Una pareja vive desde hace más de 20 años en una isla casi deshabitada

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Redactora
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Se mudaron a una pequeña isla de Croacia por la salud de su hijo y nunca volvieron a la vida urbana. Hoy disfrutan de un entorno sin tránsito, comercios ni multitudes.

Hace más de dos décadas, Werner y su esposa Ana tomaron una decisión que cambió por completo sus vidas: dejar la ciudad para instalarse en Mali Srakane, una pequeña isla de Croacia donde prácticamente no hay habitantes, comercios ni tránsito.

La pareja llegó al lugar hace 21 años impulsada por un motivo familiar. Su hijo padecía asma y, tras una recomendación médica de pasar más tiempo cerca del mar, eligieron este rincón del Adriático para comenzar una nueva etapa.

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«Vinimos porque nuestro hijo tenía asma y le encantaba bucear. En ese momento la isla tenía viñedos, huertas y una vida muy distinta. Era la vida de antes», recordó el matrimonio en una entrevista con el medio croata Dalmacija Danas.

En Mali Srakane no existen carreteras, supermercados ni restaurantes. El sonido más habitual es el de las campanas de la iglesia, que también sirven para alertar a los habitantes de la isla vecina, Veli Srakane, durante emergencias o festividades.

A pocos kilómetros se encuentra esa otra pequeña isla, donde viven apenas tres personas: el matrimonio formado por Igor y Blanka Rukavina y el pescador submarino Dubravko Balenovic.

Para ellos, el mayor beneficio de este estilo de vida es la tranquilidad. «Aquí no hay estrés. Cuando vamos a la ciudad, el ruido y las multitudes nos resultan abrumadores. Después de tantos años uno encuentra su propio ritmo», explicó Igor.

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Aunque ambas islas cuentan con electricidad, agua e internet, la vida cotidiana presenta desafíos. No existe una conexión física permanente con el continente y las épocas de sequía dificultan el cultivo de frutas y verduras, por lo que los vecinos adaptan sus cosechas a especies que requieren menos agua, como tomates, pimientos o judías.

Pese a esas limitaciones, quienes viven en Mali y Veli Srakane aseguran que no cambiarían su rutina. Rodeados de naturaleza y alejados del ritmo acelerado de las ciudades, encontraron un estilo de vida que describen como un verdadero «oasis de felicidad».

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