Una ciudad de Europa está llamando la atención por una insólita medida urbana que parece salida de una película futurista: reemplazó la clásica iluminación blanca de una de sus avenidas por farolas rojas para proteger a los murciélagos que viven en la zona. Aunque la iniciativa fue celebrada por su enfoque ambiental, también abrió un inesperado debate: la seguridad vial podría verse afectada.
La escena ocurre en Gladsaxe, una localidad de Dinamarca ubicada cerca de Copenhague, donde las autoridades decidieron modificar el alumbrado de la avenida Frederiksborgvej con un objetivo muy concreto: reducir el impacto de la contaminación lumínica sobre las colonias de murciélagos que habitan en las áreas arboladas cercanas a la carretera.

La explicación tiene base científica. Las luces blancas, especialmente las de onda corta, generan una barrera visual para estos mamíferos voladores, alterando sus desplazamientos nocturnos y afectando sus rutinas de caza. En cambio, las luces rojas, al tener una longitud de onda más larga, resultan mucho menos invasivas para ellos y les permiten cruzar la vía con mayor normalidad.
La medida no es completamente nueva en Europa, pero sí sigue siendo llamativa. En 2018, una ciudad de Países Bajos fue pionera en aplicar este tipo de iluminación pensada para la fauna, y al año siguiente el Reino Unido inauguró un corredor especial con luz roja para facilitar el paso de murciélagos en una zona natural protegida. Sin embargo, el caso danés volvió a poner el tema en el centro de la conversación por una razón inesperada: lo que ayuda a los murciélagos podría complicar la visión humana.
Y es que, aunque la iluminación roja tiene ventajas ecológicas, también presenta limitaciones para quienes circulan por la zona. Bajo este tipo de luz, la percepción visual de las personas cambia. Conductores y peatones pueden tener más dificultades para distinguir contrastes, calcular distancias y reaccionar rápidamente ante obstáculos, algo que en una vía transitada puede transformarse en un factor de riesgo.
Por eso, la decisión de Gladsaxe no solo fue vista como una curiosidad ambiental, sino también como un experimento urbano que pone en tensión dos prioridades clave: la protección de la biodiversidad y la seguridad en la vía pública.

Frente a este dilema, otras ciudades europeas ya empezaron a probar soluciones intermedias. En Francia, por ejemplo, una localidad implementó un sistema más flexible: durante el verano utiliza una iluminación ámbar, cercana al rojo, que reduce el impacto sobre insectos y murciélagos; pero en invierno vuelve al blanco neutro para mejorar la visibilidad y reforzar la seguridad vial.
El caso de Gladsaxe demuestra cómo una decisión aparentemente simple —cambiar el color de una farola— puede abrir un debate mucho más profundo sobre cómo deberían diseñarse las ciudades del futuro. ¿Es posible crear espacios urbanos más amigables con la fauna sin comprometer la seguridad de las personas? Europa parece estar ensayando esa respuesta… y, por ahora, el experimento se ve de color rojo.









