El cielo estaba despejado y el cañón parecía completamente seco. Nadie dentro de aquella estrecha garganta podía imaginar que, a kilómetros de distancia, una tormenta estaba convirtiendo el paisaje en una trampa mortal.
El 12 de agosto de 1997, una inundación relámpago arrasó el Lower Antelope Canyon, en Arizona, y terminó con la vida de 11 turistas. Solo una persona de las 12 que quedaron atrapadas logró sobrevivir: el guía Francisco “Poncho” Quintana.
La tormenta que nadie veía

El peligro comenzó lejos del lugar donde estaban los excursionistas. Una fuerte tormenta eléctrica se había formado a unos 24 kilómetros de distancia, sobre una zona elevada. El agua comenzó a concentrarse y a desplazarse hacia el cañón.
El problema era la propia geografía de Antelope Canyon: sus paredes de arenisca forman una garganta extremadamente estrecha, con sectores de apenas unos centímetros de ancho. Cuando el agua entra en estos llamados slot canyons, prácticamente no tiene dónde dispersarse.
Así, un lugar que parecía seco podía transformarse en cuestión de minutos en un enorme canal de agua.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Las advertencias que quedaron bajo sospecha
La investigación posterior reveló que aquel día sí había señales de peligro.
Según el informe del sheriff del condado de Coconino, una empleada de la Nación Navajo había advertido a los visitantes que no era recomendable entrar debido al clima. Más tarde, otro sector del sistema del cañón fue cerrado después de que los guías detectaran agua.
Sin embargo, parte del grupo terminó regresando al interior de la garganta.
La empresa TrekAmerica y las autoridades ofrecieron versiones diferentes sobre las advertencias recibidas y sobre las decisiones tomadas antes de la tragedia. La investigación finalmente no presentó cargos penales contra la compañía ni contra el guía.
En minutos, no hubo escapatoria
Cuando la crecida alcanzó Antelope Canyon, el nivel del agua comenzó a subir rápidamente.
Quintana intentó mantener juntos a los visitantes, pero la fuerza de la corriente terminó separándolo del grupo. El agua lo arrastró por la garganta y, según su propio relato, consiguió sobrevivir manteniéndose boca arriba y con los pies orientados hacia el sentido de la corriente.
Los demás no tuvieron la misma suerte.

La inundación arrastró a los turistas y los objetos que encontró a su paso. Once personas murieron atrapadas dentro del cañón.
Los equipos de rescate tuvieron que utilizar helicópteros, embarcaciones, perros y buzos para localizar a las víctimas. Algunos cuerpos aparecieron dentro de la garganta y otros fueron encontrados cerca de la zona donde el cañón desemboca en Lake Powell.
Un lugar que todavía se puede visitar
La tragedia provocó cambios en la manera de acceder al cañón. TrekAmerica dejó de llevar grupos al lugar apenas dos días después del desastre.
Pero Antelope Canyon no dejó de recibir visitantes.
Actualmente, el acceso está regulado por la Nación Navajo y se realiza con guías autorizados. Las advertencias sobre las inundaciones repentinas forman parte fundamental de las recomendaciones para quienes recorren el lugar.
La belleza del cañón sigue intacta: sus paredes onduladas de arenisca continúan siendo uno de los paisajes más fotografiados de Arizona.
Pero detrás de esas formas espectaculares existe una amenaza que no siempre puede verse.
Porque en Antelope Canyon no hace falta que esté lloviendo para que llegue una inundación. Una tormenta a kilómetros de distancia puede convertir, en cuestión de minutos, un paisaje seco en una trampa sin salida.








