Así fue mi experiencia de trekking hacia el Everest Base Camp

4 min


Amiga, ¿te animas a hacer el trekking del Everest Base Camp conmigo? Tendría que ser en Abril y con un presupuesto mochilero.

Solo tenía mis pasajes de ida al sudeste asiático. El 9 de abril comenzaba mi viaje por el mundo. Un viaje que iba a hacer sola. Había ahorrado dos años para hacerlo .

No tenía mucha planificación. Quería improvisar. Tailandia, Indonesia, Vietnam, Laos, Cambodia y Filipinas estaban flotando desordenadamente en mi cabeza. ¿Nepal? Jamás. Simplemente no se me había cruzado por la mente. Tenía prejuicios; “debe ser desordenado”, “es igual que ir a India”, “me da susto”, “es algo totalmente nuevo”, “no me convence”.

Y la verdad es que no sé que me hizo decir que sí. No sé si fue mi amor por el trekking, mi pasión por la naturaleza, mi constante afán de buscar nuevos desafíos físicos  o el hecho de que no lo iba a hacer sola. Pero me lancé.

Sin saber nada con respecto al trekking compré pasajes y el 15 de abril caí en Katmandú. Fue ahí cuando me enteré de las condiciones en que haríamos el trekking:

-Normalmente se contrata un guía y un sherpa que te lleve la mochila. Sin embargo nosotras no tenemos ese presupuesto así que lo haremos de forma independiente. Vas a tener que vaciar tu mochila y dejar todo lo innecesario en el hostal, de otra forma te va a ser imposible caminar durante 10 días en los himalayas. No hay que llevar carpa pero si arrendar un buen saco de dormir. Lo bueno es que en Katmandú puedes comprar toda la ropa que necesitas.

¿Comprar ropa ? Yo tengo mis zapatos de trekking, además de mis poleras y calzas deportivas. Creo que no necesito nada.

¨Si quieres morir de frío lleva solo eso. Yo me compré pantalones de nieve, primera capa, calcetines térmicos, gorro, guantes y bastones para caminar. Además arrendé una parka de nieve.¨

De un minuto a otro todo lo que había metido en mi mochila ya no servía. Era inútil. 15 kilos de ropa y solo dos prendas iban a ser usadas en mi primera aventura. Dejé todo. Remedios, maquillajes, bikini, havaiannas, vestidos, pareos. Todo menos mi diario. Porque una aventura sin escribir no es una aventura completa para mí.

Partimos un 17 de abril y la aventura duró 2 semanas. El principio fue todo maravillas. No hacía frío, los paisajes eran impresionantes y el camino fácil. No habían grandes subidas y siempre nos encontramos con otros viajeros que nos guiaban. Fue difícil acostumbrarse a caminar todo el día con 8 kilos en la espalda, pero después de 3 días la mochila pasa a ser parte de uno.

Fue al tercer día cuando nos dimos cuenta lo duro de la travesía. El viento hiela y el camino se convierte en una sucesión de subidas y bajadas. Llegábamos al refugio sin energías. Necesitábamos descansar. Por suerte los refugios están preparados para recibirte y tienen una chimenea que calienta la sala de estar y un menú alto en calorías que te permite recuperar todo lo que has perdido caminando. Si bien todos los viajeros se duermen temprano, siempre hay tiempo para compartir y distraerse un poco del esfuerzo físico que esta significando la aventura. Es en estos momentos cuando descubres la solidaridad viajera. Nunca faltan las palabras de animo, los chocolates compartidos y la promesa de vernos en el siguiente pueblo.

Cuando nos quedaban 3 pueblos para llegar al campamento base empecé a sentir la altura. Daba 5 pasos y necesitaba sentarme. Me asusté. No era posible. Me había preparado tanto: clases de natación, acondicionamiento físico, running, trekking. Nada, a mi cuerpo no le llegaba suficiente oxigeno. Después de parar 5 veces a descansar las lagrimas de frustración se apoderaron de mí. Me senté y  lloré, “en qué momento pensé que yo podía hacer esto!!”.

Y ahí es donde la magia de los viajes y las aventuras comenzó a aparecer. Un guía de otro grupo se acercó y me preguntó que me pasaba. Le conté.

– ¿Sientes náuseas? ¿Dolor de cabeza? ¿falta de apetito? ¿Has tenido problemas para dormir?

– No, solo estoy exhausta ¡Y no es justo! ¡Yo vivo en la montaña! ¡no debería sentirme así!

– Vas a estar bien. Tu puedes. Sigue. Y no seas tan cruel con tu cuerpo. No estás en cualquier montaña, estás en los himalayas. Anda a tu ritmo. Baja la velocidad y llegarás.

No vi más a ese guía durante el resto del trekking. Su grupo iba realmente lento (más que yo!) y los dejamos atrás. Pero me tranquilicé, me mentalicé y seguí adelante. Cada tarde al llegar al refugio hacíamos ejercicios de respiración. Eso me ayudó.

El día que llegamos al campamento base el frío paralizaba. El cansancio extremo después de 10 días caminando (y 8 sin ducha) se mezclaba con la emoción de lograr el objetivo que nos habíamos propuesto.

Llegamos a las 13 horas y se notaba una disminución en la cantidad de gente. Muchos se quedaron en el camino afectados por el mal de altura. Yo no daba más de la emoción, el orgullo y la gratitud. Lo había logrado. ¡Lo habíamos logrado!
Abracé a mi compañera de viaje y nos sacamos las fotos de rigor. Fue entonces cuando una mano me ofreció una cerveza. Al mirar para arriba reconocí al guía que desinteresadamente me ayudó en el camino.

• Que alegría verte aquí, siempre supe que lo lograrías. Ahora solo celebrar.

Aunque nunca me ha gustado la cerveza, la acepté sonriendo, feliz. No pude más que darle las gracias. Esa noche nos relajamos. Nos acostamos tarde y también pagamos 10 dólares por una ducha caliente. Lo merecíamos.

Al otro día nos levantamos tarde para emprender el regreso. Normalmente toma 3 días volver. Nosotros nos demoramos 6. Y no, no fue por la dificultad ni por estar exhaustas. Es porque dormir en los himalayas es un lujo y disfrutar cada atardecer tomando un té de jengibre con miel era lo único que queríamos seguir haciendo. Es la sensación de satisfacción, porque lo logramos, si guía, sin Sherpa. Solo nosotras y nuestra mochila.


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