Mi primer viaje a la India, un gran choque de culturas

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Viajé por Asia un diciembre hace muchos años y la última semana decidimos ir a la exótica India. Cuando regresábamos de vuelta a casa no hubo minuto en el que yo no estuviera con los ojos cerrados completamente noqueada. Dormí por horas y en mis sueños seguía ese país con olor a curry. Y es que si existe un lugar que te agite y te logre cambiar por completo, ése, sin lugar a dudas, es India.

Estaba muy emocionada cuando tomé ese avión que me llevaría a la tierra del Taj Mahal, sabía que sería muy diferente pero lo que vi cuando salí del aeropuerto fue algo más que diferente. Sentí que me encontraba en Zombieland.

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A ese viaje inolvidable fuimos mi primo Roger, mi prima Gely y yo. Ésa fue la primera vez que mis primos viajaban fuera de México. Primero me visitaron en Corea del Sur, donde yo estaba viviendo, posteriormente fuimos a Tailandia y al final visitamos a mi hermana en India. Ella vivía allí desde hacía unos meses. Para mi prima fue difícil ese viaje, fue “un reto”; como ella describió tiempo después.

Llegamos a la India por la madrugada. Salimos del avión un tanto nerviosos pero nos calmamos un poco al ver la infraestructura a la que habíamos llegado. El aeropuerto de Delhi es digno de una ciudad capital. Mi prima Diosy nos había avisado que ella nos recogería y juntos iríamos al hostel. En mi mente me imaginaba lo típico: que cuando las puertas se abrieran los familiares, amigos y demás estarían esperando a los viajeros con una sonrisa. Pero la realidad fue otra, una muy distinta. Salimos por esas puertas impacientes de ver a mi hermana, pero no la encontramos. La sala estaba desierta.

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Cuando miramos con atención pudimos ver que fuera del edificio del aeropuerto había una aglomeración de personas mirándonos y gritando. No veíamos a nadie conocido y tratamos de localizar algún cartel con nuestros nombres. Nada. De repente Diosy corrió al vernos y nosotros nos alegramos. Nos subimos a una para ir del aeropuerto al hostel y mis primeras impresiones durante ese trayecto fue caos.

Yo estaba sentada junto a la ventana, emocionada por estar ahí. Tenía tanto en la mente, y, a parte, el chofer manejaba como maniático. Una vez que llegamos a las afueras de Nueva Delhi me di cuenta de que en realidad todos manejaban así. Allí los taxis más famosos son los Rickshaws, que vienen siendo como los tuk tuk de Tailandia. Iban rápido y no les importaba quién estaba manejando junto a ellos. Era una completa locura.

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Estuvimos media hora del trayecto viendo ese caos, en silencio. Mi hermana ya estaba acostumbrada a esto pero nosotros estábamos impactados y nuestras caras lo demostraban. La Ciudad de México tiene fama de tener un tráfico de locos, después de esto ya no lo creo. Durante el trayecto no sólo veíamos los carros pasar cerquita de nosotros, también estudiábamos la ciudad: pasábamos junto a montículos de basura inmensos en medio de la calle y el chofer los esquivaba con una habilidad impresionante.

El chofer se paró por completo en una calle sin movimiento. Todos bajamos de allí y pude ver un letrero que decía “HOTEL” en letras rojas iluminadas, todos creímos que ése era dónde pasaríamos la noche así que después de tomar nuestras cosas nos encaminamos a él. El sitio no se veía tan mal como los demás edificios de junto. El chofer nos llamó. Volteamos a verlo y señaló un callejón diminuto.

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Caminamos por allí y al fondo había un letrero que decía “Hostel, sweet dreams” (Hostal, dulces sueños) y lo único que pasó por mi cabeza fue que lo último que tendría esa noche serían dulces sueños. Abrimos la puerta y cuatro hombres nos miraron fijamente. Comencé a ponerme nerviosa y con un inglés bastante raro nos preguntaron nuestros nombres y si teníamos reservación. Uno de los jóvenes nos pidió que lo acompañáramos, llevaba consigo un candado de buen tamaño. Subimos dos plantas. El lugar tenía una iluminación fluorescente que lo hacía ver triste y vacío. El hombre se paró junto a una puerta de metal, nos entregó un candado dijo: “Pongan el candado al dormir”.

Nuestra recámara era un cuarto amplio con cuatro camas individuales. Las sábanas eran de un color beige tierroso y tenían unas manchas de algo (que prefiero hacer como que no sé de qué era). Cada quien escogió una cama, mi hermana sacó unas sábanas de su mochila y tendió la suya con ellas. Cuando se dio cuenta que la veíamos se rió.

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Mi primo sacó una colcha roja de ositos que tenía y por la cual odió a su mamá por meterla en su maleta sin que él se diera cuenta. Esa colchita de osos fue la burla durante todo el viaje y cuando llegamos a India se convirtió en su salvación y en un objeto de deseo para mi prima y para mí. Me puse unos leggings, unas calcetas estiradas hasta la mitad de mi pantorrilla, mi playera de pijama, una chamarra con un gorrito y unos guantes. La idea era evitar tocar esas sábanas sucias. Sobra decir que esa noche ha sido la única noche en la que he dormido como estatua, tratando de no moverme ni un centímetro.

Al día siguiente nos despertamos ya recuperados. Era hora de bañarnos para salir de ahí e ir a un templo que quedaba en las afueras de la ciudad. Cuando me metí al baño mi pulso bajó. El día anterior no lo noté pero ahora sí que lo veía: la pared estaba repleta de hongos. Tuve que bañarme cuidadosamente tratando de no tocarlos. Y, como suele suceder en estos casos, mi jabón resbaló y tocó el piso y mi corazón murió por un momento. Lo levanté, lo lavé con mucho agua e hice de cuenta que nada había pasado porque ese era el único jabón que tenía y con mi presupuesto por los suelos no podía gastar en nimiedades. Y así, empezó un día nuevo en India.

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