En el corazón de la provincia de Corrientes, lejos del ruido y del ritmo frenético de las grandes ciudades, se extiende uno de los ecosistemas más fascinantes de Sudamérica. Los Esteros del Iberá no solo son un espectáculo natural de categoría mundial: también representan una de las historias de transformación ambiental más inspiradoras del planeta.
Lo que hoy aparece como un santuario de vida silvestre —donde yacarés, carpinchos, ciervos de los pantanos y cientos de aves conviven en libertad— fue durante décadas un territorio marcado por la explotación, la caza y el uso intensivo de sus recursos. La desaparición de especies emblemáticas y el deterioro del ecosistema encendieron, con el tiempo, una alarma que cambiaría para siempre el destino de la región.
Viajar hasta allí nos permitió recorre ese camino: entender a partir de historias de locales aquellos años en que los mariscadores dependían del estero para sobrevivir, pasando por el surgimiento de las primeras políticas de conservación y la llegada de figuras clave como Douglas Tompkins, hasta el presente, donde Iberá se consolida como un modelo global de restauración ambiental. Y también vivirlo como turistas: entender cómo se llega, qué portales recorrer, dónde alojarse, qué sabores definen su identidad y por qué la experiencia de recorrerlo —entre safaris, cultura local y hospitalidad correntina— deja una huella difícil de olvidar.
De territorio explotado a ecosistema en riesgo
Durante décadas, Iberá fue sinónimo de explotación. La región estuvo dominada por la ganadería extensiva, en un territorio donde el agua, el barro y la biodiversidad parecían infinitos. Allí vivían los llamados mariscadores, pobladores locales que dependían directamente de los recursos naturales para subsistir.
Su vida estaba íntimamente ligada al estero: cazaban, pescaban y recolectaban lo que la naturaleza ofrecía. Sin embargo, esa relación, marcada por la necesidad y la falta de alternativas, derivó en una sobreexplotación progresiva.


El yaguareté, el gran felino de América, fue prácticamente exterminado de la zona. Las pieles de carpincho, muy valoradas en el mercado, se convirtieron en un recurso comercial intensivo. Otras especies corrieron la misma suerte. Con el paso del tiempo, lo que parecía inagotable comenzó a desaparecer.
El Iberá, uno de los humedales más grandes del mundo, estaba al borde del colapso.
El despertar de la conservación
El verdadero punto de inflexión llegó cuando comenzó a instalarse una idea que hasta entonces parecía lejana: proteger Iberá no solo era necesario, sino urgente. Lo que durante décadas se había percibido como un recurso inagotable empezaba a mostrar signos evidentes de agotamiento, y con ello surgió una nueva conciencia sobre el valor ecológico de este vasto humedal.
En 1983, la creación de la Reserva Natural del Iberá marcó el inicio de un cambio de paradigma. Por primera vez, el Estado provincial reconocía formalmente la necesidad de conservar este ecosistema único. Sin embargo, aquel fue apenas el primer paso de un proceso largo y complejo. Las políticas de conservación comenzaron a desarrollarse de manera gradual, muchas veces con recursos limitados y en un contexto donde la cultura local aún estaba profundamente ligada a la explotación del entorno.

El desafío era doble —y profundamente estructural—: por un lado, restaurar un ecosistema que había sufrido décadas de presión sobre su fauna y sus recursos; por otro, transformar la relación de las comunidades con ese territorio. Esto implicaba no solo proteger especies y hábitats, sino también generar alternativas económicas sostenibles que permitieran a la población local abandonar prácticas extractivas sin perder su sustento.
Así, Iberá comenzó lentamente a transitar un camino que lo llevaría, años más tarde, a convertirse en uno de los proyectos de conservación más ambiciosos y exitosos del mundo.



Douglas Tompkins: la visión que cambió la historia
La transformación definitiva de Iberá no puede entenderse sin la figura de Douglas Tompkins, empresario estadounidense y fundador de marcas como The North Face.

Tompkins llegó a la región y quedó profundamente impactado por su belleza y su potencial. Pero también vio lo que faltaba: protección real y una visión a largo plazo.
Junto a su equipo —y posteriormente a través de la Fundación Rewilding Argentina— impulsó uno de los proyectos de conservación más ambiciosos del mundo. Compró tierras, las restauró y las donó para la creación de parques nacionales. Su objetivo era claro: devolverle al ecosistema las especies que había perdido.
Gracias a ese trabajo, hoy Iberá es escenario de la reintroducción del yaguareté, el oso hormiguero gigante, el venado de las pampas y muchas otras especies clave.


Lo que comenzó como una idea casi utópica se convirtió en un modelo global de conservación.
El turismo como motor de transformación
Durante décadas, el Iberá fue un territorio asociado al aislamiento, la ganadería extensiva y las economías de subsistencia. Pero en las últimas dos décadas, y especialmente desde la consolidación del Parque Iberá y el trabajo de conservación impulsado por organizaciones como Rewilding Argentina, el turismo comenzó a ocupar un lugar central en la vida de muchas comunidades correntinas.
El cambio no fue inmediato. En pueblos como Colonia Carlos Pellegrini, Concepción del Yaguareté Corá, Ituzaingó, San Miguel o Loreto, la llegada de visitantes fue creciendo a medida que los accesos se organizaron, los portales se abrieron al público y la fauna volvió a ser visible. En 2023, el Parque Iberá recibió más de 60.000 visitantes a través de sus distintos portales, una cifra que confirma el crecimiento del destino como uno de los grandes polos de naturaleza de Argentina.


El perfil del viajero también ayuda a entender este fenómeno. Iberá no es un destino de turismo masivo ni de consumo rápido. Quienes llegan suelen ser viajeros interesados en la naturaleza, la fotografía, el avistaje de fauna, la conservación, la cultura local y las experiencias de bajo impacto. Hay turistas argentinos, pero también extranjeros que encuentran en Iberá una alternativa sudamericana al safari tradicional: un lugar donde la vida silvestre no se observa desde la distancia, sino que aparece alrededor, en los caminos, en el agua, en los pastizales y hasta en los jardines de los alojamientos.
En esa transformación, muchas personas que antes dependían de actividades extractivas o rurales encontraron nuevas oportunidades como guías, cocineros, baqueanos, choferes, anfitriones, artesanos, músicos o prestadores de excursiones. El turismo no reemplazó la identidad local: la reorganizó alrededor de un nuevo valor. Lo que antes se cazaba, hoy se muestra; lo que antes se agotaba, hoy se protege.

Cómo visitar Iberá: portales, ciudades base y formas de llegar
Una de las claves para entender Iberá es que no se visita desde un único acceso. El Parque Iberá está organizado en portales, es decir, puertas de entrada distribuidas alrededor del enorme sistema de humedales. Cada portal tiene una personalidad distinta, una ciudad base cercana y una propuesta propia.
Entre los accesos principales se encuentran Portal Cambyretá, cerca de Ituzaingó; Portal San Nicolás, vinculado a San Miguel; Portal Laguna Iberá, asociado a Colonia Carlos Pellegrini; y Portal Carambola, cercano a Concepción del Yaguareté Corá. También existen otros accesos y áreas de uso turístico dentro del gran sistema Iberá, por eso conviene planificar el viaje según el tipo de experiencia buscada.
Desde Buenos Aires, una de las rutas más habituales es viajar en auto hacia Mercedes o Corrientes capital y desde allí continuar hacia el portal elegido. A modo orientativo, Buenos Aires está a unos 800 kilómetros de la zona de acceso por Mercedes y Colonia Carlos Pellegrini. Desde Mercedes hasta Colonia Carlos Pellegrini hay unos 115 kilómetros, gran parte por camino de ripio consolidado.

Desde Corrientes capital, el Portal Carambola se encuentra a unos 190 kilómetros. El recorrido combina la Ruta Nacional 12, la Ruta Nacional 118 y luego la Ruta Provincial 6 hasta Concepción del Yaguareté Corá. Desde allí quedan unos 27 kilómetros de camino de ripio y tierra hasta el portal. En condiciones normales puede transitarse, aunque siempre conviene consultar antes el estado del camino, especialmente después de lluvias.
Es uno de los más singulares del Iberá porque combina vida silvestre, cultura estereña y experiencias que no se repiten en otros sectores del parque. Desde allí se accede a paisajes de esteros abiertos, arroyos, embalsados y zonas donde la relación entre naturaleza y tradición local sigue muy presente.
Concepción del Yaguareté Corá, la ciudad base para este portal, es una localidad histórica de Corrientes. Según datos del Censo 2022 difundidos por INDEC y relevamientos locales, ronda los 6.250 habitantes. En los últimos años, una parte creciente de su población se vinculó al turismo: guías, trabajadores hoteleros, cocineros, músicos, choferes, prestadores de actividades y familias que ofrecen experiencias ligadas a la cultura del estero.

Para quienes viajan sin vehículo propio, es posible llegar a Concepción en bus desde Corrientes capital y luego contratar traslados locales, guías habilitados o excursiones. La Administración de Parques Nacionales recomienda registrarse al ingresar y consultar servicios habilitados en las ciudades cercanas a cada portal.
Portal Carambola: la entrada cultural al corazón del Iberá
El Portal Carambola es, probablemente, uno de los accesos más auténticos del Iberá. Está ubicado al oeste del sistema de humedales, a unos 27 kilómetros de Concepción del Yaguareté Corá, y toma su nombre del arroyo Carambola, uno de los cursos de agua que estructuran esta zona del estero.
A diferencia de otros portales más conocidos por sus lagunas o senderos, Carambola tiene una identidad muy marcada: es naturaleza y cultura al mismo tiempo. Allí las antiguas formas de moverse por el estero —a caballo, en canoa, por caminos de agua, barro y pastizal— se transformaron en experiencias turísticas.



Es también un portal ideal para quienes buscan una inmersión más profunda. Hay navegaciones, kayak, senderismo, avistaje de aves, cabalgatas, astroturismo y una experiencia única: la canoa tirada por caballos, una práctica que remite al modo en que los antiguos pobladores y mariscadores atravesaban zonas de agua baja, vegetación flotante y bañados.
Dormir en el corazón del estero: la experiencia de El Tránsito
Cerca del Portal Carambola se encuentra El Tránsito, un lodge boutique de lujo que funciona como una de las mejores bases para explorar esta zona del Iberá. La propiedad se presenta como una estancia fundada en 1921, reconvertida hoy en una experiencia all-inclusive con excursiones guiadas, gastronomía regional y acceso privilegiado al entorno natural del portal.




El lugar conserva el espíritu de estancia correntina, pero reinterpretado con una estética contemporánea, cálida y muy cuidada. El complejo está compuesto por distintos edificios: algunos conservan estructuras originales y otros fueron incorporados durante el proceso de transformación de la estancia en hotel. Esa mezcla le da carácter: galerías, patios, jardines, muebles de campo, textiles nobles, objetos elegidos con criterio y una parquización que no compite con el paisaje, sino que lo acompaña.

Originalmente, este tipo de estancias vinculadas al proyecto Iberá funcionaban también como espacios de recepción para invitados, conservacionistas, científicos, donantes y viajeros interesados en conocer la visión de Douglas Tompkins. En el caso de El Tránsito, esa herencia se percibe en el gusto por los detalles, en la escala íntima del alojamiento y en la idea de que la experiencia no sea solo dormir cerca del estero, sino comprenderlo.



Uno de sus grandes diferenciales es el equipo humano. Muchos de quienes trabajan allí tienen formación profunda en el ecosistema Iberá y varios vienen de experiencias previas vinculadas a Rewilding Argentina o al turismo de conservación. Eso se nota en las salidas, en las conversaciones, en la forma de leer huellas, reconocer aves, explicar la conducta de un carpincho o contar por qué el regreso del yaguareté cambió la narrativa del lugar.
El hotel funciona bajo un esquema full board/all-inclusive, con comidas, bebidas, vinos seleccionados y actividades organizadas. Para el viajero, eso cambia por completo la experiencia: no hay que resolver traslados, buscar excursiones por separado ni pensar dónde comer. Todo está integrado a un ritmo de viaje que se adapta al clima, a la luz y a los mejores momentos para salir al estero.






Y hay algo más: en Iberá, la vida silvestre no empieza cuando uno sube a una lancha. Puede empezar al abrir la ventana. En los alrededores del hotel no es extraño ver ñandúes, carpinchos, zorros, ciervos de los pantanos, aves de todos los tamaños y, con suerte, pecaríes. Esa convivencia cotidiana con la fauna es una de las marcas más potentes del destino.
En verano, cuando el calor correntino se vuelve intenso, las actividades suelen organizarse muy temprano por la mañana o hacia el final de la tarde. Durante las horas centrales del día, la piscina del hotel se convierte en parte esencial de la experiencia: descanso, sombra, agua fresca y pausa antes de volver a salir al estero cuando baja el sol.


Sabores con identidad: qué significa comer Corrientes en alta cocina
La gastronomía correntina tiene raíces guaraníes, criollas y rurales. Es una cocina de maíz, mandioca, queso, carnes, pescados de río, hierbas, fuego lento y recetas familiares. No se entiende solo por sus platos, sino por su lógica: comida abundante, sabrosa, ligada al clima, al territorio y a la hospitalidad.
En El Tránsito, esa identidad aparece reinterpretada desde una mirada de alta cocina. La chef Laura —con experiencia en destacados hoteles de Argentina y también en la Fragata Libertad— lleva esos saberes locales a una propuesta más refinada, sin borrar su origen.


Entre los sabores que pueden inspirar una carta correntina aparecen el chipá, hecho con almidón de mandioca y queso; el mbeyú, también a base de almidón de mandioca; preparaciones con harina de maíz; pescados de río; carnes cocidas lentamente; vegetales de estación; cítricos; hierbas; dulces regionales y productos locales. Uno de los platos más representativos de la región es el mbaipy, una preparación de raíz guaraní, espesa y cremosa, similar en textura a una polenta, elaborada con harina de maíz, caldo, queso y carnes o pollo.
La diferencia está en el tratamiento. Lo que en una mesa familiar puede aparecer como plato contundente y popular, en el hotel puede transformarse en una versión más delicada, con técnica, emplatado y equilibrio, pero manteniendo el alma correntina. Esa es la clave: no convertir la cocina local en una postal, sino en una experiencia gastronómica con identidad.


El programa incluye además bebidas, vinos de muy buen nivel y un bar que acompaña los momentos de descanso antes de la cena (y después también).


Un safari argentino: actividades en el Iberá
Decir que Iberá es “el safari argentino” puede sonar exagerado hasta que uno lo vive. La diferencia es que aquí no hay grandes felinos a la vista en cada salida (por ahora), ni vehículos atravesando sabanas africanas. El espectáculo es otro: más silencioso, más cercano, más anfibio. La fauna aparece en el agua, en los pastizales, sobre los camalotes, en las ramas, al borde del camino.


La navegación es el producto estrella. En lancha se recorren arroyos, lagunas y canales naturales donde es posible ver yacarés, carpinchos, ciervos de los pantanos, aves acuáticas, garzas, chajás, espátulas rosadas, biguás, martines pescadores y una enorme variedad de especies. En algunos sectores, las salidas se internan por cursos de agua como el Carambolita, lo que permite una sensación más profunda de ingreso al corazón del humedal.
El kayak ofrece otra escala. Sin motor, el estero cambia de sonido. Se escucha el agua contra el bote, el movimiento de las aves, el viento en los pastizales. Es una actividad ideal para quienes buscan una conexión más silenciosa y física con el paisaje.



El senderismo también tiene un valor especial. En Portal Carambola existen senderos de interpretación donde pueden aparecer monos carayá, zorros, corzuelas y numerosas aves. Los miradores permiten entender mejor la dimensión del humedal: no como una laguna aislada, sino como una red viva de agua, vegetación y fauna.
La experiencia más singular es la canoa tirada por caballos. No es un simple paseo pintoresco: es una forma de transporte heredada de la vida estereña. En zonas donde el agua es baja, la vegetación densa y el terreno cambia entre barro, pastizal y embalsado, los pobladores utilizaban caballos para arrastrar canoas y desplazarse por lugares donde navegar o caminar no siempre era posible. Hoy esa práctica se transformó en una actividad turística única del Portal Carambola, vinculada a la memoria de los mariscadores y habitantes del estero.



Y después está el final del día. Una merienda al atardecer, con el sol cayendo sobre los esteros, puede ser una de las imágenes más memorables del viaje. La luz se vuelve dorada, los animales se activan, baja la temperatura y el paisaje adquiere una calma difícil de explicar.
El Payé de Corrientes presente en cada momento
Por la noche, un grupo de artistas de Concepción suelen acercarse al hotel para compartir música en vivo. No es un espectáculo armado desde la distancia para turistas, sino una expresión local que forma parte de la vida correntina. El acordeón, la guitarra, el sapucay, el baile y la cadencia del chamamé conectan al visitante con otra dimensión del territorio.
También ahí aparece algo central: muchas de las personas que trabajan en el hotel y en las experiencias vienen de Concepción o de comunidades cercanas. Son quienes reciben, guían, cocinan, cantan, cuentan historias, ceban mate y explican cómo se vive en el estero. Esa cercanía convierte el viaje en algo más humano.


La hospitalidad correntina es difícil de impostar. Tiene que ver con el tiempo compartido, con la conversación sin apuro, con la invitación al mate, con una forma de trato que hace que el viajero se sienta menos cliente y más invitado. En un mundo turístico cada vez más estandarizado, esa calidez se vuelve un lujo.
Visitar Iberá no es solo conocer un humedal. Es entrar en una historia de reparación.
Un territorio que fue explotado, cazado y vaciado de especies logró convertirse en un ejemplo internacional de conservación. Comunidades que antes miraban al estero como fuente de subsistencia hoy lo presentan como patrimonio. Animales que habían desaparecido vuelven a ocupar su lugar. Y viajeros de todo el mundo llegan para comprobar que la naturaleza, cuando se la cuida, puede responder con una fuerza conmovedora.


El Portal Carambola, Concepción y El Tránsito condensan esa transformación: paisaje, memoria, conservación, hospitalidad y turismo de alta calidad en un mismo viaje.







