Slow Boat: la mejor manera de llegar a Laos

– No se acuesten, no se muevan, ¡ni siquiera se apoyen en la cama! Déjenme ver algo primero.
– Maria son las 2:30 am, llevamos más de 6 horas viajando en minivan por un camino con curvas asesinas, por favor, déjanos dormir ¡no me importa si las sábanas están sucias!
– ¿Estás segura? Ven a ver lo que hay en tu colchón. Pierre, tu colchón también tiene.
No eran pulgas, no eran hormigas, no eran bed bugs (aunque probablemente también habían), eran garrapatas. Unas bolas negras pegadas en todo el colchón esperando que alguien se acueste para picar.
– ¿Qué hacemos ahora? Estamos en un pueblo muerto, todos los hostales están cerrados, no sabemos dónde está el dueño de este lugar y mañana partimos a primera hora. Creo que voy a usar mi sábana de emergencia, no creo que las garrapatas puedan entrar.
– Buena suerte con eso, Julie y yo estamos durmiendo afuera, armamos un campamento: Ella tiene frazadas, yo tengo mi mosquitera portable y tenemos algunas almohadas. Pierre, puedes unirte al campamento si quieres.

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Me acosté en la cama metida completamente en mi sabana portable. No duré ni 2 minutos. Cerraba los ojos y al abrirlos los bichos se estaban acercando. Iban a lograr entrar en mi sábana sin que me diera cuenta. Me uní al campamento. Estaba lloviendo.
Así nos recibió la frontera Tailandia – Laos. Nos habíamos conocido en Pai y ninguno de nosotros tenía un plan definido a seguir. Muchas agencias de turismo vendían el tour para ir a Laos en Slow Boat. No sabíamos que era eso. Yo me dediqué un día completo a leer. Decidí hacerlo. A mi aventura se unieron 3 amigos.

La aventura comenzó en Pai, donde tomamos una van que nos llevó hasta el pueblo fronterizo. Fueron al menos 6 horas de viaje, con curvas que pueden llegar a hacer sentir enfermo a cualquiera. Llegamos agotados, solo queríamos una cama cómoda para aprovechar las 5 horas de sueño que nos quedaban. Al otro día partíamos a las 7:30 am.

Y había garrapatas. No sé por qué, pero cuando me encuentro en situaciones extremadamente incómodas me da ataque de risa. Lo encuentro tragicómico. Me pasó en Camboya, me pasó en Indonesia y, por supuesto, me pasó en el campamento improvisado que armamos. Mientras Pierre peleaba con el mal olor que salía de una cañería justo al lado de su almohada, Julie sacaba fotos y María se encargaba de quedar bien protegida en su mosquitera, yo me reía y pensaba la gran historia que podría contarle a mis nietos: 3 de la mañana, lloviendo y nosotros durmiendo en el suelo al aire libre. Puse el despertador a las 4:30 am para ver el amanecer desde mi cama improvisada.

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Nos despertamos con 2 gatos y un perro metidos entre nuestras frazadas, además de 3 ingleses mirándonos con cara incredulidad ¿Por qué durmieron en el suelo? Nos duchamos y hablamos con el dueño del hostal. Nos dio doble desayuno y almuerzo para llevar. Siendo mochileros nos dimos por pagado. A las 7:30 nos vinieron a buscar, comenzaba el viaje en bote.

Pasar a Laos desde Tailandia en Slow Boat significa tomar un bote local que en dos días te lleva a través del río Mekong desde la frontera norte del país hasta Luang Prabang, una de las ciudades más turísticas en Laos. No duermes en el bote, paras a dormir en un pueblo a mitad de camino y al día siguiente continuas. Es una excelente opción para todos los viajeros con tiempo que buscan conocer gente y observar paisajes únicos y no explotados.

No llevaba ni 5 minutos en el bote y me enamoré de Laos. No llevaba ni 10 minutos y lo apodé “El país verde”. No sé cuántas horas navegamos, pero el primer día se me pasó volando. La gente que vive a orillas del río te saluda, ves a los niños jugando con los animales, a los pescadores locales y a los elefantes bañándose libremente a orillas del río.

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Al llegar al pueblo donde se duerme la primera noche todos te están esperando para que te quedes en su hostal. Todos te ofrecen un sinfín de sustancias ilícitas “en caso que lo necesites”, todos te invitan a sus restaurantes. Después de revisar minuciosamente las camas, nos quedamos en un hostal que tenía un restaurant con la mejor vista al Mekong. Tomando una Beerlao nos relajamos y compartimos con los otros viajeros. Fue en esta parte del viaje donde se formó uno de los grupos de amigos más lindo que he tenido en mi viaje. En ese momento no tenía como saber que íbamos a viajar por todo el país juntos, ni que meses después los visitaría a todos y cada uno de ellos durante mi viaje por Europa.

El segundo día fuimos los últimos en llegar al bote. No había asientos disponibles. Fue lo mejor que nos pasó. Estuvimos obligados a sentarnos en el suelo, a movernos por el bote, a buscar donde estar. Tanto buscar encontramos el mejor lugar para dormir siesta, mirar por la ventana, leer o escuchar música. Gracias a este lugar privilegiado fui testigo de cómo cada vez que nos encontrábamos con otro bote, los locales intercambiaban comida por shots de alcohol. Me encantó ver la felicidad en lo simple, el sentido de comunidad, el intercambio sin dinero de por medio (“Yo te doy arroz, tú me das papas”).

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Navegar dos días en el Mekong me permitió ver la importancia de este río en un país que tantos turistas dejan de lado porque no tiene mar. Me permitió disfrutar lo simple y encontrar comodidad en donde normalmente solo vería incomodidad. Navegar dos días en el Mekong fue la mejor bienvenida a un país hermoso que no es tan visitado por los turistas. Fue la mejor forma de comenzar una aventura que duraría un mes y que me dejaría totalmente enamorada de Laos.

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