La ciudad del sur de Francia con una catedral inconclusa y un canal para recorrer en barco

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Con vestigios romanos, palacios medievales, mercados históricos y construcciones de la Belle Époque, esta localidad de Occitania invita a descubrir su pasado a otro ritmo. También permite navegar por un canal de 32 kilómetros a bordo de una embarcación tradicional.

En el sur de Francia existe una ciudad donde las huellas del Imperio romano conviven con palacios medievales, iglesias centenarias y elegantes construcciones del siglo XIX. Se trata de Narbona, una localidad de la región de Occitania que propone una escapada diferente, lejos del ritmo acelerado de los grandes circuitos turísticos y con experiencias que invitan a disfrutar del llamado slow travel.

Uno de sus mayores atractivos es el canal de la Robine, una vía navegable de 32 kilómetros que atraviesa la ciudad y permite descubrirla desde el agua. Allí es posible realizar paseos en una gabarra, una embarcación tradicional de madera que avanza a apenas cuatro kilómetros por hora y ofrece una perspectiva diferente de los edificios históricos y los barrios de Narbona.

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Sin embargo, su atractivo no termina en el paisaje fluvial. La ciudad conserva vestigios de su pasado como una de las principales colonias romanas de la antigua Galia, además de un conjunto arquitectónico medieval que tiene como protagonista a una catedral cuya construcción nunca llegó a completarse.

Una ciudad con raíces en el Imperio romano

Narbona fue fundada en el año 118 a. C. con el nombre de Narbo Martius y se convirtió en la primera colonia romana establecida fuera de Italia. También llegó a ser la capital de la provincia de la Galia Narbonense, una posición que la transformó en un importante centro político y comercial de la época.

Aunque hoy quedan pocos monumentos romanos visibles en sus calles, todavía es posible encontrar rastros de aquella historia bajo tierra. Uno de ellos es el Horreum romano, un conjunto de galerías subterráneas que habrían funcionado como espacios de almacenamiento de alimentos y ánforas.

También se conservan vestigios de un antiguo barrio aristocrático en Clos de la Lombarde, donde pueden observarse restos de viviendas patricias, termas, talleres artesanales y una basílica paleocristiana.

Para profundizar en ese pasado, una visita recomendada es el museo Narbo Via, diseñado por el arquitecto Norman Foster. El edificio alberga una importante colección de piezas arqueológicas, entre ellas cientos de lápidas romanas, además de mosaicos, frescos y restos arquitectónicos.

Un palacio medieval y una catedral que quedó a medio construir

Uno de los mejores lugares para comenzar a recorrer el casco histórico es la plaza del Hôtel de Ville. Allí se encuentra el Palacio de los Arzobispos, un imponente conjunto arquitectónico que actualmente funciona como ayuntamiento y conserva distintas etapas de la historia medieval de la ciudad.

En sus alrededores también se puede observar un tramo de la antigua Via Domitia, el camino romano que conectaba la península itálica con Hispania a través de la Galia. A pocos pasos se encuentra el pasaje del Ancla, que permite descubrir diferentes sectores del antiguo complejo palaciego.

El edificio cuenta con una torre de 41 metros de altura, la Gilles Aycelin, desde cuya cima se obtienen panorámicas del casco antiguo y del canal de la Robine. Para llegar hasta arriba hay que subir una escalinata, pero la recompensa es una vista de los tejados y las calles históricas de Narbona.

A poca distancia aparece uno de los monumentos más particulares de la localidad: la catedral de Saint-Just-et-Saint-Pasteur. Su característica más llamativa es que parece estar cortada por la mitad, ya que las obras nunca llegaron a completar el proyecto original.

La construcción comenzó en el siglo XIII y estaba pensada para extenderse más allá de las murallas medievales. Sin embargo, en 1340, la Guerra de los Cien Años interrumpió los trabajos y el proyecto quedó abandonado. Nunca se retomó su construcción, por lo que el templo terminó con una estructura mucho más corta de lo previsto.

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A pesar de ello, su interior impresiona por sus dimensiones. La bóveda alcanza los 40 metros de altura y los campanarios llegan a los 60 metros. También conserva un retablo medieval, un claustro decorado con rosas y jardines exteriores donde todavía pueden observarse fragmentos de la antigua muralla.

Otra visita interesante es la basílica de Saint-Paul, una de las iglesias góticas más antiguas de Francia, que combina elementos románicos y conserva detalles curiosos, como una rana tallada en su pila bautismal.

Un canal de 32 kilómetros para navegar sin apuro

Después de recorrer los monumentos históricos, el canal de la Robine ofrece una alternativa para conocer Narbona desde otra perspectiva. Esta vía acuática, que sigue el antiguo cauce del río Aude, tiene 32 kilómetros de extensión y conecta el Canal du Midi con Port-la-Nouvelle mediante un sistema de esclusas.

Una de las experiencias más particulares es subir a una gabarra, una embarcación tradicional de madera que permite realizar paseos tranquilos por el canal. A una velocidad aproximada de cuatro kilómetros por hora, el recorrido dura alrededor de una hora y atraviesa sectores donde conviven palacetes del siglo XIX y viviendas contemporáneas.

Uno de los puntos destacados del trayecto es el Puente de los Mercaderes, construido en el siglo XIV. Se trata de uno de los pocos puentes habitados de Francia, una estructura que originalmente tenía siete arcos, aunque en la actualidad solo conserva uno.

Desde el agua también se pueden observar las construcciones que surgieron durante el auge de la industria vitivinícola, cuando la prosperidad económica impulsó el desarrollo de elegantes edificios en diferentes sectores de la ciudad.

Un mercado histórico con sabores de Occitania

Otra parada imprescindible es Les Halles, el mercado cubierto de Narbona, que funciona en un edificio de arquitectura Belle Époque. En 2022 fue elegido como el mercado más bonito de Francia y reúne puestos de quesos, vinos, embutidos y productos regionales.

Además de recorrer sus puestos gastronómicos, el lugar ofrece una experiencia particular en Chez Bébelle. Allí trabaja Gilles Belzons, un antiguo jugador profesional de rugby que convirtió la compra de carne en parte del espectáculo: utiliza un megáfono para pedir los cortes en la carnicería ubicada frente al puesto y recibe los paquetes al vuelo.

Entre su patrimonio romano, la arquitectura medieval, los mercados tradicionales y los paseos en barco, Narbona reúne distintos atractivos para descubrir el sur de Francia sin apuros. Una ciudad donde cada recorrido permite encontrar una parte diferente de su historia y donde el canal de la Robine invita a disfrutar del paisaje a un ritmo muy distinto al de las grandes ciudades europeas.

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