En medio del avance del océano y las inundaciones que amenazan sus viviendas, los habitantes de una pequeña isla de Fiyi tomaron una decisión que desafía los pronósticos climáticos. En lugar de abandonar el territorio donde vivieron sus antepasados, prefieren reforzar sus casas y construir defensas para permanecer en un lugar que consideran irremplazable.
Se trata de Serua, una pequeña isla ubicada a unos 750 metros de la costa principal de Fiyi, en el Pacífico Sur. Allí, el aumento del nivel del mar, la erosión costera y las mareas cada vez más intensas ya afectan la vida cotidiana de la comunidad. Sin embargo, sus habitantes no están dispuestos a renunciar fácilmente a su hogar, rodeado de aguas transparentes, colinas verdes y paisajes que forman parte de su identidad.
“¿Por qué nos iríamos? Tenemos vistas de USD 100 millones”, es la frase que resume la postura de los residentes. Para ellos, el valor de la isla va mucho más allá de sus condiciones materiales: allí están sus raíces, sus costumbres y una forma de vida estrechamente ligada al mar.

La amenaza, de todos modos, es cada vez más difícil de ignorar. La única barrera artificial que protege a la aldea es un muro de contención de hormigón construido durante la década de 1980. Cuando las condiciones atmosféricas intensifican el oleaje, el agua supera las defensas e ingresa directamente en las zonas habitadas. En algunos sectores, la erosión ya consumió parte del terreno y obligó a trasladar viviendas.
En el extremo oriental de Serua, el océano golpea los pilares que quedaron donde antes había casas e incluso un hospital. La escena refleja hasta qué punto el avance del mar está transformando el paisaje de una comunidad que lleva generaciones viviendo en ese territorio.
Un diagnóstico realizado en 2025 junto con la organización Habitat for Humanity permitió dimensionar la gravedad de la situación. El estudio determinó que cerca del 20 % de las viviendas estaban en estado crítico y que apenas tres estructuras tenían la solidez necesaria para soportar temporales extremos. Más de la mitad de las casas, además, presentaban problemas en sus cimientos, techos, paredes o refuerzos.
A las inundaciones se suman otros efectos menos visibles, pero igualmente preocupantes. El agua salada penetra en los terrenos y deteriora la fertilidad del suelo, mientras que el desbordamiento del dique y la acumulación de agua después de las lluvias generan nuevos riesgos para los habitantes.
Frente a este panorama, la comunidad decidió trabajar en un plan de reducción de riesgos en lugar de aceptar las propuestas de reubicación en el continente. La estrategia contempla reforzar las construcciones existentes, elevar algunas viviendas sobre pilares más altos y reemplazar las estructuras que no ofrecen suficiente resistencia frente a las tormentas.
Durante octubre de 2026, decenas de trabajadores participaban en las tareas de renovación de casas ubicadas en la costa norte de la isla. Algunas paredes débiles y cubiertas de chapa fueron desmontadas y transportadas en embarcaciones hacia el continente, mientras otras construcciones comenzaban a adaptarse para reducir los daños que pueden provocar las inundaciones.

El proyecto también busca mejorar el acceso a Serua. Durante la marea baja, es posible llegar caminando a través de una hilera de postes que sobresalen del fondo marino, pero cuando sube el agua es necesario utilizar una embarcación. En una emergencia, esta dificultad puede complicar tanto la evacuación como la llegada de ayuda.
Los habitantes conocen bien los peligros de vivir en una zona expuesta a fenómenos meteorológicos extremos. En febrero de 2016, el ciclón Winston, uno de los más potentes registrados en el hemisferio sur, golpeó Fiyi con vientos superiores a los 280 kilómetros por hora. La tormenta dejó decenas de muertos en el archipiélago y provocó graves daños en numerosas comunidades.
En Serua, el recuerdo de aquella noche permanece presente. Cuando el ciclón azotó la isla, toda la población tuvo que refugiarse en lo alto de una colina mientras las olas arrancaban los techos de las viviendas. La evacuación se organizó de manera colectiva, con los vecinos ayudándose para trasladar alimentos y pertenencias hasta un lugar seguro.
Esa experiencia forma parte de la estrategia que la comunidad conserva para enfrentar futuras emergencias. Cuando el jefe de la aldea da la orden, todos deben subir a la colina y colaborar con los demás. La solidaridad entre los habitantes es uno de los pilares de su respuesta ante los desastres.
Pero el recuerdo del ciclón no cambió su deseo de quedarse. Para muchos residentes, abandonar Serua significaría perder algo que no puede reconstruirse simplemente levantando una casa en otro sitio. La pesca cotidiana, el aire fresco, los vínculos entre familias y la relación con el territorio son parte de una identidad que se transmite de generación en generación.
Desde la isla pueden contemplar la Costa de Coral, una región conocida por sus paisajes tropicales y sus aguas turquesas. Esa belleza, que para los visitantes podría ser una postal de vacaciones, representa para los habitantes su lugar en el mundo.
El caso de Serua refleja uno de los grandes dilemas que enfrentan las comunidades insulares ante el cambio climático: cómo adaptarse a un entorno cada vez más peligroso sin renunciar a sus hogares y su patrimonio cultural. Mientras el nivel del mar continúa amenazando las costas, sus habitantes apuestan por reforzar las defensas y prepararse para los próximos temporales.
La decisión no elimina los riesgos ni garantiza que todas las viviendas puedan resistir futuros ciclones. Sin embargo, muestra por qué para esta comunidad la reubicación no es una solución sencilla. Antes que abandonar la isla, sus habitantes quieren encontrar la manera de seguir viviendo allí, rodeados de un paisaje que consideran invaluable.









