Que me rompieran el corazón ha sido de lo mejor que me ha pasado… ¡salí a recorrer el mundo!

6 min


Antes de todo explicaré la bella y trágica manera en la que la vida me mandó a la China…

Renuncié a mi trabajo, el amor de mi vida en ese momento terminó conmigo y no tenía idea de que iba a ser de mi vida, ni siquiera lo que quería. Recuerdo que en una de esas noches donde me entró un ataque de ansiedad por no tener que trabajar al día siguiente le marqué a mi mejor amiga, Gaby, que es como mi guía espiritual animal, y lloré al teléfono al reconocer que lo que más me pesaba era no saber que iba a hacer… más bien a “ser”, siempre había sabido cual es el siguiente escalón. Creía que yo tenía el poder de definirme pero en ese momento me di cuenta que hasta antes de renunciar a todo mi trabajo y la relación eran mi mundo.

Pareciera que es un requisito el saber a dónde vamos y porque, tenemos mil y un planes antes siquiera de acabar lo que estamos haciendo, y eso está genial pero así como todo tiene una dualidad ¿qué tal aceptar también el no saber qué es lo que sigue?

Conseguí varios trabajos, nada que me metiera de nuevo en una oficina con un horario mortal y sin días de descanso, el tiempo pasaba y yo aún trataba de mantenerme a flote. Justo cuando comencé a amar contestar a quien fuera que me preguntará “si toda la vida iba a querer ser mesera habiendo estudiado una carrera”, que tal vez sí, pero que aún no sabía tampoco eso, fue que decidí irme a Japón.

Plantee la idea en voz alta, me suscribí a Skyscanner y en cuanto hubo una buena oferta compré el boleto.

La primera parada fue con mi mejor amiga en el mundo, mi tía, y vaya que esa frase que dice que si quieres saber sí realmente amas a alguien viajes con esa persona, es real… nos descubrimos, aprendí mucho de ella, de mi misma, de la familia, del verdadero amor y del espíritu aventurero tan hermoso que posee.

Conocí a las personas más hermosas en cada lugar que pisaba, algunas a través de Couchsurfing. Cociné comida mexicana (algo nunca antes visto en mi casa), también me cocinaron platillos de otros países; pasé el mejor año nuevo viendo fuegos artificiales en una azotea enfrente del puerto de Yokosuka, bebiendo hasta el hartazgo con Thomas, Axel, Wenzhi (el espíritu de Shibuya), Caroline, y una parvada de amigos que conocimos también ahí. Aprendí de la cultura japonesa con Taka, la comida tradicional y el dejar ir el pasado. Con Roger redescubrí mi capacidad de asombro, disfrutamos de un roadtrip mochilero que culminó en el más bello amanecer con el señor Fuji de fondo en uno de los miradores más emblemáticos (que sale en google si escribes Monte Fuji). Recorrí los lugares que no salen en la guía de turismo o tripadvisor de Shibuya, gracias a Wenzhi, quien también me prestó sus ojos para captar algo de la historia de Japón y de donde viene tanta unión.

Descubrí que no hay una sola alma gemela, que si les das la oportunidad ya sean cosas, personas, canciones, letras, luces… todo está ahí para amarte, si dejas que conecte a profundidad contigo.

Volví a amar, por momentos y por días, también volví a apostarlo todo por alguien… tomé un vuelo solo para conocerlo y disfruté del mejor fin de semana tirándolo en la nieve, cantando en el karaoke y comiendo comida local. Escalé la montaña de los guerreros descalza en Sendai y en la cima canté a todo pulmón “todo va a estar bien” de Meme. Seguí itinerarios desde las 5am a las 10pm que tenían hasta las idas al baño planeadas, y también hubo días en los que no sabía que es lo que haría o donde pasaría la noche.

Viaje por días con amigas, descubrí al amor en un pastel de vainilla de Pierre Hermé (que es mi novio número ocho, seguido de un croissant de matcha, con los que tengo planes formales de casarnos en aguas internacionales).

Conocí a amigos con las historias más fantásticas y la energía más magnética, aprendí a pedir raid, estuve en silencio algunos días, otros fuí el alma de la fiesta, escribí mucho, soñé… y volví a sentir de nuevo.

Hace poco un amigo renunció a su trabajo, hablábamos sobre cómo las cosas se dan o las “damos” para que partamos, ahorita está por emprender un viaje solo, antes de tomar esa decisión me dijo que ya tenía tiempo que no sentía nada, que quería sentirse vivo de nuevo…

Y ahí me di cuenta de que no es que tengas que renunciar a todo, o que te partan en dos el corazón, pero a veces hasta que no damos de lleno con la pared no nos damos cuenta de que estamos entumecidos, cómodos con lo incómodas que son nuestras vidas, que bien podríamos ser nuestros héroes, o tener el coraje de decir que no a algo que ya tenía que haber tenido su final hace mucho tiempo.

Seguí respondiendo a las entradas que el camino me daba y así llegué a Tailandia, Roni me platicó tanto de ese país que ya lo amaba antes de conocerlo.

Ahí experimente todo, literal, tuve la peor experiencia y la mejor, y fue también ahí donde en todo el sentido de la palabra me perdí.

Hablé con mi alma (mi hermano) para definir muchas cosas, porque me encontré al otro lado del mundo y descubrí que tenía sueños pendientes con mi yo de 6 años.

Recuerdo cuando todo parecía desolado y que nadie entendía una sola palabra, mi alma me dijo que me fuera a cualquier templo e hiciera un plan, de qué servía, si me quedaba los tres meses que había planeado… entre monjes, incienso y las sonrisas más hermosas de todo el mundo.

Conocí a Doesn’t matter y Sunshine, dos amigos loquísimos que viajaban sin presentarse con las usuales etiquetas sociales: “nombre, ocupación y de donde vienen”, sino simplemente siendo ellos, saliendo de cualquier imagen mental que pudieras usar para ubicarlos.

Viajé con ellos sin saber sus nombres, ni sus nacionalidades, simplemente confiando. De hecho para tomar la decisión de viajar juntos le preguntamos a una moneda y antes de saber que lado había caído ya tenía la certeza que iría.

Recorrimos Koh Chang en moto, nadamos, comimos como mil mango crepes, aprendí a manejar el scooter en 5 minutos y vi uno de los atardeceres más hermosos del mundo sentada en un columpio a la orilla del mar.

En fin, cuando nos despedíamos en el taxi ya de regreso en Bangkok supe que ya había sucedido, estaba de regreso en mí esa chispa de vida que veía, sentía y escuchaba poesía en todos lados, fue de las despedidas más bellas que tuve, nos abrazamos, me bajé del taxi y caminé a mi hostal mientras una lagrima se resbalaba por mi mejilla…

Todos alguna vez deberíamos de viajar solos, de escuchar nuestros silencios y conocer a los extraños más maravillosos de todo el mundo.

Porque aunque no se diga en voz alta se vale perderse, perderlo todo también… soltar diría Taka, porque soltando, las manos están libres para recibir mucho más, y así encontrarse, lanzarse a fluir como si estuviéramos en una clase de impro con la vida.

Porque el que me rompieran el corazón ha sido de lo mejor que me ha pasado.

Así que la siguiente vez que alguien te mande a la China, más te vale ir reservando el boleto.


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Dominic Abril

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