En el sur de Salzburgo, entre más de 70 lagos, pueblos de postal y montañas que enmarcan el horizonte, se extiende Salzkammergut, una de las regiones más bellas y auténticas de Austria. Su historia, sin embargo, no comienza con palacios imperiales ni balnearios elegantes, sino con un recurso tan simple como decisivo: la sal, el mineral que moldeó su paisaje, su riqueza y su identidad durante más de 7.000 años.
Mucho antes del esplendor del Imperio austrohúngaro, este territorio ya era un centro económico estratégico. En 1846, el ingeniero Johann Georg Ramsauer descubrió en Hallstatt una necrópolis prehistórica que reveló la magnitud de ese pasado: cerca de 900 tumbas datadas entre el 800 y el 450 a.C., con ajuares de ámbar, bronce y marfil procedentes de regiones tan lejanas como el Báltico, la península itálica y el norte de África. Aquellos hallazgos confirmaron que la sal había convertido este rincón alpino en una encrucijada comercial clave de la Europa antigua.

El paisaje del Salzkammergut acompaña esa historia de abundancia. Lagos glaciares como Mondsee, Wolfgangsee, Attersee o Fuschlsee ofrecen aguas limpias donde los austríacos nadan en verano y pescan antes de la llegada del invierno, rodeados por bosques que en otoño se tiñen de colores intensos. Sobre ellos se alzan cumbres como el Traunstein o el Gamsfeld, que atraen a senderistas y montañistas, mientras que otras montañas, como el Schafberg o el Feuerkogel, permiten alcanzar vistas espectaculares sin esfuerzo gracias a trenes cremallera y teleféricos.
Uno de los grandes imanes visuales de la región es el glaciar Dachstein, una masa de hielo milenaria que hoy combina esquí invernal con plataformas de cristal, puentes colgantes y cuevas heladas, ofreciendo un espectáculo vertiginoso sobre los Alpes.
La prosperidad de la sal también dio origen a ciudades refinadas. Bad Ischl, célebre balneario, alcanzó su apogeo en el siglo XIX cuando se convirtió en residencia estival del emperador Francisco José y de Sisi. Allí, entre terapias con salmuera y jardines elegantes, se mezclaron la medicina, la aristocracia y la política: desde esa misma villa imperial se declaró en 1914 la guerra que desencadenó la Primera Guerra Mundial.
Pero el emblema indiscutido de la región es Hallstatt, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. Sus casas de madera reflejadas en el lago y su iglesia evangélica forman una de las imágenes más icónicas de Austria. Más allá de la postal, Hallstatt alberga lo que muchos historiadores consideran la mina de sal más antigua del mundo, en uso desde hace 7.000 años y con actividad ininterrumpida desde el 1500 a.C., hoy abierta al público.
La extracción y el comercio del llamado “oro blanco” convirtieron este valle en una de las primeras regiones industriales de Europa, generando un nivel de bienestar inusual para su época. La huella de esa riqueza aún persiste en la toponimia: Hallstatt, Hallein, Salzburgo, nombres que recuerdan que fue la sal la que levantó un imperio y dio forma a uno de los paisajes culturales más fascinantes de los Alpes.




