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El paraíso en Brasil se llama Jericoacoara

Autor: rosanetur

Muchas veces la imagen del lugar perfecto, paradisiaco, donde nos sentimos en plena tranquilidad y relax termina siendo la misma para muchos. Tal vez la ecuación contenga variables como arena fina, cielo despejado, sol radiante, hamaca y agua cristalina. Bien, al fin encontramos la palabra adecuada para describir esa sensación: bienvenidos a Jericoacoara.

Esta pequeña villa de pescadores conlleva un esfuerzo para llegar a visitarla. No es fácil arribar aunque, tal vez por eso, la masividad aún no ha tocado sus puertas. Desde Fortaleza se debe tomar un bus a Jijoca, última ciudad antes del Parque Nacional, en donde una jardinera transporta a los turistas a través de las dunas de arena hasta terminar el viaje de 5 horas y llegar a destino.

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Sus 4 cuadras por 10 de largo hacen pensar que uno se aburriría si pasara allí más de unas pocas horas. Pero los pequeños detalles de este paraíso, logran confundir a cualquiera hasta lograr acaparar la atención física y espiritual de todos. Hay quienes llegan solo por unas horas y rápidamente buscan la manera de cambiar sus tickets para el otro día, o algunos otros que, sin saberlo, buscaban un lugar donde descansar para quedarse, primero por 5 y luego por unos cuantos indeterminados días.

Si leyéramos en una revista turística la descripción de Jeri (como la llaman los locales), seria aun más simple que la de cualquier ciudad de sol y playa de la costa de Brasil. Pero la magia de sus calles de arena, la energía de la gente que las camina y ese sol permanente logran aumentar el relato. Porque no hablamos solo de esa única una playa a visitar, sino del sitio en donde toda la ciudad pasa las horas desde la mañana hasta la puesta del sol, es el lugar obligado en donde uno debe estar para escuchar música de las barracas, ver bailar kapoeira o reírse con los principiantes en los deportes acuáticos.


Tampoco nos referimos solo a esa duna de arena para subir y ver caer el sol ante el aplauso de la gente. Es Duna do por do Sol, el lugar que tienta a quienes estaban en la playa a hacer el esfuerzo de la caminata antes de la caída del sol. En donde el bullicio de la tranquilidad es acompañada por el silencio de los que se animan a gritar y festejar semejante espectáculo, tan obviado en la rutina.

Ya no es solo la fiesta en la playa en donde se puede tomar algo, es el punto de reunión de todos aquellos que aun quedaron con energías para beber las 3 caipirinhas por 15 reales, bailar forró y conversar con quienes se estuvieron cruzando durante todo el día en el pueblo.
Claro está que el turismo no se ha quedado cruzado de brazos y las excursiones y atractivos forman parte de una de las ciudades más visitadas en los últimos 5 años por el turismo internacional. Lagoa do Paraiso es visita obligada para apreciar uno de los mares más cristalinos en la enorme franja costera del Brasil. O bien recorrer la Pedra Furada durante el día, y hasta animarse a hacerlo al atardecer para apreciar al astro cayendo justo en medio de ese orificio formado por la erosión del mar y el viento, retratando una imagen espléndida.
También están quienes se ejercitan con el kitesurf, que bien saben que el viento, la ubicación del mar y la costa y la poca cantidad de gente en las cercanías, hacen de estas playas un lugar ideal para su práctica. Igualmente se pueden apreciar a los fanáticos del surf y windsurf completando el cuadro perfecto.

Pero son solo detalles o complementos de lo que intenta ofrecer al visitante la pequeña ciudad de Jericoacoara. Aquí lo simple predomina antes que nada. Y no nos referimos a la simpleza de algo que pueda cansar por la monotonía. Es el lugar para el disfrute y goce del cuerpo y, porque no, del alma. Es una simpleza organizada y ordenada para que así siga sucediendo y priorizar un turismo no invasivo, respetuoso con el entorno y que sepa disfrutar de los simples placeres de la vida. Es descansar, conocer, recorrer pero no saturar.
Es un aprendizaje para quienes venimos de ciudades grandes y aun no entendimos que el atardecer, una hamaca sobre el mar o una fiesta en la playa pueden enriquecer nuestra energía sin necesidad de ningún cargador de celular.

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