La temporada de esquí 2025/2026 en Estados Unidos dejó una postal cada vez más frecuente: montañas con menos nieve natural, pistas abiertas a medias y un clima impredecible que puso en jaque a buena parte de la industria. Sin embargo, lejos de traducirse en un derrumbe económico, el sector volvió a demostrar que aprendió a adaptarse: hoy, el negocio del esquí en Norteamérica ya no depende únicamente de las nevadas.
Aunque desde el punto de vista meteorológico este invierno fue uno de los más flojos que se recuerdan, con acumulaciones muy por debajo de la media en varias de las regiones más importantes del país, las grandes estaciones lograron sostener la temporada gracias a una estrategia cada vez más clara: menos dependencia de la nieve natural, más inversión en nieve artificial, abonos vendidos por adelantado y experiencias que van mucho más allá del esquí.
El arranque del invierno había dado algunas señales alentadoras. Durante octubre y comienzos de noviembre se registraron nevadas tempranas en sectores como Sierra Nevada, en California, y algunas zonas del Medio Oeste. Pero el panorama cambió rápido. Diciembre, un mes clave para el turismo de invierno por las vacaciones y el alto volumen de reservas, fue especialmente pobre en buena parte del oeste estadounidense.

En regiones centrales para la industria, como California, las Montañas Rocosas y parte de Utah y Colorado, las nevadas quedaron entre un 50% y un 60% por debajo de la media histórica de los últimos 30 años. En algunos centros de esquí de Colorado, Utah o Lake Tahoe, el área esquiable disponible durante diciembre apenas rondó entre un 10% y un 15%, afectando de forma directa tanto la experiencia de los visitantes como la decisión de viajar.
Y en un mercado como el estadounidense, donde el esquí depende mucho del turismo de larga estancia, vuelos, reservas anticipadas y escapadas planificadas con semanas o meses de antelación, las imágenes de montañas marrones o con nieve artificial limitada pueden golpear fuerte la demanda.
Según distintos análisis meteorológicos publicados en Norteamérica, parte de la explicación de esta mala temporada está vinculada al comportamiento errático de El Niño, que no se manifestó como se esperaba. En teoría, este fenómeno suele empujar la corriente en chorro hacia el sur de Estados Unidos y favorecer inviernos potentes en California y el sur de las Rocosas. Pero esta vez el patrón fue irregular: en lugar de grandes nevadas, muchas zonas recibieron aire demasiado cálido, lo que hizo que en cotas medias y bajas la nieve se transformara en lluvia.
Mientras tanto, el Noroeste del Pacífico, especialmente en Washington y Oregón, fue la gran excepción. Allí sí se registraron números por encima de la media, con estaciones como Mt. Baker superando los 11 metros de acumulación, mientras gran parte del resto del país esperaba tormentas que nunca terminaron de consolidarse.
Con el avance del invierno, el panorama mejoró parcialmente. Enero y febrero trajeron algunas tormentas importantes que permitieron abrir más pistas, especialmente en zonas como Utah, Colorado y el propio noroeste del país. Pero la irregularidad siguió marcando el ritmo. Incluso en marzo se registraron episodios de calor inusual que provocaron cierres anticipados en estaciones de California, reforzando una sensación de inestabilidad constante para operadores y turistas.
Si se analiza por regiones, el contraste fue marcado. El oeste fue claramente el más perjudicado, con menos nieve y temperaturas más altas de lo habitual. Colorado, considerado el corazón del esquí estadounidense, registró caídas cercanas al 12% en esquiadores y descensos de casi 5% en facturación en algunos tramos de la temporada. En cambio, el este del país —como Vermont, Maine y Nueva York— mostró un comportamiento algo más estable, en parte porque muchas de sus estaciones dependen históricamente de la nieve artificial y están más acostumbradas a operar con menos precipitación natural.
Sin embargo, lo más llamativo fue que un mal invierno desde lo climático no terminó siendo una mala temporada económica.

El gigante Vail Resorts, uno de los mayores operadores del país, informó una caída de aproximadamente 20% en las visitas hasta principios de enero, una cifra contundente si se la compara con los años de fuerte recuperación post pandemia. Pero esa baja no se tradujo en un desplome similar de ingresos: la facturación por remontes cayó apenas alrededor de 1,8%.
Ese dato expone un cambio estructural que viene consolidándose desde hace años. El modelo de negocio está cada vez menos atado al clásico pase diario y mucho más sostenido por los forfaits de temporada vendidos por adelantado, como el Epic Pass o el Ikon Pass. Estos abonos garantizan ingresos antes de que empiece el invierno, sin importar demasiado si la nieve acompaña o si el cliente esquía menos de lo esperado.
A eso se suma una transformación más amplia: las estaciones ya no buscan vender solo “el día perfecto de powder”, sino una experiencia integral de montaña. Por eso, los operadores están reforzando sus inversiones en:
- producción de nieve artificial,
- digitalización y gestión más flexible de pistas,
- restauración y propuestas gastronómicas,
- alojamientos premium,
- y actividades complementarias que permiten sostener el gasto turístico incluso cuando las condiciones no son ideales.
También hubo otros factores que impactaron en la temporada, como la caída del turismo internacional en ciertas zonas. Algunas estaciones cercanas a Canadá registraron descensos muy fuertes de visitantes canadienses, en algunos casos superiores al 40%, vinculados a tensiones políticas y cambios en los hábitos de viaje. A eso se suma un consumidor más cauteloso: tras el boom post-COVID, hoy se percibe una mayor sensibilidad al precio, una demanda más selectiva y una tendencia creciente a esperar más tiempo antes de reservar, justamente por la incertidumbre climática.
En materia laboral, la situación fue desigual. Algunos centros redujeron horas o retrasaron contrataciones durante diciembre, especialmente en áreas como remontes, escuelas de esquí, alquileres y gastronomía. Pero el sector evitó un colapso mayor porque muchas empresas optaron por mantener personal clave para no perder trabajadores calificados en un mercado donde, desde hace años, cuesta cada vez más contratar y retener empleados estacionales.
De hecho, esa es otra señal del cambio: los grandes operadores están ofreciendo mejores salarios, viviendas para empleados y condiciones laborales más competitivas para estabilizar una fuerza laboral históricamente volátil.
El mensaje de la industria es cada vez más claro: la variabilidad meteorológica ya no es una excepción, sino la nueva normalidad. Y frente a eso, las estaciones estadounidenses parecen haber entendido antes que muchas europeas que el negocio del esquí necesita blindarse con anticipación.
Por eso, más que depender de una gran tormenta de nieve, el futuro del sector en Estados Unidos parece apoyarse en tres pilares concretos: ingresos asegurados, tecnología y diversificación.
En definitiva, la temporada no fue un desastre, pero sí dejó una advertencia contundente. El gran desafío del esquí ya no pasa solo por atraer turistas, sino por convivir con un clima cada vez más impredecible sin que el negocio se derrumbe. Y en ese terreno, Estados Unidos ya empezó a diseñar un modelo donde la montaña sigue vendiendo… incluso cuando la nieve no llega como antes.









