La muerte de una joven mochilera en una isla “paraíso” reaviva el temor por los dingos en Australia

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Redactora
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La imagen de una isla idílica, de playas infinitas y naturaleza intacta, quedó abruptamente atravesada por una tragedia. Piper James, una adolescente canadiense de 19 años, fue hallada muerta en K’gari, una isla australiana declarada Patrimonio de la Humanidad, luego de haber salido sola a nadar al amanecer. Su cuerpo fue encontrado rodeado de dingos, los perros salvajes nativos que habitan libremente ese territorio inhóspito.

El caso conmocionó a Australia y volvió a poner en debate la convivencia entre humanos y fauna salvaje. Aunque los resultados preliminares de la autopsia indican signos de ahogamiento, también se detectaron mordeduras de dingo antes y después de la muerte, un dato que mantiene abiertas todas las hipótesis. Si se confirmara que los animales tuvieron un rol clave, sería el tercer ataque mortal de dingos en casi 50 años y el primero que involucra a un adulto.

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Piper llevaba varias semanas trabajando en la isla y había cumplido uno de sus mayores sueños: vivir en Australia. Aquella mañana caminó hacia el mar cerca del naufragio del SS Maheno, uno de los puntos más emblemáticos de K’gari. Dos horas después, ya no estaba con vida. Nadie sabe con certeza si logró entrar al agua o si tuvo dificultades con las fuertes corrientes oceánicas, conocidas por ser especialmente peligrosas en esa zona.

Para su padre, Todd James, la posibilidad de que los dingos hayan sido responsables es devastadora, aunque también dejó en claro que su hija no hubiera querido una matanza de animales. “Piper los veía como perros bonitos, parecidos al que teníamos en casa”, recordó. Esa percepción —compartida por muchos turistas— es justamente uno de los mayores riesgos: los dingos no son animales domésticos, aunque su apariencia pueda engañar.

K’gari recibe medio millón de visitantes por año y alberga entre 150 y 200 dingos, una de las poblaciones genéticamente más puras del país. Son considerados de importancia nacional para la conservación, pero también representan un peligro real. Las autoridades recomiendan mantener al menos 20 metros de distancia, no correr, no alimentarlos y portar palos especiales para ahuyentarlos. Aun así, los ataques han aumentado en los últimos años.

Las recomendaciones incluso han cambiado con el tiempo. Antes se sugería a las personas meterse al mar si un dingo se acercaba. Hoy, ese consejo está descartado tras varios ataques recientes, incluido el de un niño arrastrado al agua y el de una mujer herida gravemente mientras intentaba escapar hacia el océano.

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La tragedia también reavivó el debate político y cultural. Mientras algunos sectores temen que se repita una matanza de dingos, como ocurrió tras un ataque fatal en 2001, los custodios tradicionales Butchulla se oponen firmemente. Para ellos, los dingos tienen un valor espiritual y cultural milenario, y la solución no es eliminar animales, sino limitar el turismo, especialmente durante la temporada de reproducción, cuando los dingos se vuelven más territoriales.

K’gari es un lugar de belleza extrema, pero también de riesgos reales: dingos, corrientes marinas, serpientes venenosas y un entorno salvaje que no da segundas oportunidades. La muerte de Piper James dejó una advertencia clara: incluso en el “paraíso”, la naturaleza impone sus propias reglas. Y subestimarlas puede ser fatal.

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