Para millones de personas, alcanzar la cima del Everest representa el sueño máximo de cualquier montañista. Sin embargo, para Matías “Matoco” Erroz, uno de los guías argentinos más experimentados en el Himalaya, el momento más esperado de una expedición no siempre es el más disfrutable.
El mendocino acaba de alcanzar por tercera vez la cumbre del Monte Everest, la montaña más alta del mundo con 8.848 metros de altura. Pero lejos de celebrar el logro como una meta personal, asegura que en esos instantes su atención está puesta en algo mucho más importante: regresar con vida.

“No disfruto las cumbres ahí arriba. Las disfruto después, cuando ya estamos abajo y todo salió bien”, confesó el guía, quien lideró una expedición en Nepal acompañando a ocho montañistas.
La razón es simple: alcanzar la cima es apenas la mitad del desafío. La mayoría de los accidentes mortales ocurre durante el descenso, cuando el agotamiento extremo, la falta de oxígeno y las condiciones climáticas reducen la capacidad física y mental de los escaladores.
Erroz conoce de primera mano los peligros de la llamada “zona de la muerte”, el sector ubicado por encima de los 8.000 metros donde el cuerpo humano comienza a deteriorarse por la escasez de oxígeno. Allí, respirar, caminar o incluso pensar se vuelve cada vez más difícil.
“La línea entre vivir y morir es muy delgada”, explicó. Según relata, cualquier error puede tener consecuencias irreversibles y muchas personas llevan sus límites al extremo por la obsesión de alcanzar la cumbre.
A lo largo de su carrera participó en expediciones a algunas de las montañas más exigentes del planeta, incluyendo el Everest, el Lhotse, el Cho Oyu, el K2 y el Nanga Parbat. Sin embargo, sostiene que la montaña más alta del mundo no necesariamente es la más difícil desde el punto de vista técnico.

Durante esta última expedición, el equipo movilizó a decenas de sherpas, porteadores y cientos de cilindros de oxígeno para garantizar la seguridad de los participantes. Una logística compleja que funciona durante semanas en uno de los entornos más extremos de la Tierra.
Aunque admite que el paso del tiempo plantea nuevos desafíos físicos, Matoco asegura que todavía tiene proyectos por delante. Para él, el Everest no representa un punto final, sino una plataforma para seguir explorando otras grandes montañas del mundo.
Y mientras muchos sueñan con llegar a la cima más alta del planeta, este experimentado guía recuerda que el verdadero éxito no está en alcanzar la cumbre, sino en regresar sano y salvo para poder contarlo.








