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Cómo viajo por el mundo haciendo voluntariados y sin gastar dinero

Me encontraba a punto de terminar los ahorros de toda mi vida, tenía unos pocos euros, una mochila de veinticinco kilos llena de ropa y mi corazón lleno de sueños. No quería volver a Buenos Aires, tenía hambre de descubrir el mundo y llenarme de experiencias.

Ya estaba en Europa y los buses a otras ciudades costaban tan poco! Entonces, se me vino a la mente Keka, una de mis grandes amigas, quién una vez me había hablado de los voluntariados por el mundo. Empecé a investigar y a buscar en internet.

Empecé a hablar con otros viajeros que también habían sido voluntarios por el mundo y como a mí me encanta la naturaleza, decidí ir por las granjas pero también tenia opciones con cuidado de niños, hoteles y más.

 

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Día 2: Sonó el despertador a las 7.15 y Neige, la perrita qué nos acompañaba metía su frío hocico dentro de mi bolsa de dormir. Ella sabía que era hora para que comencemos la aventura otra vez. El viento se escuchaba muy fuerte golpear sobre el refugio de piedra dónde habíamos pasado la noche y les juro: Toda mi confianza estaba depositada en Remy, mi amigo francés alpinista que conoce la montaña mejor que nadie. Desayunamos frutos secos, bananas y cereales. En cuestión de minutos con mapa en mano y todo un equipamento de excelente calidad emprendimos el hike que incluía un paso de montaña. Empezamos el ascenso, los cuádriceps explotaban y el viento nos impedía avanzar con normalidad, luego de varias horas llegamos a la nieve dónde cada paso era eterrarse por completo hasta las rodillas así que usando raquetas para luego pasar a los grampones pudimos lograrlo. Hicimos el cruce de montaña practicamente boca abajo, acostados sobre la ladera de la montaña clavando las puntas de los pies en la nieve y descendiendo con los brazos, era demasiado empinado y un error podría haber sido fatal. Bordeamos la laguna que ven en la foto escalando sobre la nieve que el sol poco a poco derretía. Seis horas de aventura, de felicidad, de temor, de exaltación y de tensión. Lo hermoso que se siente llegar al refugio y decir:¡LO LOGRAMOS! Qué agradecida soy de haber tenido un amigo tan brillante qué me cuidó como oro, me protegió y me hizo descubrir uno de los hikes más alucinantes de Europa.

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Me hice un perfil y empecé a buscar personas que necesitasen una mano en sus granjas, tenía miles de incertidumbres y miedos por que no sabía si era seguro hacerlo o no. Algo dentro me incentivaba  a animarme. Quería ir por más y hacer algo distinto, y a la vez ahorrar dinero. No dudé, puse en el buscador granjas y di con una en Alemania que tenía calificaciones muy buenas además de una muy buena descripción.

Me puse en contacto con ellos, intercambiamos varios mails, me saqué todas mis dudas y en cuestión de de semanas volé hacia Hamburg para iniciar la aventura. Estaba ansiosa pero muy contenta de poder hacer mi primer voluntariado.

Mi primer día laboral llegó: estaba trabajando 8 horas diarias, con todas las comidas incluidas, viviendo con 64 voluntarios de diferentes nacionalidades y hablando en inglés todo el día.