocina tradicional ecuatoriana. (Sé que es una debilidad, pero no puedo evitar detenerme en su arte culinario, lo disfruté en demasía, probablemente hasta en exceso, pero fue inevitable y prometo reincidir apenas vuelva).

Caminemos juntos por esta tierra desprovista de los clásicos shoppings pero rebosante de la más pura identidad latinoamericana, donde la cultura incaica precolombina todavía sobrevive aggiornada por la posterior colonización española, en un mix de colores y sabores que no vas a encontrar en ninguna otra parte del planeta. No seas tímido, acércate a los artesanos que pueblan sus plazas para que te expliquen sus técnicas milenarias, lo harán sin remilgos.

No te asustes porque sus edificios coloniales te cuentan una historia antigua de pujanza mientras degustamos un exquisito chocolate cuencano, o cualquiera de sus tantos dulces artesanales. Al contrario, Cuenca te permite disfrutar de su silencio rural mientras recorremos 20 kilómetros en bicicletas para llegar hasta la montaña de la que luego vamos a descender a rappel, o de los ruidos estridentes de los fuegos de artificio que se encienden periódicamente para celebrar algún santo en el corazón de la ciudad.

Emerjamos de las aguas termales que renuevan el cuerpo en infraestructuras de roca que parecen concebidas justo para ese sueño memorable. 

Mientras respiramos agobiados por el verano del hemisferio, Cuenca sonríe con sus noches frescas y sus mañana diáfanas donde promedian los 15 grados centígrados en cualquier momento del año. Y antes de volver, participemos de la elección de la Chola Cuencana, símbolo del empoderamiento de la mujer de Cuenca que anticipó hace muchos siglos al feminismo.

Como verás, extraño a Cuenca. De mis muchos viajes por el mundo traje conmigo poderosos recuerdos, pero pocas veces las ganas de volver para quedarme. 

Porque ¡cuidado! Es tu propio riesgo. Cuenca se te mete bajo la piel, y extrañarla se convierte en una necesidad imperiosa… Y yo planeo satisfacerla en breve.

Mira las imágenes!


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Andy Dubrowsky

Fotógrafo. Viajero.

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