En el extremo más austral de Chile, donde el clima cambia en cuestión de minutos, los caminos se vuelven impredecibles y la naturaleza parece imponerse sobre cualquier intento de control humano, existe un circuito de paisajes tan imponentes como poco conocidos. Allí, entre fiordos, archipiélagos, bosques milenarios, lagos remotos y montañas azotadas por el viento, se extiende una de las rutas más fascinantes del sur del continente: las 14 reservas nacionales ubicadas entre la Región de Los Lagos y Magallanes.
Aunque Chile cuenta con 49 reservas nacionales a lo largo de su territorio, una parte clave de ese patrimonio natural se concentra en la zona sur austral, donde la geografía es más inhóspita, más desafiante y, al mismo tiempo, profundamente cautivadora. Con esa premisa, los chilenos Benjamín Valenzuela e Ignacia Jory se embarcaron en una travesía tan ambiciosa como reveladora: recorrer todas las reservas nacionales del país en menos de un año a través del proyecto “Electroruta: Reservas Nacionales de Chile”.

La expedición comenzó en Magallanes, literalmente en el “sur del mundo”, y avanzó hacia el norte hasta llegar a Los Lagos, sumando hasta ahora 14 reservas visitadas en un viaje marcado por el frío extremo, la lluvia, el granizo, el viento patagónico y escenarios que, según sus protagonistas, en muchos casos tienen nivel de parque nacional.
El recorrido dejó en claro que estas áreas protegidas no solo resguardan algunos de los ecosistemas más frágiles y valiosos del país, sino que también representan una enorme alternativa para el turismo sostenible, lejos de los destinos saturados y del turismo masivo. Y en muchos casos, además, son lugares que todavía permanecen fuera del radar de la mayoría de los viajeros.
Uno de los primeros grandes hitos del viaje fue la Reserva Nacional Kawésqar, un territorio inmenso y profundamente ligado a la cultura del pueblo kawésqar. Con más de 2,6 millones de hectáreas, esta área protegida combina mares, canales, archipiélagos, glaciares y bosques en una postal salvaje que solo puede conocerse mediante navegaciones especiales. Allí, la pareja pasó entre cuatro y cinco días recorriendo canales interiores, rodeados de coihues, cipreses, fauna marina y un paisaje que marcó el tono de toda la travesía.
La ruta siguió por lugares donde la naturaleza también cumple una función vital, como la Reserva Nacional Laguna Parrillar, ubicada al sur de Punta Arenas, que además de proteger bosques nativos y biodiversidad, funciona como una reserva de agua clave para la ciudad. Con senderos amigables, posibilidades de acampe y pesca deportiva, es uno de esos destinos que combinan belleza con accesibilidad para familias y visitantes de todas las edades.
Muy cerca de allí, la Reserva Nacional Magallanes mostró otra cara del sur chileno: bosques de lenga y ñirre, turberas, praderas y vistas panorámicas al estrecho de Magallanes. A solo 10 kilómetros de Punta Arenas, este espacio evidencia que no hace falta irse al fin del mundo para encontrarse con paisajes de enorme valor ecológico.
Pero si algo marcó el tono de la aventura fue la dureza del clima. Según relató Valenzuela, el inicio del proyecto fue especialmente exigente. Las temperaturas apenas superaban los 12 grados, hubo lluvia constante, granizo y fuertes ráfagas de viento. “La Patagonia nos pegó una patada en la cara”, resumió, dejando en claro que en esta parte del mundo la naturaleza no se recorre: se enfrenta.
Uno de los tramos más impactantes llegó con la Reserva Nacional Katalalixar, un área prácticamente prístina, ubicada entre el Campo de Hielo Norte y el Campo de Hielo Sur, a la que solo pudieron acceder mediante navegación privada desde la zona de Tortel. Allí, además de la inmensidad del paisaje, destaca una particularidad poco común en el sur chileno: no hay salmoneras, lo que convierte a la zona en uno de los espacios marinos más limpios y menos intervenidos de la Patagonia.

Más adelante, en la región de Aysén, el viaje se volvió una mezcla de bosques antiguos, senderos exigentes y sorpresas inesperadas. En la Reserva Nacional Coyhaique, ubicada a minutos de la ciudad, descubrieron un lugar ideal tanto para escapadas familiares como para trekking de mayor dificultad, con lagunas accesibles, vistas panorámicas y enormes mantos de ñirre y lenga.
La Reserva Nacional Río Simpson, por su parte, apareció como un verdadero refugio verde entre Coyhaique y Puerto Aysén, con senderos cortos, bosque siempreverde y un atractivo poco común en esta zona: un museo interactivo moderno, pensado para la educación ambiental y muy visitado por escuelas locales. Además, en sus alrededores se encuentra uno de los puntos donde todavía se pueden observar huemules, una de las especies más emblemáticas y amenazadas del país.
No todas las reservas, sin embargo, están abiertas al turismo. Algunas, como Trapananda, Lago Carlota, Katalalixar o Las Guaitecas, siguen cerradas o presentan accesos extremadamente complejos. En el caso de Trapananda, el camino se encuentra en mal estado y solo puede recorrerse en 4×4, mientras que en otras, como Las Guaitecas, el ingreso depende exclusivamente de navegaciones y logística especial.
Aun así, esos lugares también esconden algunos de los paisajes más sobrecogedores de toda la ruta. Las Guaitecas, con más de un millón de hectáreas, despliega una geografía de islas, fiordos, canales y bosques donde abundan delfines, cetáceos y rastros de antiguas culturas como los chonos. Aunque la presión de las concesiones salmoneras es uno de sus grandes problemas, sigue siendo una de las áreas protegidas más grandes e impresionantes de Chile.
En plena Carretera Austral, otras reservas aparecen como paradas casi obligatorias. La Reserva Nacional Lago Las Torres, por ejemplo, es uno de esos sitios que muchos viajeros encuentran en el camino y no olvidan más: un lago de postal junto a Villa Amengual, rodeado de bosque andino patagónico, ideal para descansar, acampar con precaución o simplemente contemplar uno de los paisajes clásicos del sur.
También están las reservas más remotas, como Lago Palena, donde el ingreso puede implicar una cabalgata de ocho horas y condiciones climáticas que cambian de golpe, con posibilidad de nieve incluso en temporada. Allí, Valenzuela fue claro: es un lugar de belleza extraordinaria, pero no apto para improvisados. El terreno es duro, la caminata es compleja y recomienda sí o sí ir con guía.
En contraste, Futaleufú ofrece una versión más accesible pero igual de impactante del sur cordillerano. Con entrada gratuita, montañas imponentes, bosques de ciprés y vistas panorámicas, esta reserva se suma al atractivo natural de una zona famosa por el rafting y el turismo de aventura. Muy cerca, ya en la zona de Puerto Montt, la Reserva Nacional Llanquihue marca la transición hacia otro paisaje emblemático del sur chileno: los alerces y volcanes, con el imponente volcán Calbuco como protagonista.

Más allá de las postales, el proyecto de Benjamín Valenzuela e Ignacia Jory también busca algo más profundo: descongestionar los parques nacionales más famosos y mostrar que Chile tiene muchísimos otros espacios protegidos capaces de ofrecer experiencias igual de memorables. Según explican, aunque en el extremo sur varias reservas siguen cerradas o son de acceso muy difícil, hacia el norte el panorama mejora notablemente: la mayoría son gratuitas, tienen guardaparques y pueden visitarse sin grandes complicaciones.
La respuesta del público, aseguran, viene siendo muy positiva. Muchos seguidores agradecen que estos lugares se muestren, incluso si saben que probablemente nunca podrán llegar hasta ellos. Y en ese punto aparece una de las ideas más potentes del proyecto: hacer visible lo remoto también es una forma de protegerlo.
Porque en tiempos donde el turismo masivo arrasa con destinos enteros, estas reservas del sur austral chileno recuerdan algo esencial: todavía existen rincones donde el silencio pesa más que el ruido, donde el clima manda y donde la naturaleza conserva una fuerza intacta. Lugares difíciles, sí. Pero justamente por eso, también inolvidables.









