Siete ejemplares de pingüino saltarrocas del norte, una de las aves marinas más amenazadas del planeta, encontraron un nuevo hogar en Valencia. Su llegada al Oceanogràfic marca un importante paso para la conservación de una especie que lleva décadas sufriendo un preocupante declive en estado salvaje.
Los animales fueron trasladados desde Viena en un viaje de 25 horas realizado bajo estrictos controles de bienestar y temperatura. Con esta incorporación, el Oceanogràfic se convierte en una de las apenas ocho instituciones zoológicas europeas que albergan actualmente esta especie catalogada como En Peligro por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Los siete pingüinos, todos machos nacidos entre 2022 y 2025, ya completaron su período de cuarentena y se adaptaron rápidamente a su nuevo entorno. Según los cuidadores, comenzaron a alimentarse con normalidad desde el primer día y conviven sin problemas con otras especies de pingüinos presentes en el acuario.
La llegada de estos ejemplares forma parte de un programa de conservación desarrollado durante años. El centro valenciano adaptó sus instalaciones para albergar especies subantárticas y reforzó sus programas científicos orientados a la reproducción y protección de aves marinas.
La situación del pingüino saltarrocas del norte preocupa a los expertos. Aunque se estima que aún existen unos 250.000 individuos reproductores en libertad, las poblaciones continúan disminuyendo debido al cambio climático, la contaminación, la reducción de alimentos disponibles y la presencia de especies invasoras en sus áreas de reproducción.
Su población bajo cuidado humano es todavía más reducida. En toda Europa viven apenas 162 ejemplares y durante el último año solo nacieron ocho crías, una cifra que refleja la complejidad de reproducir esta especie fuera de su hábitat natural.

Estos llamativos pingüinos reciben su nombre por la forma en que se desplazan entre los acantilados rocosos donde anidan, avanzando mediante pequeños saltos. Además, son fácilmente reconocibles por las largas plumas amarillas que sobresalen sobre sus ojos, una característica que les da una apariencia tan peculiar como carismática.
Además de contribuir a la conservación, los científicos desarrollan investigaciones sobre comportamiento, patrones de sueño, fisiología y presencia de microplásticos. Los datos obtenidos podrían ayudar a diseñar mejores estrategias para proteger a la especie en sus remotos hábitats del Atlántico Sur.
Con la llegada de estos siete ejemplares, Valencia refuerza su papel en la conservación de una de las aves más singulares y amenazadas del planeta, ofreciendo una nueva oportunidad para asegurar su futuro.








