El terrorífico tren que pasa a más de 100 metros de altura en Birmania

3 min


Un tren de más de un siglo de antigüedad atraviesa un viaducto en Birmania de unos 100 metros de altura, con un sonido y una lentitud que te hacen imaginar lo peor en cada segundo.

Se trata del tren que hace la ruta de Mandalay, la segunda ciudad más grande del país, a Lashio, aunque el tramo de vértigo está concretamente entre Pyin Oo Lwin a Hsipaw, hacia el norte. Aunque es muy usado por los locales, la experiencia extrema se ha convertido en atracción turística para los más intrépidos, desde que la antigua colonia británica se abrió al mundo en 2012.

De hecho, fueron los británicos quienes construyeron la vía que se conserva hasta la actualidad, así que resulta imposible ignorar la edad del tren: en todo el trayecto, te moverás de un lado a otro, como si de una turbulencia aérea se tratara (aunque sin los vacíos correspondientes), y escucharás el traqueteo hasta que su sonido te quede en el subconsciente.

Después de varias horas de trayecto, de comida por montones, de paisajes verde intenso y de hablar con los locales –si compraste el pasaje en clase económica-, te acercarás al punto en cuestión. A lo lejos, imponente, verás la vía rodeada de abismos.

El carril por los cielos… levantado sobre un río, hecho únicamente para el paso del tren. Al frente y en los alrededores, montañas y más tonalidades de verde.

Inevitable: pensarás que en cualquier momento el puente se puede derrumbar. Intentas borrar ese pensamiento porque ya no hay manera de parar. Y justo antes del viaducto, te espera un largo túnel donde los segundos se te harán eternos.

Vendedores en la oscuridad siguen pasando por los pasillos, vendiendo “noodles” y snacks como si nada estuviera a punto de pasar. Otros pasajeros duermen en las sillas de madera. Pero llega la luz y con ella, la determinación. ¡No hay vuelta atrás!

Antes de atravesar el puente, el tren se detiene, como una de tantas paradas previas en las que los locales subían y bajaban paquetes por las ventanas, compraban más comida y aprovechaban para usar una letrina en el suelo, que “desembocaba” en las vías del tren.

Pero esta vez, nadie sale ni entra. Todo transcurre en el interior. Minutos eternos, el tren sigue impasible frente al puente, como si el conductor lo hiciera a propósito para aumentar exponencialmente la adrenalina. Sacas la cabeza por la ventana, ¡lo que te espera!

Finalmente, el tren retoma su marcha. Trac, trac, trac, trac… lento, seguro. Miras hacia abajo: ¡Dios! Y piensas en la gente que se muere tomándose una “selfie” en lugares peligrosos. Te la tomas igual, así como con el paisaje, video del trayecto, todo lo que te permita recordar aquel momento…

Lentamente, se acerca el fin del viaducto y con él, el suspenso por saber si podrás llegar al final. Trac, trac, trac… muchas cabezas por la ventana. Y nuevamente, tierra firme: ¡Sobreviviste!

El tren se detiene una vez más, habiendo cruzado el peligro, con un mensaje subliminal: “Tómate las fotos con ese fondo, antes de que arranque”. Pasas del espanto a la felicidad absoluta por haberte arriesgado a tomar a este tren de infarto en Myanmar.

Datos útiles

  • Debes llegar con bastante tiempo de anticipación porque la compra del tiquete es manual. Después de hacer la respectiva fila, un oficial llenará los datos con tu pasaporte.
  • Escogerás entre ir en primera clase o en clase económica. Muchos blogs te dicen que tomes la primera porque son muchas horas de tren, es más cómodo y excesivamente barato. Yo recomiendo la segunda, si lo que te interesa es vivir algo auténtico, interactuar con los birmanos, ver cómo viven y sus costumbres (en esta no hay turistas).
  • El pasaje vale menos de 2 dólares en clase económica, si vas de Hsipaw a Mandalay (dependiendo del trayecto, el precio cambia). Unos 3 USD en primera clase.
  • Podrás comprar comida desde el mismo tren.
  • Los horarios los puedes consultar en la misma estación del tren, desde donde lo tomes.

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Paula Carrillo

Viajera desde muy niña, al poco tiempo de nacer viví en Madrid. Después de cinco años, con mis padres volvimos a Bucaramanga -mi ciudad natal, tierra de gente “malgeniada” (para los de fuera) pero sincera y “echada pa’ lante”- y en adelante, me la he pasado yendo y viniendo, saltando de ciudad en ciudad, de país en país… aunque nunca lo suficiente para quedar satisfecha. Luego de hacer unos años de colegio allí, vivimos en Girona. Regresamos y estudié la universidad en Bucara’. Hice una corta estancia de idiomas en Estados Unidos. Volví a Colombia, para trabajar en Bogotá después de graduarme pero renuncié a los dos años y me fui a Francia a estudiar de nuevo. (Esto de los viajes es una adicción: mientras más conoces, más se te abre la curiosidad!!) Ahora resido nuevamente en Bogotá, aunque intento estar siempre en movimiento. Soy arriesgada, despistada, desordenada, exmiope… y periodista. Ahhh… y tengo la capacidad de hacer y deshacer las maletas en un segundo ;)

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