Llegó al archipiélago en 1825 como una alternativa para alimentar a la población, pero terminó convirtiéndose en una especie invasora que ya ocupa unas 475.000 hectáreas.
En 1825, un árbol procedente de Brasil llegó a Hawái con un objetivo completamente diferente al que tiene hoy: convertirse en un cultivo capaz de contribuir a la alimentación de la población local.
Se trataba del guayabo de fresa o arazá rojo, una especie que con el paso de los años encontró en las condiciones de las islas un ambiente ideal para expandirse. Dos siglos después, su presencia se transformó en un problema ambiental de enorme magnitud: actualmente invade unas 475.000 hectáreas de bosque tropical.

Ante la dificultad de acceder a las zonas más remotas, investigadores estadounidenses desarrollaron una estrategia que combina biotecnología y drones para intentar frenar su avance.
Un insecto brasileño para combatir la invasión
La estrategia no consiste en eliminar manualmente cada árbol, sino en utilizar un enemigo natural de la especie invasora.
Los investigadores recurren al Tectococcus ovatus, un pequeño insecto originario de Brasil que se alimenta exclusivamente del guayabo de fresa. El insecto se reproduce dentro de unas pequeñas estructuras que son colocadas sobre las hojas de los árboles.
Estas estructuras forman agallas que se desarrollan sobre la planta y permiten que las colonias del insecto se extiendan progresivamente por la copa.
El problema estaba en cómo llevarlas hasta los árboles ubicados en zonas de selva prácticamente inaccesibles.
Transportar las cápsulas a pie implica atravesar terrenos extremadamente difíciles y requiere grandes cantidades de tiempo, además de dejar extensas superficies sin tratamiento.

Drones para llegar a los árboles más inaccesibles
Para resolver ese obstáculo, el equipo liderado por Ryan L. Perroy desarrolló un sistema de dispersión instalado en drones. Los dispositivos permiten lanzar y enganchar las pequeñas unidades directamente sobre las hojas desde el aire.
Las pruebas de campo mostraron una diferencia considerable frente al procedimiento manual.
El tratamiento con drones demandó apenas 2,8 minutos por árbol, mientras que hacerlo de manera terrestre requería unos 12 minutos.
Pero la ventaja no fue únicamente la velocidad. Un año después de la aplicación, el 63% de los árboles tratados mediante drones presentaba colonias activas del insecto, frente al 38% registrado entre los ejemplares tratados por tierra.
Una operación a gran escala
Los investigadores también estudiaron cómo utilizar esta tecnología en extensas áreas de bosque. Para ello, probaron modelos de drones capaces de transportar hasta 54 unidades en cada vuelo.
La precisión fue otro de los puntos destacados. En las pruebas realizadas frente a un helicóptero Hughes 500, los drones registraron una desviación máxima de 2,83 metros respecto del objetivo, mientras que el helicóptero superó los 8 metros.
La diferencia resulta especialmente importante en un terreno donde llegar físicamente hasta cada árbol puede ser extremadamente complejo.
El desafío ahora es llevar esta estrategia a una escala mucho mayor. Con cientos de miles de hectáreas afectadas, serían necesarios miles de lanzamientos sistemáticos para alcanzar una superficie significativa.
La combinación de un insecto especializado en atacar la especie invasora y drones capaces de transportarlo hasta lugares prácticamente inaccesibles ofrece una nueva herramienta para intentar recuperar los bosques hawaianos.
Así, lo que comenzó hace 200 años como la introducción de un árbol destinado a ayudar a alimentar a la población terminó convirtiéndose en una de las grandes amenazas para la vegetación nativa de algunas zonas de Hawái.








