Cómo un viaje a India puede cambiar tu vida

Autor: sandeepachetan

Basura por todos lados. En la calle, en las (escasas) veredas, en los comedores, en las entradas de las casas, en los espacios públicos. Gente haciendo pis en la calle. Ruido, ruido permanente. Aturdimiento mejor dicho. Unos minutos fuera y no podrías no sentir ganas de volver corriendo a tu resguardo, porque no vas a entender nunca el idioma de las bocinas, ni que los autos estén haciendo lo que deben hacer y a la vez lo que no deben, pero que igualmente todos toquen bocina al mismo tiempo. Sin soltarla, sin parar, sin sentido. El camino se comparte con peatones, vacas, motos, cabras, autos, ‘tuc tuc’ (taxi-moto) y basura. Mucha basura. Y cuando me refiero al camino, me refiero indistintamente a la calle tanto como a la vereda, porque en India no existe el concepto de espacio como nosotros lo conocemos. Mejor dicho, con 1 billón doscientos mil habitantes, en India difícilmente sientas que hay espacio.

India es un caos. Todo, todo es caos y nada funciona bien ante los ojos de un occidental. Para cruzar la calle tenía que largarme literalmente a pasar entre los autos y frenarlos con la palma de la mano abierta en señal de “PARE”, porque los conductores no frenan para darte paso aunque estés atascada en el medio de una avenida mientras los autos, motos, tuc tuc y animales te pasan por cada costado a medio centímetro de distancia (y decir medio centímetro es ser generosa!). Luego de haber viajado sola por 19 países en el mundo, varios de ellos considerados “peligrosos”, creo que nunca temí por mi vida tantas veces como en India. Creo que tampoco sentí tantos olores que no podía identificar pero que estaba segura no quería saber de donde provenían. La verdad que en India está todo bastante cagado.

Pero India fué lo mejor que me pasó en la vida. Y acá, café de por medio mientras escribo este texto con el pecho inflado, te cuento el gran porqué de una aseveración que ni yo pude entender. Cómo mi interior pedía a gritos volver a visitar esta anarquía de estímulos sensoriales, aún mucho antes de irme definitivamente…

Dejando los prejuicios atrás

Nunca me interesó conocer ese país. De hecho hasta le temía un poco por la cantidad de cosas feas que había escuchado desde que tengo memoria. También había oído buenas, pero mis prejuicios parecían ser más fuertes. La imagen negativa que construí sobre India, más la experiencia desafortunada que había tenido con hombres originarios de allí mientras vivía en Australia, crearon una imagen desfavorable en mi cabeza, lo que me hizo dudar en cuanto a si debería animarme a ese viaje o no. Pero una de las cosas más importantes que aprendí desde que empecé a viajar hace 7 años es justamente que los prejuicios y preconceptos no sirven para nada más que alejarnos de la posibilidad de vivir experiencias maravillosas y sorprendernos de las cosas menos pensadas. Me obligo a luchar contra mis barreras mentales todos los días, y supe que esta era la oportunidad perfecta para dar un paso más hacia esa pretendida apertura mental que tanto brego. India representaba un desafío en todo sentido. Idioma, cultura, género y valoraciones negativas en mi cabeza acerca de lo que me encontraría al llegar eran sólo un ejemplo de todo lo que imaginé ese país reflejaría opuesto a mi. Distinta a todo lo que soy, conozco y conocí en mi vida, inclusive de mí misma como persona.

“No tiendas a esperar problemas, ya que tienen la habilidad de no decepcionar”, leí en un libro este año pero no puedo identificar exactamente en cuál, debido la cantidad que ya leí a esta altura del semestre. Y ahí apareció el primero de los inconvenientes, a los pocos kilómetros del aeropuerto, camino al hotel en el que pasaría mi primera noche en Mumbai. El Uber en el que me trasladaba chocó dos veces. Primero con otro auto, la segunda vez con una moto. Miraba la situación con miedo a través de la ventanilla, sintiendo un hueco en el pecho por estar en una circunstancia poco agradable en la que yo misma me había colocado. Quería llorar, quería largar mi valija y volver corriendo al aeropuerto, pero a la vez agradecía que el conjunto de vacas, peatones, motos, autos y vaya a saber qué otro bicho cruzado en mi trayecto, hayan conspirado para disminuir la velocidad general del tráfico, por lo que el accidente no pasó a mayores. Recién llegaba al territorio ancestral, ya quería irme, y encima ni siquiera tenía un pasaje de salida (la cual, a propósito, fue absolutamente incierta por un tiempo!).

10 días en silencio absoluto, la segunda tortura

Cuando escriba un libro seguramente contenga un capítulo por historia, porque cada día de esos 10 que pasé en silencio en realidad viví 100 vidas, me sangró el alma mil veces, los recuerdos acechantes sumaron un millón. Como cuando dicen que “te pasa toda tu vida por el frente en diapositivas, como si fuera una película”, así. Pero vamos al principio.
Hace varios años que estaba interesada en la meditación, y venía intentando practicarla regularmente. Había intentado varios métodos y distintas alternativas para establecerme en la disciplina, pero simplemente nada parecía funcionar. En pocas palabras no lo estaba logrando. Y como esto de no sentirme capaz de lograr algo que quiero no me gusta, decidí tomar la rienda del problema y colocarme en una situación donde no me quedara otra opción más que aprender o aprender. Así es como terminé metiéndome en un “ashram”, un especie de escuela espiritual en la que estuve en silencio por 10 días cumpliendo estrictamente un programa de 10 horas y media de meditación diarias y asistiendo a lecciones impartidas bajo la premisa de ser el maestro de tu mente y que no sea tu mente quien domine tu vida. Y cuando digo silencio, me refiero a silencio en serio, el que no conocemos ni nos tropezamos de casualidad ante la vorágine ensordecedora de la vida cotidiana.
No sólo era mandatorio observar el silencio del habla, sino también del cuerpo. Nada de movimientos bruscos que puedan llamar la atención de otros, nada de contacto visual ni mucho menos corporal con cualquier otra persona. ¿Celular? Fuera, no puede ingresar al establecimiento. ¿Libros? ¿Cuadernos? ¿Revistas? Nada. Ni alcohol, ni cigarrillos, ni medicamentos, ni comida. La total abstención de impulsos sexuales también debía ser acatada a rajatabla.
Básicamente vos, tu ropa y… tu cabeza. Vos y tus pensamientos. Vos con vos mismo. Y nadie ni nada más.

Romper las reglas, o aprender a desarmar preconcepciones culturales impuestas para ver las cosas como son

India

Nunca me gustó seguir reglas. Nunca me sentí cómoda simplemente aceptando lo que me “tocaba aceptar” porque alguien más había dispuesto que esto o aquello tenía ser así, ni sentía que estaba siendo yo misma al seguir la manada simplemente porque era lo “cool”. Rara vez seguía la manada. El cuaderno de comunicados de la escuela siempre volvía con algún autógrafo de la maestra, y recuerdo que difícilmente me relacionaba con la etiqueta que tan bien parecía quedarme: “se porta mal”. Quién determinó cuáles son los parámetros de la “buena conducta”, y en qué momento los tomamos como propios y aceptamos así sin más, decididos a regir nuestra propia vida según tales directrices volátiles.
En India me desnudaron de reglas. Me desnudaron de preconceptos, de todo lo que alguna vez creí que era “bueno”, “malo”, “bonito”, “feo”, “aceptable”, “improcedente”, “necesario”. Comer el arroz con las manos (literal, sin cubiertos), también el curry, los vegetales, y que igualmente pueda alimentarme sin otro problema más que tener las manos un poco sucias me hizo pensar qué tan necesarios son los adornos que colocamos a nuestras tareas cotidianas. Y hasta qué tan “malo” es tener las manos un poco sucias, ante mis intentos fallidos y desesperados de limpiármelas. En un país donde las servilletas y el papel higiénico son un lujo, sin saberlo me replanteé la “necesidad” de todas mis comodidades habituales, las que tengo acceso sin siquiera registrarlo. Inclusive hasta me replanteé la “necesidad” de comer cuatro veces al día, aun cuando mi cuerpo verdaderamente no me lo está pidiendo, sobre todo parada al frente de tanto hambre, hambre y miseria de verdad. ¿Hasta qué punto adecuarme a mi cultura, mandatos sociales, comportamiento esperado y otras yerbas no va en contra de la naturaleza intrínseca de cada ser humano? ¿Porqué tener tanto, y vivir en abundancia de repente parece ser un obstáculo que no nos deja ver lo afortunados que somos de tener todas las cosas bellas que experimentamos cada día, y simplemente las damos por sentado?
Mientras, en silencio aprendí a ver la realidad tal y como es. Me eduqué en observar lo que está ahí afuera sin juzgarlo, sin etiquetarlo, sin agregarle ninguna connotación volitiva más que la simple experiencia de la observancia, aprendiendo a dejar ir bajo la premisa de la impermanencia*. Todo lo que sentimos, profesamos, pensamos, sufrimos, todo cambia, todo pasa. Cambian nuestras ideas, proyectos, gustos, juicios, nociones, opiniones, pareceres, todo lo que alguna vez concebimos constante o perpetuo, probablemente hoy haya mudado su forma, curiosamente sin darnos cuenta.

Así fue como sacándome las vestiduras de las creencias, impresiones, valores y rituales que creía míos, pero que en realidad respondían a una construcción socio-cultural arraigada de tal modo dentro de mí y que se proyectaba en la manera que vivía mi vida cada día, es que logré descubrí mi verdadera esencia. Rompiendo las reglas que yacían solamente dentro mi propia cabeza descubrí mi verdadero ser. Mi ser más puro.

La belleza del dolor de meditar

Rajasthan .. India

Cuando amigos cercanos me preguntan “¿Qué onda eso de meditar 10 días en silencio?”, y rematan con un “Yo ni loco/loca podría hacerlo”, contesto, así como de memoria: “Bueno, sinceramente no es fácil. Todos vivimos rodeados de mucho ruido y distracciones, pero cuando las luces se apagan y las voces de afuera se callan, la única voz que se escucha es la del alma. Y le podés mentir a todo el mundo, inclusive mentirte a vos mismo, pero cuando estás ahí solo, con nadie más que tus pensamientos haciéndote compañía, realmente prestándote atención y escuchándote sin escapatoria… Ahí es cuando se pone verdaderamente difícil”.
Quise abandonar, ¡renunciar! Me quise ir, cada célula de mi cuerpo gritaba sin poder hablar que no quería estar ahí. Siempre me consideré una persona muy fuerte, pero tres días en silencio prometían tirar por la borda todas las creencias sobre mí misma, vaticinando dejarme de regreso en el punto cero, o peor, en el menos 10. En la vida peleé mil batallas, y acá estaba perdiendo la más dura, la cruzada en contra de mi cabeza y la paz mental.
Y no fue hasta el cuarto día que me amigué con todo lo que había encontrado escondido abajo de la alfombra de mi interior. Donde finalmente entendí el mensaje. Donde conecté con una inmensidad que nunca había conocido. De ahí en más las directrices de mi vida cambiaron para siempre. Pero no lo descubriría hasta salir de allí el día número 11…

Regresar a lo “feo”

Varanasi, India

Una vez salida del ashram volví a encontrarme con esa India desastrosa que había quedado fuera de mi alcance durante los 10 días de tortura espiritual. Llamarlo así es fuerte, pero lo cierto es que luego de salir de las tinieblas recién pude contrastar el verdadero cambio una vez que regresé a todo eso que tanto me asustó apenas llegué a Mumbai.
Lo mejor es que ese conjunto de estímulos confusos seguía ahí, intacto, esperando mi regreso; los empujones físicos y los atropellos sociales, las miradas de la gente como si fuera un bicho raro, los incansables intentos de estafa, el desconcierto generalizado y la constante infaltable, la basura…. Nada ahí afuera había cambiado siquiera un poco, pero ahora mis ojos sólo podían ver pura belleza. Pura y absoluta belleza, como nunca antes la había visto ni experimentado.
¿Porqué me duelen los ojos? Porque nunca antes los habías usado, Neo (cita película Matrix).
Es cierto, los ojos me quedaron doliendo por dos o tres días luego de finalizar el retiro. Me explicaron que era consecuencia directa del estado permanente y sostenido de trance. Lo importante es que el cambio de perspectiva me enseñó que todo lo que me suceda en la vida y pueda desagradarme de cualquier manera, siempre va a depender de los ojos con los que lo mire. Aprendí que buscar la belleza y el placer allí afuera nunca me llevaría al total disfrute de la vida, inclusive cuando las cosas van mal, porque todo consuelo viene, siempre, desde el adentro más profundo. La única fuente directa es el impoluto y asequible interior. De allí que cobre tanto sentido que las posesiones materiales, aún cuando en cantidad, no nos “llenen” los famosos vacíos, ni que el alcohol y otros caprichos tengan la capacidad de sofocar las penas del alma.
Ante tanto caos externo encontré una absoluta paz interna. Y ese es el mejor regalo que me pudo dar la vida. Saber que no importan las condiciones del afuera, siempre podré recurrir a buscar la felicidad en la única fuente verdadera: mi propio yo.
Y así fue como, enfrentándome a todo lo que me hizo mal alguna vez, y que estaba enterrado en lo más profundo de mi conciencia, renací en agradecimiento absoluto ante una inmensidad de cuál hasta el momento sólo había visto la punta del iceberg: la infinidad de mi propio interior.

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