Cómo viajar me ayudó a sanarme

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Dicen que el primer paso para arreglar un problema es reconocerlo. Animarme a la
aventura fue la solución. Lo que voy a compartir a continuación sale de lo más profundo de mí. El objetivo que tiene mi relato es poder ayudar, aunque sea a una sola persona. Quiero invitar a quien lo necesite a que siga su corazón. Que lo haga. Que junte lo indispensable y que se entregue a la vorágine de la vida.

La historia que quiero contar se remonta a una mañana gris del pasado febrero, en la que sentí el dolor más fuerte que pude haber sentido jamás: el dolor de ver partir a un ser querido para siempre. Eso sucedió diez días después de haber regresado de unas vacaciones memorables junto a mis amigos, y acabó con toda la felicidad que traía conmigo de la experiencia.

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Hasta ese momento, todos mis viajes habían sido por mi país y por América. Salí de
Argentina por primera vez a los quince años. En todas mis travesías había estado acompañada, ya sea por familiares o amigos, pero siempre en modo turista: con todas las reservas hechas y con el cronograma de actividades perfectamente organizado. Están quienes disfrutan de ese tipo de viajes, pero yo ya estaba necesitando algo diferente.

Realmente no recuerdo la primera vez que vi el mar ni tampoco cuando vi caer el
atardecer detrás de las montañas, pero sé que desde lo más remoto de mi infancia esas cosas me generaron siempre una felicidad indescriptible. ¿Por qué explico esto? ¿Por qué primero expongo un dolor personal y luego cuento sobre mis viajes? Pues bien, esto es porque por primera vez, viajar me ayudó a sanarme.

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Luego de la pérdida de mi ser querido, todo comenzó a ir de mal en peor. El agobio de la rutina que ya venía sintiendo hace años, de repente se había vuelto inmanejable. Ya no disfrutaba de ir a trabajar como solía hacerlo y había perdido el incentivo para estudiar la carrera que había elegido años atrás. Ni siquiera las reuniones en familia y con amigos de siempre me animaban. Todos los temas de conversación me parecían banales.

Meses después supe que había tocado fondo. Me vi en la necesidad de recurrir a profesionales quienes me advirtieron que, si no modificaba algo de mi rutina para revertir la situación, iba a caer en una depresión. Depresión. Con ese diagnóstico, volví a mi casa y tomé la decisión más importante de mi vida hasta hoy. Me animé a hacer lo que hace tiempo deseaba. Iría a conocer esas tierras lejanas a las que siempre quise ir: decidí que me iría a Europa, sola.

Con los miedos propios y los ajenos, me fui. Tuve que decirle adiós a la oficina y me alejé de la universidad por un tiempo. Tomé lo poco que consideraba bueno de todo ello y compré mi pasaje. Agarré lo que necesitaba y armé mi valija. Abracé fuerte a mi familia y a mis amigos y, en menos de lo que imaginaba, estaba cruzando al viejo continente sabiendo que quería curarme.

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Sin sentir ningún tipo de presión, comencé una travesía felizmente agotadora por cinco países en los que nunca había estado: Alemania, Holanda, República Checa, Suiza y Francia. Así fue como un viaje que había sido planeado para estar en soledad, me llenó de amor por parte de nuevos amigos que ahora tengo alrededor del mundo. Aquellos extraños abrieron su corazón para que abriera el mío y comencé a estar mejor. Abracé y me abrazaron. Pude comprender que no era la única que necesitaba un respiro y que todos cargamos con una mochila que es necesario soltar.

Aprendí frases en otros idiomas. Me hice entender. Saboreé platos que hasta el momento eran desconocidos. A veces me acostaba temprano y otras veces trasnochaba. Me reí y también lloré. Valoré las cosas simples que me sucedían en el camino y aprendí a valorar aún más lo que había dejado en casa. De creer que nadie podía comprenderme y que nada valía la pena, pasé a sentirme plena otra vez. Salí a flote. Regresé a mi casa con el corazón y la mente fuertes para seguir adelante. Nuevamente volví a mirar el mar y los atardeceres caer detrás de las montañas con la misma felicidad que cuando era una niña.

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