Marcos Carello es guía de naturaleza, viajero y especialista en reptiles y anfibios. En su último viaje al norte argentino llegó hasta Fortín La Soledad, en Formosa, para registrar a la curiyú, la serpiente más grande del país. Pero lo que encontró fue mucho más que un encuentro con fauna silvestre: también documentó la relación entre las comunidades locales, la economía del cuero y una posible alternativa basada en el ecoturismo.
Marco se presenta como alguien que, desde chico, estuvo obsesionado con los animales. “Yo era el niño raro que llevaban al campo, desaparecía un rato y volvía con un balde lleno de sapos”, recuerda. Esa fascinación por anfibios y reptiles terminó convirtiéndose en una forma de vida: a los 18 años ahorró para viajar como voluntario a un ecolodge en el Amazonas y, desde entonces, empezó a construir un camino ligado a la conservación, las expediciones y el turismo de naturaleza.
Hoy trabaja como guía freelance para empresas que organizan experiencias específicas en la Amazonía, donde viajeros de distintas partes del mundo llegan con un objetivo muy concreto: buscar, observar y fotografiar serpientes, ranas, lagartos, caimanes y otros animales que suelen despertar miedo, rechazo o mitos.
Pero desde hace tiempo Marcos también tiene una inquietud: impulsar ese tipo de turismo en Argentina. Y, para él, el norte argentino tiene todo para hacerlo. “Tiene una biodiversidad increíble, lugares muy salvajes y nada que envidiarle al Amazonas”, asegura.
Formosa, el humedal y la serpiente más grande del país
Su último viaje lo llevó a Formosa, más precisamente al Bañado La Estrella, uno de los grandes tesoros naturales del norte argentino. Según el sitio oficial de turismo de Formosa, este humedal alcanza casi 400.000 hectáreas durante las épocas de mayor crecida y forma parte del Sistema Provincial de Áreas Naturales Protegidas. También es reconocido por sus “champales”, esos árboles secos cubiertos de vegetación que emergen del agua y construyen uno de los paisajes más particulares de la provincia.
El Bañado puede recorrerse desde sectores como El Vertedero o Fortín La Soledad, un paraje ubicado a unos 65 kilómetros de Las Lomitas, donde viven alrededor de 80 familias y desde donde se realizan experiencias de navegación, avistaje de fauna y safaris fotográficos.
Para Marcos, esa zona es “un paraíso para la fauna”. En la entrevista con Intriper explica que allí conviven el bosque chaqueño seco, con especies como pecaríes, osos hormigueros, tapires, pumas y tatús, con el ecosistema del humedal, donde aparecen yacarés, carpinchos, garzas, cigüeñas y curiyúes.
La curiyú, también conocida como anaconda amarilla, es una serpiente semiacuática que habita ríos y humedales de Sudamérica. En Argentina se encuentra en provincias como Formosa, Chaco, Corrientes, norte de Santa Fe, norte de Entre Ríos y sur de Misiones, según un trabajo académico publicado en el repositorio SEDICI de la Universidad Nacional de La Plata.
Marcos la define de una forma simple y poderosa: “Es literalmente la versión sureña de la famosa anaconda que todos conocemos”. Y agrega que es la serpiente más grande que vive en Argentina, con ejemplares que pueden alcanzar alrededor de cuatro metros.
El miedo a las serpientes y lo que no se entiende de ellas
Buena parte del trabajo de Marcos consiste en mostrar animales que suelen estar cargados de prejuicios. En especial, las serpientes.
“Muchísimas personas les tienen un miedo irracional”, dice. Para él, el problema no es solo el desconocimiento, sino la cantidad de mitos que se construyeron alrededor de estos animales. “La realidad es que son animales extremadamente tranquilos y tímidos. Las serpientes no persiguen personas, nos huyen. No está en su naturaleza atacarnos”.
Su mirada apunta a cambiar la relación entre los humanos y la fauna. No desde la idealización, sino desde la información: entender cuándo una especie puede ser peligrosa, cómo comportarse si se la encuentra y por qué cumple un rol importante dentro del ecosistema.
En el caso de la curiyú, ese rol cambia a lo largo de su vida. Marcos explica que, cuando son jóvenes, pueden ser presa de aves rapaces, garzas, cigüeñas, yacarés e incluso otras curiyúes. Pero cuando crecen, pasan a ocupar el lugar de grandes depredadores dentro del humedal.
La caza de curiyúes: una práctica que Marcos fue a documentar
El viaje a Formosa también lo enfrentó con una realidad que, según cuenta, le resultó difícil de procesar: la caza de curiyúes para la venta de cuero.
La provincia de Formosa tiene antecedentes de aprovechamiento regulado de la especie. Una resolución nacional de 2005 exceptuó cueros enteros de boa curiyú provenientes de una cosecha experimental en Formosa, en el marco del “Programa para la Conservación y el Uso Sustentable de la Boa Curiyú en la Argentina”. A su vez, un trabajo académico de 2024 señala que desde 2002 la Fundación Biodiversidad y el Ministerio de la Producción y Ambiente de Formosa llevan adelante un programa de conservación y aprovechamiento sostenible de la especie.
La discusión, sin embargo, no termina en el marco legal o técnico. También aparece la dimensión humana: quiénes cazan, por qué lo hacen y qué alternativas existen.
Según Marcos, la mayoría de las personas que participan de la caza son habitantes locales de los pueblos que rodean el Bañado La Estrella. El motivo principal, explica, es económico: un cuero de curiyú puede representar un ingreso extra durante la temporada de invierno.
Durante la salida, Marcos acompañó a cazadores locales y quedó impactado por su conocimiento del territorio. “Se nota que tienen años de experiencia encontrando estos animales. Sin darse cuenta, terminaron aprendiendo muchísimo sobre su comportamiento: dónde buscarlas, cuándo aparecen, cómo se mueven”, cuenta.
Pero también reconoce el conflicto interno que le generó la experiencia. “Para mí estar en una canoa en uno de los humedales más grandes del continente buscando anacondas es literalmente como llevar a un chico a Disney. Pero claro, esta vez no terminaba con unas fotos y después dejar al animal tranquilo. Terminaba con bolsas llenas de serpientes muertas”.
¿Puede una curiyú viva valer más que una muerta?
La pregunta que atraviesa el relato de Marcos es incómoda pero necesaria: ¿podría ese conocimiento local transformarse en una herramienta para el ecoturismo?
Para él, sí. De hecho, lo plantea de manera directa: el cazador podría convertirse en el mejor guía de turismo. Conoce el ambiente, sabe leer el comportamiento de la especie y tiene una relación cotidiana con el territorio. Lo que falta, sugiere, es construir una alternativa económica concreta. Algo que en otros territorios como El impenetrable en Chaco y Esteros del Iberá sucedió a través del trabajo junto a comunidades locales y fundación Rewilding.
“Una curiyú muerta vale alrededor de 30.000 pesos. En cambio, un paseo en canoa de dos horas para observar fauna puede costar 50.000 pesos por persona. En una embarcación entran cuatro personas fácilmente”,
Su conclusión es clara: un guía local podría ganar más mostrando una curiyú viva que vendiendo una muerta.
El Bañado La Estrella ya cuenta con propuestas de navegación, canotaje, avistaje de aves, safaris fotográficos y turismo de naturaleza, según la información turística oficial de Formosa. Para Marcos, ese camino podría ampliarse hacia experiencias de observación de reptiles, siempre con buenas prácticas, distancia responsable y guías capacitados.
El caso no sería aislado. En Argentina ya existen ejemplos donde el ecoturismo ayudó a cambiar la relación entre comunidades y fauna silvestre, como ocurrió en los Esteros del Iberá. Marcos lo resume así: “Ahora lo importante es que nosotros, como turistas, también empecemos a visitar estos lugares, a valorar la fauna que tenemos en nuestro país y a entender que conservar también puede generar trabajo”.
Documentar para abrir una conversación
La curiyú está categorizada como vulnerable en Argentina por la Asociación Herpetológica Argentina, que señala factores como su baja frecuencia reproductiva, su gran tamaño y la facilidad con la que puede ser detectada cuando termorregula en meses fríos. La misma fuente también menciona la explotación comercial histórica de la especie y la necesidad de monitorear el impacto de la cosecha sobre sus poblaciones.
Ese punto ayuda a entender por qué el viaje de Marcos no es solo una aventura de fauna. Es también una ventana hacia una conversación más amplia: cómo se protege una especie, cómo se acompaña a las comunidades que dependen de un recurso natural y cómo el turismo puede convertirse en una alternativa real, no solo en una idea romántica.
Mientras tanto, Marcos ya piensa en nuevos viajes por el norte argentino. Uno de sus próximos objetivos es registrar a la ñacanina, una serpiente temida en el noreste del país por su carácter defensivo. Su intención, otra vez, será la misma: acercarse, observar, filmar y derribar mitos.
Porque, en el fondo, su trabajo no se trata únicamente de buscar serpientes. Se trata de mostrar que incluso los animales que más miedo generan pueden ser la puerta de entrada para conocer mejor un territorio, entender sus conflictos y pensar nuevas formas de convivir con la naturaleza.





