La científica argentina que estudia ballenas en la Antártida: “Ver 70 jorobadas juntas fue algo que nunca voy a olvidar”

Portadas Mexi
Redactor
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Pasar meses navegando en uno de los lugares más extremos del planeta, rodeada de hielo, tormentas y fauna salvaje, parece una escena de documental. Pero para Agostina Vitale, licenciada en Biodiversidad e investigadora vinculada al Instituto Antártico Argentino, es parte de su trabajo cotidiano: estudiar ballenas en la Antártida y ayudar a entender cómo proteger uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.

Desde hace años, Vitale participa en campañas científicas embarcadas en el rompehielos ARA Almirante Irízar, donde junto a otros investigadores realiza censos de mamíferos marinos y aves antárticas. Su trabajo forma parte de un proyecto que ya acumula 14 años de datos sobre la distribución de distintas especies de ballenas en el océano austral.

“Yo lo vivo como un privilegio. Poder recolectar datos para el Instituto Antártico Argentino es un sueño hecho realidad”, cuenta. Durante las campañas llegan hasta latitudes cercanas a los 78° sur, a unos 1500 kilómetros del Polo Sur, atravesando regiones prácticamente inaccesibles para la mayoría de las personas.

En ese recorrido observan ballenas jorobadas, minke, orcas, focas y aves marinas en su hábitat natural. Pero hubo un momento que la marcó especialmente. Ocurrió durante la campaña antártica de 2025, cerca de la Base Conjunta Petrel.

“Con Facundo Álvarez, director del proyecto, vimos muchísimos soplidos de ballenas en el horizonte. Nos miramos impactados por lo que estábamos viendo”, recuerda. Luego tuvieron la posibilidad de sobrevolar el área en helicóptero y realizar un censo aéreo: detectaron 70 ballenas jorobadas concentradas en la misma zona. “Fue una experiencia que nunca me voy a olvidar”, asegura.

El desafío de proteger a las ballenas

Los datos recolectados por el equipo científico revelan un problema preocupante: las áreas marinas protegidas actuales en la Antártida cubren apenas una pequeña parte de los espacios utilizados por las ballenas. Según explica Vitale, esto ocurre porque muchas de esas reservas fueron creadas originalmente pensando en proteger recursos pesqueros o ecosistemas bentónicos, no necesariamente a los grandes cetáceos.

Además, las ballenas son especies migratorias que recorren enormes distancias, por lo que proteger solamente sectores reducidos resulta insuficiente.

“La conservación en Antártida depende de acuerdos internacionales. No siempre se protege lo más importante desde el punto de vista biológico, sino aquello que logra consenso político entre los países”, explica.

Argentina y Chile impulsan desde hace años la creación de nuevas áreas marinas protegidas en la región de la Península Antártica, pero las negociaciones avanzan lentamente. La razón principal está vinculada al krill, un pequeño crustáceo fundamental para el ecosistema antártico y también uno de los recursos más explotados comercialmente.

“El krill sostiene toda la red trófica. Ballenas, focas, pingüinos y aves dependen de él para alimentarse”, señala Vitale. Sin embargo, países como China, Noruega y Corea del Sur desarrollan pesquerías industriales destinadas, entre otras cosas, a la producción de suplementos de omega 3.

Según advierte la investigadora, aumentar la presión pesquera sobre el krill podría afectar directamente no solo a las ballenas, sino a todo el equilibrio ecológico de la región.

La lenta recuperación de la ballena azul

Uno de los datos más impactantes del estudio es la escasa presencia de ballenas azules registrada durante más de una década de monitoreo: apenas 28 individuos observados en 14 años.

Vitale explica que la especie fue una de las más devastadas durante la era de la caza comercial de ballenas, cuando sus poblaciones se redujeron a apenas el 1% de sus números originales.

“Hoy la especie está en recuperación, pero a un ritmo mucho más lento que otras como la ballena jorobada”, afirma. Aunque no se considera en peligro inminente de extinción, sigue siendo una especie vulnerable y cada registro científico resulta extremadamente valioso para entender su distribución actual.

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Un ecosistema clave para el planeta

Para Vitale, lo que ocurre en la Antártida no es un problema lejano reservado únicamente a científicos o especialistas.

“La Antártida está conectada con el resto del mundo a través del clima y los océanos. Lo que pasa allí influye también en ciudades como Buenos Aires o Tucumán”, sostiene.

Por eso insiste en que la conservación antártica necesita no solo investigación científica, sino también una sociedad más informada y comprometida.

“Uno no ama ni protege lo que no conoce”, resume. Y quizá esa sea una de las conclusiones más poderosas de su trabajo: acercar un territorio remoto y extremo a la vida cotidiana de millones de personas.

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