El Mar Muerto, famoso por ser el punto más bajo de la Tierra y uno de los cuerpos de agua más salados del planeta, atraviesa una crisis ambiental cada vez más grave. Expertos advierten que el emblemático lago se está secando rápidamente y que la falta de acuerdos políticos impide avanzar con soluciones concretas.
Cada año, el nivel del agua desciende alrededor de 1,2 metros y, en las últimas cinco décadas, el mar Muerto perdió cerca de un tercio de su superficie. El retroceso del agua está transformando por completo el paisaje: aparecen enormes socavones, playas abandonadas y sorprendentes formaciones de cristales de sal que, aunque impactantes visualmente, reflejan el deterioro del ecosistema.

La principal causa de esta crisis es la acción humana. Durante décadas, Israel, Jordania y Siria desviaron gran parte del caudal del río Jordán —la principal fuente de agua del mar Muerto— para abastecer ciudades, agricultura y actividades industriales. Además, empresas mineras extraen enormes cantidades de agua para obtener minerales utilizados en fertilizantes y productos industriales.
El cambio climático también agrava el problema. Las sequías son cada vez más intensas y las lluvias disminuyen, acelerando aún más la evaporación del lago.
Uno de los fenómenos más preocupantes es la aparición de más de 6.000 socavones alrededor del mar Muerto. Estos enormes agujeros se forman cuando el agua dulce se filtra bajo tierra y disuelve capas subterráneas de sal. Algunos complejos turísticos históricos, como el antiguo balneario de Ein Gedi, tuvieron que cerrar por el riesgo de derrumbes.

Mientras tanto, las discusiones sobre cómo salvar el mar Muerto avanzan lentamente. Uno de los proyectos más ambiciosos propone transportar agua desde el mar Rojo mediante un gigantesco sistema de tuberías y desalinización, aunque el plan enfrenta críticas ambientales, altos costos y dificultades políticas entre los países involucrados.
Otros expertos sostienen que la solución pasa por reducir el consumo industrial de agua y restaurar parcialmente el caudal del río Jordán, aunque reconocen que la demanda hídrica en la región hace extremadamente difícil revertir el daño.
“Es un desastre que avanza a un ritmo vertiginoso”, resumió Jake Ben Zaken, un guía turístico que desde hace años observa cómo el paisaje cambia constantemente y cómo el mar se aleja cada vez más de la costa.








