En medio del océano Índico, a unos 1.500 kilómetros de la costa de Kenia, existe un archipiélago donde las playas de arena blanca conviven con selvas tropicales, enormes formaciones de granito y tortugas gigantes que caminan con tranquilidad entre los visitantes. Se trata de Seychelles, un destino que eligió preservar sus paisajes naturales antes que llenar sus costas de grandes construcciones y propuestas de turismo masivo.
Casi la mitad de su territorio está protegido como reserva natural y muchos de sus alojamientos se integran entre las palmeras, sin alterar demasiado el entorno. Sus islas interiores, además, tienen un origen geológico particular: son fragmentos del antiguo supercontinente Gondwana y conservan formaciones de granito de unos 750 millones de años. Pulidas durante siglos por el viento y el agua, estas rocas adquieren formas redondeadas que aparecen sobre la arena y forman pequeñas piscinas naturales de aguas turquesas.

El viaje suele comenzar en Mahé, la isla más grande del archipiélago y donde se encuentran el aeropuerto internacional y la capital, Victoria. Es una ciudad pequeña que puede recorrerse en una mañana. Entre sus principales atractivos están la torre del reloj, inspirada en el Big Ben de Londres, y el mercado local, donde cada jornada llegan pescadores con atunes, pargos y pulpos, mientras los puestos de especias, canela y vainilla perfuman los pasillos.
Para conocer el paisaje del interior, el Parque Nacional Morne Seychellois ocupa buena parte de Mahé y alcanza los 905 metros de altura. Una de sus caminatas más conocidas es la que conduce a Copolia, un recorrido de poco más de una hora que atraviesa vegetación tropical hasta llegar a una cúpula de granito con vistas panorámicas de Victoria y el océano.
La costa también ofrece playas muy diferentes entre sí. Beau Vallon, al norte, es conocida por sus atardeceres y su oferta gastronómica; Anse Intendance, al sur, tiene una extensa franja de arena y un oleaje fuerte, mientras que Anse Takamaka permanece más escondida entre los árboles que crecen junto a la orilla.
Mahé también permite acercarse a algunas tradiciones locales a través de sus sabores. La cocina seychellense combina influencias de distintas culturas que recorrieron el Índico y tiene entre sus platos más representativos el curry de pulpo con leche de coco, el pescado a la parrilla con salsa criolla de tomate, cebolla y jengibre, y la ensalada de palmito. Para el postre, el ladob ofrece una preparación de banana cocida lentamente con leche de coco, azúcar y vainilla.
Quienes quieran conocer más sobre la producción local pueden visitar la fábrica de té de Morne Blanc o la destilería de Takamaka, donde se elabora un ron artesanal. Ambas ofrecen recorridos y degustaciones para descubrir parte de la historia y los productos de las islas.
Praslin y La Digue, dos islas para descubrir sin apuro
Desde Mahé, Praslin se encuentra a unos quince minutos en avioneta o aproximadamente una hora en catamarán. Allí se encuentra el Vallée de Mai, un bosque declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983. Aunque ocupa apenas 19 hectáreas, conserva uno de los tesoros naturales más particulares del archipiélago: la palma de coco de mar, que produce la semilla más grande del reino vegetal, con ejemplares que pueden pesar hasta 25 kilos.
La forma de esta semilla alimentó numerosas leyendas a lo largo de los siglos. Una de ellas sostiene que las palmeras macho caminan durante la noche para encontrarse con las hembras. El bosque también es refugio del loro negro, un ave emblemática de Seychelles que habita únicamente en Praslin y en la vecina isla Curieuse.
En la costa, Anse Lazio aparece habitualmente entre las playas más destacadas del mundo. Su combinación de arena fina, rocas de granito y agua transparente la convierte en uno de los paisajes más reconocibles del archipiélago. Otra alternativa es Anse Georgette, una playa más reservada cuyo acceso está controlado y que suele recibir menos visitantes.
A solo quince minutos en ferry desde Praslin se encuentra La Digue, una isla de apenas diez kilómetros cuadrados donde el automóvil tiene una presencia muy limitada. La bicicleta es el medio más habitual para recorrer sus caminos, pasar junto a casas criollas de madera pintada y descubrir pequeñas playas rodeadas de vegetación.
Uno de sus principales atractivos es Anse Source d’Argent, a la que se accede a través de L’Union Estate, una antigua plantación de coco y vainilla que conserva un molino de copra, una casa colonial y un espacio donde viven tortugas gigantes. La playa se distingue por sus enormes bloques de granito, la arena clara y las aguas poco profundas de color verde esmeralda. Para disfrutarla con más tranquilidad, conviene llegar temprano o durante las últimas horas de la tarde, cuando se retiran los grupos de excursión.

La Digue también cuenta con la reserva de Veuve, dedicada a proteger al cazamoscas del paraíso, un ave en peligro crítico de extinción. En cambio, quienes buscan playas con más oleaje pueden acercarse a Grand Anse y Petite Anse, mientras que Anse Cocos requiere una caminata para llegar hasta su costa.
Tortugas gigantes, reservas marinas y excursiones entre islas
Más allá de sus playas, Seychelles ofrece numerosas excursiones para conocer su biodiversidad. Una de las más populares es la visita a Curieuse, donde hay pasarelas que atraviesan manglares, playas de arena rojiza y tortugas gigantes de Aldabra que pueden observarse de cerca. La isla funcionó como colonia para personas con lepra hasta 1965 y todavía conserva la antigua casa del médico, convertida en museo.
Otra alternativa es Cousin, una reserva administrada por Nature Seychelles que protege a las tortugas carey durante la temporada de desove y alberga al carricero de Seychelles, una de las aves más singulares del archipiélago. Por su parte, Aride reúne una de las colonias de aves marinas más numerosas del océano Índico.
Cerca de Victoria se encuentra el Parque Marino de Sainte Anne, creado en 1973 y considerado el primero de la región. Sus aguas permiten practicar snorkel entre corales y peces loro. También vale la pena conocer Moyenne, un pequeño islote que fue adquirido en 1962 por el británico Brendon Grimshaw. En aquel momento tenía muy poca vegetación, pero su nuevo propietario dedicó años a plantar árboles y convertirlo en un bosque donde hoy también habitan tortugas gigantes.
Para quienes buscan una experiencia más remota, el atolón de Aldabra se encuentra a más de mil kilómetros al suroeste de Mahé. Declarado Patrimonio de la Humanidad en 1982, alberga más de cien mil tortugas gigantes y constituye la mayor reserva de esta especie en el planeta. Su visita requiere participar de expediciones organizadas y contar con permisos especiales.
Además, entre fines de agosto y noviembre, las aguas frente a Mahé pueden convertirse en un punto de encuentro para quienes buscan observar tiburones ballena durante sus inmersiones.
Cómo viajar a Seychelles desde Argentina
Desde Buenos Aires no hay vuelos directos a Seychelles. Entre las alternativas habituales se encuentran las conexiones de Emirates, vía Dubái, y Ethiopian Airlines, vía Adís Abeba. Según las tarifas mencionadas para el viaje, los pasajes de ida y vuelta comienzan alrededor de los US$ 2.300, aunque el valor puede variar según la fecha y la anticipación con la que se realice la reserva.
En cuanto al alojamiento, el archipiélago ofrece opciones para distintos presupuestos. En La Digue y Praslin es posible encontrar casas de huéspedes familiares desde unos US$ 40 por noche, mientras que en Mahé hay resorts con servicios más completos, como el Avani+ Barbarons.
Para febrero de 2027, las tarifas de este último establecimiento partían de aproximadamente US$ 325 por habitación doble con desayuno, reservando con anticipación. Los valores pueden cambiar según la temporada y la disponibilidad.
Seychelles es un destino para recorrer sin apuro, alternando caminatas por bosques tropicales, paseos en bicicleta, excursiones en barco y tardes frente al mar. Su mayor atractivo está en la combinación de paisajes poco intervenidos y una biodiversidad que se mantiene protegida, una propuesta que invita a disfrutar de las islas sin necesidad de convertir cada jornada en una carrera por conocerlo todo.









